Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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Rebosa la copa de mi alma 

El hombre de hoy, vulnerable como nunca lo fue al abismo vertiginoso de la tristeza provocada por la escasa motivación de su hacer y vivir, necesita oír con absoluta urgencia los silbos esperanzadores de hombres y mujeres que tienen la experiencia de ser cuidados y amados por Dios. Un Padre que les valora más que a las aves del cielo (Mt 6,27), y a quienes viste con más esplendor que a los lirios del campo (Mt 6,28-29). Dios los considera a todos ellos como a las niñas de sus ojos porque le han buscado y le han tenido como su primera y única prioridad (Mt 6,33).

Infinidad de hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, conocen estas palabras del evangelio de san Mateo. Millones y millones de personas que, repito, conocen estos textos evangélicos, buscan casi desesperadamente seres humanos que, con las mismas carencias y dificultades que ellos, crean de verdad en estas palabras; de verdad, es decir, con el corazón. Buscan anhelantes, algo así como ávidos de vivir, discípulos del Señor Jesús, estos que transparentan aquello de lo cual quisieran ser partícipes. Quieren saber dónde reside su secreto de tener bastante con Dios.

Vamos a intentar recoger la bellísima experiencia de Teresa de Ávila, cuyas palabras “quien a Dios tiene nada le falta”, todos conocemos. Recogemos este su testimonio a la luz de su fuente: la Palabra. Y para ello, con el temblor propio de quien toma, como quien dice, entre sus manos “un trozo de Dios”, abrimos el salmo 23 que comienza así: “Dios es mi Pastor, nada me falta”.

Nos sumergimos, pues, en este bellísimo himno litúrgico de Israel con la conciencia de que entramos en la corriente de aguas vivas que es Dios mismo (Jr 2,13). Corriente de aguas donde se fraguó la fe viva del Mesías.

Empieza el salmista proclamando: “¡Dios es mi Pastor, nada me falta!…” En realidad está dando un testimonio bellísimo: Tengo bastante con Él, es mi Pastor; no uno más, sino el mío. De la misma forma que Tomás personalizó su pertenencia con Jesucristo diciéndole: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).

En la misma línea podemos tener presente la confesión de fe del apóstol Pablo al referirse a Jesucristo como “mi Señor”: “Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí  todas las cosas…” (Fl 3,7-8).

Pablo, al igual que María la de Betania, eligió la mejor parte: “la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús”. El conocimiento del que nos habla Pablo, y que califica como sublime, no es académico sino espiritual; así lo llama san León Magno quien nos atestigua que, por medio de este conocimiento, podemos llegar a tocar al mismo Hijo de Dios, su Misterio, por eso es sublime.

Siguiendo con el apóstol Pablo, podemos afirmar que todos aquellos que, como él, viven por y en el Hijo de Dios (Gá 2,20), tienen un alma y corazón místicos. De todos ellos podemos decir que “susurran su Palabra día y noche, y, como el salmista, en Ella se complacen” (Sl 1,2).

Para estos hombres y mujeres, quizá hasta con no muchos estudios, la Palabra discurre susurrante como un reguero. Éste es el don prometido por el Señor Jesús a los que creen en Él, es decir, a los que consideran que sus palabras son fiables: “Jesús, puesto en pie, gritó: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37-38).

Tan de fiar es el Evangelio de Jesús para estos hermanos y hermanas universales, es decir, del mundo entero, que dan su vida por él (Mc 8,35). Siendo así, no nos extraña que su susurro, “el correr interior de sus aguas”, sea agradable a Dios. Es un musitar que no está sujeto a horas fijas ya que por su naturaleza es ininterrumpido: “Sean gratas las palabras de mi boca, y el susurro de mi corazón, sin tregua ante ti, Dios mío…” (Sl 19,15). Más aún, su susurro, su corriente de agua, se convierte en su hábitat natural donde da los frutos que Dios quiere de ellos (Sl 1,3).

Recuperamos ahora y damos continuidad a la bellísima confesión de fe del autor del salmo 23: “Por prados de fresca hierba me apacienta”. San Agustín nos dice que esta hierba fresca con la que nuestro Pastor nos apacienta son los frondosos prados de las Escrituras. Ellas son espíritu y vida (Jn 6,63b) que alimentan nuestra alma y nos permiten reposar con sosiego “como un niño destetado en el regazo de su madre”        (Sl 131).

Así, amamantado y abrigado al calor de las entrañas maternas de Dios, conoce el alma el descanso, al tiempo que es fortalecida para continuar el largo viaje de la fe que culmina en la contemplación de Dios (Sl 84,6-8). Es un caminar en el que los gritos de angustia -¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34)- se alternan como si se fueran relevando, con los de la más firme y entrañable confianza: ¡Padre mío, sé que tú recoges todas y cada una de mis lágrimas en tu odre! (Sl 56,9).

En realidad todos los buscadores de Dios alcanzan una experiencia tan profunda de su amor, cercanía y cuidado, que pueden llegar a confiar en su mano a la que están asidos. Saben perfectamente en quién han depositado el tesoro de su vida con sus preocupaciones, como nos dice el siguiente salmista: “Ten confianza en Yahvé y obra el bien, vive en la tierra y crece en paz, ten tus delicias en Dios, y te dará lo que pida tu corazón. Encomienda tu camino a Dios, confía en él que él actuará” (Sl 37,3-5).

Por eso, cuando le llegue el momento -que le llegará (Sl 23,4)- de caminar por valles tenebrosos, sabe, aunque no lo vea ni lo sienta, aunque la angustia reclame su protagonismo desestabilizador, tiene la certeza, verificable en su alma, de que no está solo, que Dios va a su lado, y con él su amor y su lealtad; su Palabra dada que, por ser suya, se cumple inexorablemente.

Antonio Pavía 

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