Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, mayo 26, 2019
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¿Quien decís que soy yo? 

«En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas”. Díceles Él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!”. Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”». (Mt 16,13-23)

José María Peguero Calderón

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He querido empezar este comentario que Jesucristo les hace a los discípulos, porque creo que es el eje central en torno al cual girarán todas las reacciones y actitudes, tanto de Jesús, como de Pedro y el resto de los discípulos a lo largo del pasaje.

A partir de esta pregunta se sucederán hechos muy importantes que marcarán el posterior desarrollo de la historia de la Iglesia y de la salvación de los hombres. Es como si Jesucristo considerase clave lanzar esta pregunta a sus más íntimos, para conocer y discernir hasta dónde se habían configurado e intimado con su persona y su misión, y como consecuencia, cuál era hasta ese momento  el  grado  de disponibilidad y entrega, con todo lo que lleva consigo el seguimiento de Jesús.

A la confesión de la mesianidad de Jesús, por parte de Pedro, referida por Marcos y Lucas, Mateo añade la de la filiación divina: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Esta contestación de Pedro, en presencia de los demás discípulos, será el refrendo que Jesús necesitaba escuchar de la fe, primero de Pedro, sobre el que recaerá la elección del Primado, como jefe de los apóstoles, para simbolizar su papel en la fundación de la Iglesia. Y luego de los demás discípulos en su fidelidad a la misión de Cristo y del testimonio que habían de dar de Él hasta sus ultimas consecuencias.

Por eso, desde una vivencia existencial  de la fe,  siento que este pasaje del Evangelio recoge perfectamente cómo se gesta y se  va madurando el  discernimiento, como es el caso de Pedro, aun en medio de arranques impulsivos de fe, unas veces,  y otras de fragilidades y caídas en la vida cristiana.

Solo desde una experiencia  fundada en certezas  y memoriales concretas, de cómo Dios en su Hijo Jesucristo ha ido interviniendo y actuando en tu vida, puedes y podemos todos responder cuando nos preguntan: ¿Quién es Cristo para ti?

Cuando uno tiene sello de lo que Jesucristo ha hecho en su vida, de cómo te ha sostenido, liberado, perdonado, y amado como eres, en tantos momentos de sufrimiento y crisis personales o matrimoniales o familiares, entiende perfectamente, cuando Cristo le dice a Pedro que esa convicción que tiene de que Él es” el Hijo de Dios vivo” no se lo ha revelado” ni la carne ni la sangre” sino “ mi Padre que está en los cielos”.

Es decir, que cuando has experimentado el  poder de Cristo, que va mas allá de tus miedos, complejos, insatisfacciones, fracasos, incapacidades y pecados, tienes la certeza (que nadie podrá quitarte) de que Jesucristo está verdaderamente vivo y que las puertas del Hades (el real) no prevalecerán ni contra ti, ni contra la iglesia, porque la muerte ha sido vencida por Cristo.

De ahí que el encuentro personal con Jesucristo vaya mas allá que un mero conocimiento intelectual o doctrinal, ni siquiera devocional o sentimental, o fruto de una serie de verdades aprendidas o heredadas, solamente. Sino que el Señor habla con hechos concretos en la historia del hombre y eso es lo que te lleva a conocer en el sentido  espiritual que tiene este Verbo en la escritura. A saber, que Cristo está vivo y resucitado en la vida diaria de los hombres. Experiencia que necesariamente te tiene que impulsar a evangelizar unas veces y otras a “subir a Jerusalén” y entrar en la cruz de cada día, dando la vida por amor a Dios  y a los hombres.

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