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“Quien abre su corazón a Cristo será gratamente sorprendido” – Entrevista a Rafael Ros 

Toda vocación sacerdotal es un don y un misterio que, como decía Juan Pablo II,  supera infinitamente al hombre. No son las cualidades las que justifican la llamada, como tampoco el voluntarismo o las buenas obras. La elección de Dios descansa en razones que sólo Él conoce,  pero transforma de tal modo al elegido que le concede una nueva existencia y dignidad. Rafael Ros era un joven adolescente para el que un buen día la Palabra de Dios, siempre eficaz, tocó su corazón hastiado. El encuentro con el amor misericordioso de Cristo enderezó el sendero torcido por el que deambulaba sin sentido. Cuando sintió que Dios le llamaba a ser obrero de su mies abandonó todo para seguir, con confianza firme y serena, las huellas de Aquel que reconstruyó su vida.

-¿Cómo conociste el amor de Dios en tu vida?

Por la familia; mis padres hace unos treinta años estaban pasando una etapa difícil en su matrimonio, incluso pensaban en separarse, y les invitaron a unas catequesis del Camino Neocatecumenal en la Iglesia. Desde ese momento, Dios fue reconstruyendo su matrimonio y al año nací yo, el quinto de seis hijos, fruto de su reconciliación. He crecido en una familia cristiana donde se me ha transmitido la fe, rezábamos juntos los domingos etc.

Recuerdo de niño que mi padre, como había sido diputado federal en México, llevaba pistola, lo que le hacía ser una persona violenta, pero también he visto cómo el Señor le ha ido haciendo poco a poco dócil y humilde. Se me ha quedado grabado que, a pesar de ser como era, tenía un amor grande a la Iglesia y a las celebraciones.

-¿Cómo te fuiste adentrando en la fe?

-La adolescencia fue una etapa muy complicada para mí. A los dieciséis años entré en una rebeldía que me hizo caer justo en aquello en lo que tanto había juzgado a mi padre, en la violencia. Comencé a ser muy violento con mis hermanos. Entré en un sinsentido en el que necesitaba evadirme y no ver a mi padre al que tanto odiaba. Me pasaba el día fuera de casa jugando al fútbol o durmiendo.

Después de varios meses de vivir así, Dios me tocó el corazón a través de algunas catequesis y pude ver lo absurdo de mi vida. Sentí el amor de Dios aun con tantos pecados como tenía de egoísmo, orgullo e ira.

-Con lo cual, ¿tuviste algo parecido a una caída del caballo como San Pablo?

-Sí, concretamente me conmovió una catequesis en la que se hablaba de la carta de San Pablo a los corintios en la que les dice que “Cristo murió para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5,15). Esto mismo desvelaba quién era yo, un hombre egoísta, no querido por los demás e incapaz de amarles. En mi casa yo trataba  de hacer lo mínimo, precisamente por el pecado que como dice San Pablo “habita en uno”.

Pero también era una buena noticia del amor de Cristo, pues verdaderamente ha venido a perdonar todos los pecados y con Él es posible alcanzar una vida nueva, saliendo de uno y donándose a los otros. Yo, por pura gracia de Dios, me creí esta Palabra y ahí empezó parte de la reconstrucción de mi vida.

aquí estoy, Señor, mándame

-¿Cómo se inició el camino hacia el sacerdocio?

-Al darme cuenta profundamente del amor que Dios me tenía a pesar de mis pecados, sentí la necesidad de ofrecer mi disponibilidad para lo que Dios quisiera. En aquel momento estaba estudiando el primer semestre de Medicina en la Universidad Panamericana del Opus Dei. Lo tenía todo: éxito, amigos, estudiaba la carrera que quería, pero no era feliz. Sentía que Dios me llamaba a algo mucho más grande, a dar lo que yo estaba recibiendo, es decir, el amor de Cristo, evangelizando, pero  a través del sacerdocio.

-¿Cómo reaccionaron tus familiares y amigos? ¿Les extrañó? 

-Hubo muchas reacciones, pero nadie se lo esperaba. El primer sorprendido fui yo, pues en mis planes no estaba el entrar en un seminario. El proyecto de mi vida era el normal de un chico joven; tener una profesión, casarse y tener hijos…, pero la llamada era tan fuerte que tomé un giro de 180º. Recuerdo que una de mis hermanas me dijo, cuando entraba en el seminario de Guadalajara (México): “Bueno, no te doy ni tres meses”. Ella me conocía bien y sabía que yo había vivido siempre para mí.

En general todos se alegraron muchísimo. Mis padres siempre han estado muy cerca de mí a través de su cariño y de la oración, ya que han tenido claro que esto, puesto que no venía de mí, sólo podía ser del Señor.

-¿Cómo transcurrieron los años en el seminario?

-Con mucha alegría. Dios iba confirmando poco a poco esta llamada con hechos concretos. En el primer año sentí una alegría inmensa como nunca antes había experimentado. Fue parte de la confirmación del Señor, pues me permitió vivir castamente, estar contento lavando platos, sirviendo mesas, limpiando, ¡lo que jamás había hecho! Estudiaba a gusto y la Palabra diaria de las Laudes y de la Eucaristía siempre removía mi corazón. Se daba la comunión con los demás seminaristas; aunque fuéramos de diferentes partes del mundo, el Espíritu Santo hacía que nos sintiéramos más que hermanos.

-¿Tuviste algún momento de vacilación o duda?

-He pasado también crisis en el seminario, y sabía que son necesarias para madurar la vocación y la fe. Ha habido momentos en los que Dios ha permitido que le gritara desde lo más profundo de mi corazón; situaciones de humillación en las que, o baja uno la cabeza y acepta entrar, o reniega y da una patada a todo. Hasta ahora el Señor me ha ayudado a entrar en ellas sin rebelarme.

-¿Qué gracias recibías para perseverar en la vocación?

-En el tiempo de seminarista me marché dos años de misión, ¡maravillosos!; el primero al sur de Veracruz, en una tierra con temperaturas de 45º o más y mucha humedad. Un lugar duro, con una pobreza extrema tanto material como espiritual, pues mucha gente no conocía a Dios. Allí también se me confirmó la llamada, ya que al palpar la realidad del sufrimiento profundo, pude comprobar que valía la pena dar mi vida por anunciar el Evangelio.

El segundo año lo pasé con un equipo itinerante en Colima, Tepic y Puerto Vallarta, y tuve la misma experiencia. La vida de la gente que se encontraba con Dios, que se ponía en marcha en un camino de fe esperando ver cumplidas las promesas, cambiaba. Esto me sigue impulsando a caminar en la fe.

dadles vosotros de comer

-¿Cuál es el papel del sacerdote en el siglo XXI?

-La principal misión de todo cristiano y en especial del sacerdote es evangelizar. “Ay de mí si no evangelizare”, porque a través del  anuncio del kerigma, el hombre puede tener acceso a la fe, convertirse, dar un giro a su vida. Ello es posible, ya que cada vez que se proclama el perdón de los pecados y el amor de Jesucristo, sucede la venida del Espíritu Santo que atestigua en el corazón del hombre que esto es verdad.  La muerte ha sido vencida y el demonio ya no tiene poder sobre nosotros.  El hombre libre es aquel que se siente amado y puede amar, por eso hay que anunciar este Amor a tiempo y a destiempo.

-¿Qué te proporciona el ministerio sacerdotal en el día a día?

-Fundamentalmente estar contento con la realidad que tengo y sentirme libre para decirle al Señor: “Sí, hoy quiero hacer tu voluntad”. Me hace también poder ponerme al servicio del otro, porque lo que he recibido es mucho más de lo que yo puedo dar. Mi vida, cuando ha tenido sentido, es cuando la he entregado a los demás. Esto no me ha pesado porque la vida me ha venido antes del Señor para poderla dar.

También me concede una libertad total, sin ataduras, ya que me permite estar dispuesto a ir a cualquier parte del mundo a evangelizar; tener un profundo amor a la Iglesia y a los hombres, entender la debilidad de la gente y poder ver que todos estamos envueltos bajo la misma condición pecadora; ser libre con el dinero, es decir, experimentar que Dios provee.

-¿Qué estrategia usa el demonio para intentar quitarte la paz en la misión?

-El demonio todos los días hace la guerra, porque nuestra lucha no es contra la carne ni contra la sangre, sino contra los espíritus del mal. Me intenta atacar de muchas maneras: a través de los pensamientos para desviarme de la voluntad de Dios, de insinuarme que Dios se equivoca cuando no salen mis planes… Por eso es primordial la oración.  Tengo que apoyarme fuertemente en Jesucristo para no sucumbir en el combate con el Maligno, que ataca sin tregua. Pero, pese a mi debilidad, la gracia del Señor basta para poder llevar adelante la misión.

-Al optar por Cristo desde el sacerdocio, ¿te pierdes algo o lo ganas todo?

-La sensación que tengo es que Dios verdaderamente basta; que el amor de Cristo “plenifica”. Renunciamos voluntariamente a una mujer y unos hijos, pero no estamos solos. ¡Ay del solo! El sacerdote es uno más del pueblo de Dios y también necesita vivir su fe en comunidad. Dios suple, a través de los hermanos que comparten la fe, el amor humano, que también es necesario, pero es posible vivir castamente; siempre en combate, pero es posible.

El amor es una realidad mucho más grande que la sexual, que es un apartado del amor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Vivir no para sí mismo, sino para los demás en el servicio a los otros, ahí se está amando. Yo me he sentido amado y he amado dándome a los demás, pero para ello es necesario estar íntimamente unido a Jesucristo, que es la fuerza y que sólo Él lo puede conceder.

-¿Cómo afrontas esta nueva tarea de ser vicerrector en el seminario “Redemptoris Mater” de  Guadalajara (México), con sólo 29 años?

-Con mucha alegría porque veo que es una misión muy seria la de formar en este tiempo sacerdotes santos. Sé que donde Dios me ha mandado, Él siempre ha ido por delante, por eso, aunque no tengo experiencia en esto, el Señor proveerá.

 venid sedientos, acudid por agua

-Al final, tanto pobres como ricos, del norte o del sur, lo que nos llena de sentido es vivir unidos a Dios.

-Todos anhelamos una respuesta a los interrogantes más profundos: para qué vivo, quién soy yo, adónde voy, se acabará todo en esta vida, etc. Si la gente no la obtiene, se va alienando con lo que ofrece este mundo, pero ello no sacia  -como me ha pasado a mí- y llega el hastío. Este anhelo sólo Dios lo puede llenar, pues como dice San Agustín, “nos hiciste para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

Yo me daba cuenta que la gente necesitaba y quería encontrarse con este amor gratuito que viene de Dios, pues el amor humano es muy pobre e interesado. Dios ama hasta el extremo al más pecador y tiene poder para arrancar del sufrimiento y de la muerte. Yo lo he vivido personalmente y lo he visto en estas personas.

-¿Por qué cuesta tanto caer en la cuenta de ello?

-La gente se acerca a Dios pero falta dar el paso más serio a una fe adulta y comprometida, ya que muchas veces no coincide la vida interior con lo que se profesa. Estamos viviendo un tiempo de relativismo en el que somos engañados por las ideologías, principalmente los jóvenes. Éstos buscan en los diferentes grupos poder ser queridos, llegar a identificarse con alguien, sin saber que el que da la dignidad al hombre es Dios, pues estamos hechos a su imagen y semejanza.

-¿Qué les dices a quienes reniegan de su fe o no quieren oír hablar de Él?

-Que existe una respuesta verdadera a sus problemas y no está en lo que ofrece este mundo, sino en Jesucristo. Él es una realidad; está vivo y resucitado. Sea cual sea su situación de dolor, que no pierdan la esperanza pues el Señor les ama profundamente. Les diría que se acerquen a la Iglesia, y como decía Juan Pablo II, que no tengan miedo de abrir el corazón a Cristo, que solamente Él les saciará.  Esto es real y se cumple. Si dan este paso serán gratamente sorprendidos.

-Puesto que Iglesia somos todos, sacerdotes, religiosos y laicos, ¿Qué debemos hacer en conjunto en estos momentos tan cruciales de secularización?

-Los cristianos no podemos estar callados sino que debemos comunicar al mundo la Verdad, que es única y ha sido revelada en Cristo. Son momentos difíciles, sí,  pero en la historia de la Iglesia siempre ha habido altibajos, no podemos perder la esperanza. Dios lo permite para purificar profundamente a su Iglesia y que se vea qué es la fe. Es momento de manifestarla aunque nos ataquen, insulten o blasfemen, como me ha pasado a mí por vestir de negro.

Decía el escritor francés Charles Péguy, que lo que no se da se pierde; la fe si no se testimonia se apaga. No es algo propio de extraterrestres, sino de hombres y mujeres iguales a los demás, con sus problemas, su trabajo, sus hijos, sus padecimientos, etc., pero que se apoyan constantemente en Dios.

-¿Crees que Dios ha sido bueno contigo?

-Sí, muy bueno. Siento el amor de Dios todos los días. Ya el mismo hecho de levantarme cada mañana es un don; ver la naturaleza, experimentar la necesidad de encontrarme con el Señor en la Eucaristía, en la oración, en el sacramento de la Reconciliación; comprobar cómo, sin tener dinero, no me falta de nada, etc.

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