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¿Quién mueve los hilos de la Organización Mundial de la Salud? La educación sexual de la infancia y adolescencia 

La OMS ha emanado un documento en la segunda quincena de octubre (2013), cuyo título es Standard for Sexual Education in Europe, con poca repercusión en los medios de comunicación social, cuando estamos ante un problema gravísimo, como es la educación de nuestros hijos, puesto que se pretende imponer, con la arrolladora ayuda del Estado, y prescindiendo de los padres, un modelo de vida que reduce a nuestros hijos a puro estado zoológico, donde todo está absolutamente justificado, porque su razón de ser reside en el sexo, un pansexualismo puro. ¡Vamos!, que sería de risa si no fuera porque es para llorar: sabíamos que el cerebro preside las funciones sexuales, pero no que el sexo ocupara el lugar del cerebro.

La OMS se despacha a gusto exponiendo cómo debe ser la educación sexual desde los cero años en adelante, es decir: a los niños de cero a cuatro años habría que informarles sobre la «masturbación infantil precoz» (los educadores, por ejemplo, podrían alentar eso de jugar a los médicos y enfermeras…); de cuatro a seis años los niños deberían estar en grado de descubrir el «amor» hacia las personas del mismo sexo. Entre los seis y nueve años hay que darles información sobre los cambios del propio cuerpo, como la menstruación y la eyaculación, dándoles conocimientos sobre los diversos métodos anticonceptivos; entre los nueve y los doce años hay que ponerles al corriente de los riesgos y consecuencias negativas de tener experiencias sexuales sin la debida protección. Y a los adolescentes entre los doce y quince años hay que darles suficiente información sobre la planificación familiar, el impacto que supone la maternidad en una edad tan joven, por lo que hay que saber tomar decisiones y estar al corriente de lo que supone un embarazo; han de saber qué son las relaciones homosexuales, la prostitución y la pornografía… y, ¡ah! —no se lo pierdan—, de modo especial hay que ponerles en guardia contra la influencia de la religión en todo lo concerniente a la sexualidad. En fin, grabemos un réquiem en las cubiertas de los libros de lengua, matemáticas, filosofía, historia, arte…, y erijamos un monumento a la educación sexual así entendida.

«Ahora bien —se pregunta Max Silva Abbot (max.silva@uss.cl) —, ¿se imagina alguien qué pasaría si de verdad todo en la vida, tanto de los individuos como de las sociedades, se guiara por el sexo? Habría que cambiarlo todo, como quieren los nuevos sacerdotes de la ideología de género, dejando así obsoletas las nociones de padre, madre, matrimonio, familia, discernimiento sexual, y un largo etcétera. Pero además, ¿por qué tanto interés en corromper así a las nuevas generaciones? ¿Quién sale ganando con este pansexualismo?».

Por su parte, el «Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân» ya había alertado sobre este problema, con un Comunicado del 15 de noviembre de 2013, recordando que estas aguas turbias venían de más atrás, ya que tal documento de la OMS se remonta a 2010, y que fue cuestionado por muy pocos; incluso otras iniciativas de la OMS datan de fechas anteriores. Benedicto XVI, en una Carta que dirigió a la diócesis de Roma (21-1-2008) denuncia que ya no se sabe quién educa y sobre qué educa.

Resumiéndolo mucho, podemos decir que en ese documento de la OMS se pretende educar sexualmente a niños desde su más tierna edad, invitándoles a masturbarse, a tener relaciones mutuas, y ayudarles a que vayan eligiendo su propia «orientación sexual» al margen de la ley natural y de las constricciones sociales, dando rienda suelta a las propias inclinaciones.

Sin embargo, los cristianos, en general, y los católicos, en particular, podemos mantener sólidos algunos puntos basilares de nuestra doctrina en este campo: la educación integral del individuo, que abarca los aspectos biológicos, psicológicos y espirituales de cada uno; el papel fundamental, intransferible e irrenunciable de los padres para tomar parte decisiva en todo el recorrido educativo de sus hijos; y, en tercer lugar, total desacuerdo con el abuso de la palabra «género» para decidir que sea cada cual quien elija el suyo propio, aun en contra de todas las leyes naturales, por muy «políticamente correctas» que sean. La Iglesia, en efecto, ha hablado repetidamente sobre estos temas, particularmente a raíz del decreto del Concilio Vaticano II, Declaración sobre la educación cristiana de la juventud, ya desde el principio del documento, en su número 1.

“convidados de piedra”

Con todo, las cabezas pensantes de la OMS en esta materia —dado que se mueven en un plano totalmente laicista— no tienen remilgos en tirar por tierra cualquier argumento con sabor a «Iglesia» o talante moralista, basándose en que, ya que los creyentes hablamos de derechos, también existe el derecho a la sexualidad y a la autodeterminación, para evitar así, por imperativos legales —que no morales— situaciones indeseadas, como son las enfermedades de transmisión sexual (ETS), sobre todo el temido sida, embarazos imprevistos y difíciles de sobrellevar, e imponer por la misma regla de tres y el «artículo 33» prácticas de sexo seguro, como el uso indiscriminado o simplemente fomentado de sexo sin riesgos (la píldora del día después: la PDP), abriendo la puerta al aborto, como un derecho de la mujer, cargándose de un plumazo «legal» el derecho a la vida del «nasciturus»; por no hablar de la difusión doctrinal con un juicio de valor absolutamente negativo sobre la educación a la abstinencia (se refiere evidentemente a la Iglesia), que se debe excluir sin más, a priori, en el medio y a posteriori.

En cuanto al derecho de los padres a intervenir primordialmente en la educación sexual de los hijos, el Comunicado y Guía posterior de la OMS se lo saltan a la torera, aduciendo que muchos padres no están preparados para ello delegando en la escuela, por lo que son ellos (OMS…) quienes detentan el derecho de ser los encargados de impartir, enseñar y fomentar esas doctrinas, haciendo hincapié en que esas materias son propias de expertos, convirtiendo a los padres en «convidados de piedra».

No sé si la peor partida se la lleva actualmente la cuestión de la «ideología de género», por la que cada uno decide si quiere ser chico, chica, lesbiana, homosexual, hermafrodita, progenitor A o progenitor B, hijo de un matrimonio (¿he dicho matrimonio?: perdón) de dos lesbianas o de dos o tres… gays, o…, ya que en muchos países, desde hace un par de décadas, y en diversas Conferencias mundiales de la misma ONU, se ha ido debatiendo y asentando esta mentalidad, por lo que —según ellos— no hay más que decir y sobra todo lo que vaya en contra… Pues ¡qué bien! Con qué guante blanco y fría elegancia se despejan a córner cuestiones tan fundamentales y de sentido común, dando por demostrado lo que la misma naturaleza lleva milenios evidenciando que no es así…, e ignorando olímpicamente a cuantos, también desde hace varias décadas, venimos protestando que lo impuesto por ley no coincide, sin más, ni con la ley natural ni con la moral más elemental.

Estamos, pues, avisados. Subrepticiamente ha ido entrando esa mentalidad poshegeliana y posmarxista de los poderes públicos, que, por fas o por nefas, dan el puñetazo sobre la mesa europea diciendo alto y claro (más alto que claro) que «Aquí mando yo», y se hace lo que desde esta atalaya se dicta, al más puro y viejo estilo marxista-estalinista: vigilar, controlar y limitar. Se critica a la Iglesia porque está en desacuerdo con tales posturas y, de frente o de soslayo (sin miramientos), se la catapulta otra vez, si no a las catacumbas, sí a las sacristías: es una institución molesta. Y es que el problema tiene raíces mucho más hondas: se trata, en el fondo, de dos concepciones antropológicas que difieren metafísicamente como dos líneas divergentes: la concepción reduccionista y rastrera (a ras de tierra) de estos «expertos» (¿?) de la OMS sobre el hombre, y la concepción cristiana.

“las fuerzas del Hades no prevalecerán”

Ante la artillería pesada de ese laicismo y secularización con esta visión pansexualista, el cristianismo responde con un nuevo ímpetu de fe, estimulado por la Nueva Evangelización que ofrece el Papa Francisco con su recentísima Exhortación apostólica Evangelii gaudium: el cristiano sabe, cree y profesa públicamente que Dios es el Creador del Universo («Yo hice la tierra y creé sobre ella al hombre»: Is 45,12), a cuya cabeza ha puesto como señor al hombre, quien —y aquí está la belleza y sublimidad de ese misterio que ni siquiera huelen los señores de la OMS—, a su vez, no solo es imagen de Dios, sino que todo hombre ha sido creado teniendo por modelo al Hombre-Jesucristo, Verbo eterno de Dios Padre, encarnado para entrar en la Historia de la Humanidad hace algo más de dos mil años.

Por muchas andanadas y torpedos que lance furiosamente este pansexualismo contra la línea de flotación de la barca de Pedro —no seremos tan ingenuos de no ver que sí nos harán daño, porque también así está profetizado en el Apocalipsis con los triunfos del Anticristo, el Dragón y la Bestia—; pero confiamos siempre en aquella Palabra indefectible y nítida: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18).

¿Quién mueve los hilos de la Organización Mundial de la Salud?, preguntábamos en el título de este escrito… Creo que hay demasiada carga mortífera subterránea en tanta apariencia de lo políticamente correcto; supone demasiada vesania contra la ley natural; es una vil puñalada trapera que, encima, quien la asesta queda como un gentil caballero; es, en el fondo, una nueva religión que implanta e impone el pensamiento totalitario y único como si hiciera a todos un gran favor, que merece sumisa reverencia y obediencia ciega; se nota un montón ese disfraz de piel de oveja que esconde al rabioso lobo feroz, presentándose como benefactor de la humanidad, cuando lo que pretende a toda costa es usar el potente salfumán que sale de su boca para diluir la trascendencia y dejarnos a los hombres a la intemperie de un firmamento plomizo, sin sol (¡el Sol divino!) que rasgue las nubes, sin cielo donde dirigir nuestros ojos, porque ha mandado al desguace la esperanza del más allá, quedando solo el tristísimo «comamos y bebamos, que mañana moriremos» de Epicuro; hay un humo pestífero de «aldeano que tira la piedra y esconde la mano», dejando claros indicios y apuntando que, al final de todo —o al principio, según se mire—, está Satanás y… la masonería: ellos son el aldeano, y la piedra que nos tiran viene de la OMS.

Jesús Esteban Barranco

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