Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, junio 24, 2019
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¿Qué tipo de tierra soy yo? 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”». (Mt 13,18-23)

Pedro Estaún Villoslada
 

“La tierra es buena, el sembrador el mismo; y las simientes, las mismas; y sin embargo ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una parcela a la otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador, ni la semilla, sino la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la disposición de la voluntad” (San Juan Crisóstomo, In Mtth. hom., 44,4)

Con esta parábola, el Señor nos hace ver que su gracia encuentra obstáculos en las almas; que hay dificultades para que la semilla divina germine y dé fruto abundante; que el bien sobrenatural que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil que exige de nuestra parte una correspondencia decidida llena de fortaleza.

Nosotros somos ese campo del que habla la parábola. En él el Señor ha sembrado la semilla de su gracia; semilla divina que, al caer y arraigar en el surco abierto del alma, produce frutos de santidad. ¡Con cuánto amor nos ha dado Jesucristo su gracia! Para El, cada uno de sus hijos somos lo más grande, lo más valioso que hay en el mundo. Tanto que por librarnos de la esclavitud del pecado, trabajó ocultamente durante muchos años, predicó la Verdad salvadora, y padeció y murió por nosotros en la Cruz. Nos preparó como tierra buena.

Si el Señor, con tanto cariño, ha hecho esa siembra en nuestra alma, es para que arraigue, crezca y dé fruto abundante. Y para ello hay que velar día y noche, y no dejarse sorprender por el Maligno; vigilar para ser fieles a todas las exigencias de la vocación cristiana, sin dar cabida a la cizaña de la tibieza. El Señor nos pide una vigilancia delicada en el corazón, en primer término, para mantenernos ágiles, despiertos, prontos a responder en cuanto el Señor nos llame al puerta de nuestra alma, con una nueva gracia y nueva exigencia.

El Señor ha sembrado buen trigo, pero en nosotros hay también cizaña, y la seguirá habiendo durante toda la vida hasta que llegue el día de la de la recolección. Por eso la santificación requiere una constante lucha ascética, un continuo rectificar. El enemigo que sembró la mala hierba, tal vez no pretenda acabar con el trigo, porque sabe que a tanto no puede llegar. Pero trabaja por rebajar la calidad de nuestra fe, por entibiar el deseo actual de santidad y retrasar nuestro avance. Hemos de estar, por ello, atentos para saber descubrir esa cizaña y no permitir que crezca junto al buen trigo. En caso contrario no le daríamos al Señor lo mucho que espera de cada uno de nosotros y nos limitaríamos a entregarle una cosecha muy pobre cuando podemos darle una abundantísima recolección, que es lo que Dios espera y desea de cada uno de nosotros.

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