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Quinto misterio: El Niño Jesús perdido y hallado en el templo 

Todos los años, José y María acudían a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió los doce años acudió con ellos, posiblemente para celebrar la Bar Mitzvah, celebración en la que los adolescentes reciben la Torá y son acogidos como adultos en la comunidad creyente. En un descuido desapareció de la vista de sus padres, que no sabiendo su paradero le buscaron angustiosamente durante tres días, para al final dar con él en el Templo. Allí, en medio de los doctores, contestaba todas las preguntas que aquellos le hacían, y cuantos le oían quedaban asombrados de su sabiduría.

La escena es muy enigmática, pero lo más chocante de todo es la respuesta que da a su madre a la pregunta: “Hijo ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2,48). A lo que el muchacho responde: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49). Este es el primer momento en el que Cristo reivindica ante José que tiene a Dios por Padre, que esa es su verdadera paternidad, la primera toma de conciencia manifestada en público de ser “el Hijo”. A partir de ahí no vuelve a mencionarse a José; su misión está cumplida.

Bien mirado, Jesús no se pierde en el Templo. Sencillamente, se ha quedado en él porque es su casa. Por eso les responde a su pregunta con otra: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo…?”.José y María, como padres que son de Jesús, le han enseñado a ser un hijo de Israel, le han entregado el Shemá, el corazón y credo de su fe. Ahora, al llegar a su mayoría de edad, será el Hijo quien comenzará a enseñarles a ellos los primeros, a ser hijos de Dios, el corazón de la Buena Nueva que Él nos trajo a todos. He aquí la maravilla: María, es hija de su Hijo; siendo hija de Dios es también su madre. Y para entrar en esa filiación que la llevará a ser la Madre de todos, deberá aprender a hacerse uno con su hijo, a identificarse completamente con Él. El cáliz que Cristo habrá de beber tendrá su equivalente en la espada que en esos momentos atravesará el alma de María.

A medida que su misión va acercándose al final, pasados los primeros años junto al lago de Galilea, Jesús comienza a acercarse a Jerusalén, al Templo. Allí tiene su cita final. Al ser interrogado en los momentos previos a su Pasión por el Sumo Sacerdote acerca de su doctrina, Jesús le contestará: “He hablado abiertamente ante todo el mundo, he enseñado en el Templo, no he hablado nada a escondidas, pregúntales a ellos” (Jn 18,20). Cristo se mueve en el Templo como en su casa, y en aquella explanada contigua al Templo enseñará y sanará, hará milagros e incluso expulsará de allí a los mercaderes que convierten aquella casa de oración —su casa— en una cueva de bandidos. Hacia allí dirigirá al final sus pasos para llevar a consumación la obra que su Padre le encomendó, la Pascua definitiva.

La víspera de aquella Pascua, a la hora nona, dando un fuerte grito, Jesús exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lc 23,46). Y en ese momento, el velo del santuario se rasgó en dos, y como en aquel día de antaño, Jesús se perdió en aquel Templo y para siempre. El Sancta Sanctorum —el lugar santo por excelencia, donde no podía entrar nadie salvo el Sumo Sacerdote un día al año, entre aromas e inciensos y revestido de la santidad de Dios— dejó de ser el templo de Dios, el lugar de su presencia. El Espíritu de Dios se elevó a la búsqueda de un nuevo templo y no encontró mejor lugar que aquel corazón traspasado colgado de la cruz bajo el peso de nuestros pecados. Y al tercer día de vagar perdido en el mundo tenebroso, fue hallado de nuevo en el Templo reconstruido de su cuerpo resucitado. Dios lo habitó con toda su complacencia y puso allí su morada definitiva.

Enrique Solana

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