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¿Quién te consolará, Jerusalén? 

La persecución que provoca la fe se dirige contra las creencias religiosas en general, aunque en especial contra los cristianos y más específicamente contra la Iglesia Católica. La cosa no es nueva en la era cristiana: ya nuestros padres en la fe, el pueblo hebreo, han sufrido muchos avatares a lo largo de su historia antes de Cristo.

Por resumir brevemente todas aquellas vicisitudes, podemos recordar los principales hitos de su historia en el Antiguo Testamento, como la persecución de los faraones de Egipto (Ramsés II), los cuarenta años del éxodo en el desierto, las diversas dominaciones de los imperios que les iban imponiendo su hegemonía, como los asirios (Salmanasar III), la dinastía babilónica (Nabucodonosor), la dominación persa, la época helenística con el sometimientos por parte de la rama de los Lágidas (los Ptolomeo) y de los Seléucidas (Antíoco IV Epífanes), con los acontecimientos del saqueo del Templo de Jerusalén, gran persecución e instauración del culto de Júpiter Olímpico en el Templo; la oposición de los hermanos Macabeos; la dominación romana (Pompeyo y la toma de Jerusalén, año 63 a.C.); Sosio, gobernador de Siria, y Herodes el Grande, que  vuelven a apoderarse de Jerusalén en año 37 a.C.

devastación, hambre y espada

Pasando al Nuevo Testamento, nace Jesucristo en tiempos del emperador César Augusto, al que sucederá Tiberio. Hay que advertir en seguida que el mismo Señor predijo y anunció la persecución precisamente a los suyos: ”No os sorprenda que el mundo os odie” (1 Jn 3,13), pues estaba claro: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros […]. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15,18 y 20). En efecto: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (Mt 10,34); “el hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán” (Mt 10,21).

El Sermón de la Montaña había prometido la felicidad a quienes padecieran por el Señor: “Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,10-12).

Pablo, de hecho, recurrió al salmo 44,23 para constatar lo que le pasaba a él y a las primeras comunidades cristianas: “Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza” (Rom 8,36); y San Pedro exhorta a los suyos: “No os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros […]. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros, porque el Espíritu de la gloria que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros” (1 Pe 4,12 y 14).

El Apocalipsis no escatima profecías de sufrimientos de los elegidos, señalando a Satanás como promotor de esos males: es el “Diablo quien va a meter a algunos de vosotros en la cárcel” (Ap 2,10); “la bestia que sube del abismo les hará la guerra (a los dos testigos del Señor) y los vencerá y los matará” (Ap 11,7). “Y vomitó la serpiente de su boca, detrás de la mujer (la Virgen María, la Iglesia), agua como un río para hacer que el río la arrastrara” (12,15); pero como “abrió la tierra su boca y se tragó el río que había arrojado el dragón de su boca”, despechado este, “se fue a hacer la guerra al resto de sus descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,16-17). De hecho, “se le dio combatir contra los santos y vencerlos y se le dio autoridad sobre toda raza, lengua, pueblo y nación” (13,7). “Vi una mujer sentada sobre una bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos […], borracha de la sangre de los santos y de la sangre de los testigos de Jesús” (17,3 y 6). Finalmente, “cuando se cumplan los mil años, Satanás será soltado de la prisión […] para la batalla […] y cercarán el campamento de los santos y la ciudad predilecta” (20,7 y 9).

En el año 49 Claudio expulsa de Roma a los judíos. En año 70 Tito, por orden de Vespasiano, sitía Jerusalén e incendia el Templo. Más tarde con el emperador Adriano (117-138) se sofocarán los últimos reductos de rebeliones de judíos, se tomará definitivamente Jerusalén (año 134), convirtiendo el Templo en santuario de Zeus y Adriano.

el vientre se nos pega al suelo,  ¡rescátanos, por tu lealtad!

No vamos a entrar aquí en relatos sobre la persecución que ha sufrido el pueblo hebreo en estos veinte siglos, que ha pasado desde las masacres del Imperio Romano, la diáspora y el genocidio. Una de las páginas negras de la oscura Edad Media fue la enfermedad contagiosa que se propagó por toda Europa contra los judíos (por ejemplo, en pocos meses asesinaron a más de doce mil judíos en Alemania), enfermedad azuzada también por la primera Cruzada, con Godofredo de Bouillón al frente (finales del siglo XII), la expulsión de los judíos de España, los estragos contra los judíos de Ucrania por los cosacos de Chmielnicki, los posteriores “pogromos” (término ruso, “pogrom”, que significa devastación) en la Rusia de los zares (s. XIX) , y en otros países y, de manera especial, el Holocausto: seis millones de judíos asesinados, de los cuales una cuarta parte eran niños.

Curiosamente el odio contra “lo judío” se ha apoyado casi siempre en el prejuicio de que ellos fueron los que mandaron a Cristo al suplicio de la cruz, olvidando que Jesús, la Virgen María, los Apóstoles y las primeras generaciones de cristianos eran de origen judío. Entre todos los hijos de Abrahán, el padre de todos los creyentes, hubo uno, el más destacado entre todos: Jesús de Nazaret, que también fue perseguido, ¡y cómo!

Jesucristo ha sido, es y será una figura controvertida en la historia de la humanidad. Tan pronto suscita la adhesión más entusiasta e incondicional como el rechazo más extremo: chocó frontalmente con las autoridades políticas y religiosas de su tiempo. De hecho los evangelios consignan numerosas diatribas y disputas con sus adversarios, lo escribas y fariseos por un lado y los saduceos por otro: ver, por ejemplo, Mc 21-3,6 y 11,27-12,37; o el capítulo 23 de San Mateo.

Aunque él rehusó siempre todo tipo de violencia, su misión de traernos la Luz de la Verdad como enviado del Padre y mostrarnos en su propia Persona el rostro invisible de ese Padre, lo llevó a la muerte, y muerte de cruz, a donde fue llevado “como cordero llevado al matadero” (Is 53,7). Esta misión era la del Siervo sufriente del Señor, sublimemente descrita en los cuatro poemas del profeta Isaías. En Galilea los fariseos no le dieron tregua y en su pasión fueron los saduceos y la clase sacerdotal de Jerusalén los principales promotores de su condena, bajo el paraguas legal del gobernador romano Poncio Pilato.

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