Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, septiembre 19, 2019
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¿Quiénes son hoy los dichosos? 

«En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas”». (Lc 6,20-26)

Jerónimo Barrio

Dice el Evangelio de hoy que Jesús levanta los ojos y mira a la cara a los discípulos porque va a decirles lo más revolucionario y sorprendente de su mensaje: las Bienaventuranzas. Es el camino para ir al Cielo y va exactamente en la dirección contraria al camino que propone el mundo,  el que la mayoría de los hombres del tiempo de Jesús y del nuestro sigue.

Nos dice Jesús con infinita claridad:  “Dichosos los pobres….., los que ahora tenéis hambre…., los que ahora lloráis….”. Dichosos, afortunados, bien encaminados y orientados los que por seguir a Jesús están sufriendo. No por seguir sus ideales o sus negocios o por defender causas justas temporales, sino por seguir a Cristo, por creer en Él con valentía y comprometerse y serle fiel a pesar de las dificultades.

¿Quiénes son hoy los bienaventurados o dichosos a los que Jesús se refiere? Son dichosos los padres que sabiendo que su hijo nacerá con un defecto físico no ceden a las invitaciones reiteradas de interrumpir el embarazo y  asumen con fortaleza la nueva vida deficiente, también como un misterioso regalo de Dios.

Es dichoso el enfermo terminal postrado en su cama que ya no tiene esperanzas humanas de curación pero ofrece a Dios cada día su dolor. Es dichosa la familia que le  cuida  y contempla con serena tristeza cómo su vida se apaga y confía su alma en los brazos del Padre.

Es también dichoso el hombre que ha perdido su trabajo y no levanta el puño al cielo reprochando a Dios su miseria, sino que reza y confía en el Amor providente del Padre.

Es dichoso el hombre  que ha visto desaparecer a un ser querido repentinamente sin poder explicar  su pérdida, pero mantiene los ojos puestos en la infinita bondad de Dios, que no podemos alcanzar a comprender en su plenitud.

Y Cristo da un nuevo paso en su sorprendente proyecto de vida para el hombre, poniendo el dedo en la llaga con esta afirmación que dicha hace 2000 años podría parecer caduca: “Dichosos cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten…. Por causa del Hijo del Hombre”. Pero no es caduca, porque también es dichoso el profesor de religión de un Colegio público que tiene que soportar la mofa de muchos de sus alumnos al intentar dar la clase, y del resto de profesores del colegio por ser simplemente el profesor de Religión Católica.

Es también dichoso el médico que no admite ni practica ninguna agresión a la vida y que se convierte en su Centro de Salud  en un profesional  incómodo , apartado de todos porque  no sigue los dictados de la mayoría .

Es dichosa la joven que se esfuerza por vivir la castidad transformándose en el hazmerreír de sus supuestas amigas; y es dichoso el joven que acude solo a Misa cada domingo, mientras sus amigos siguen de cañas y se toman a guasa su fe.

Es dichoso el joven al que insultan, odian y agreden  porque simplemente reza un rosario por la calle, lleva un crucifijo al cuello o pretende participar en un encuentro cristiano multitudinario.

La  verdad es que nadie siente alegría cuando por su fe es señalado con el dedo en el trabajo o en la escuela, cuando es provocado con continuas burlas. Esas no son situaciones que provoquen ningún gozo sino verdadero sufrimiento. Pero Cristo está a nuestro lado cada vez que sufrimos por Él y somos perseguidos por su causa. En ese momento de inevitable dolor tenemos que recordar las palabras de Jesús, como si al oído nos las susurrase: “alegraos y saltad de gozo porque vuestra alegría será grande en el cielo”.

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