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Redefiniendo los derechos humanos 

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, ante el horror del genocidio nazi y los crímenes de lesa humanidad, perpetrados bajo el “amparo de la ley” y de la autoridad “legítima y democráticamente” constituida, se vio necesario hacer una declaración conjunta, reconocida por los países de la naciente ONU, que amparara a las personas frente a los abusos de cualquier poder constituido que abusara de su autoridad. Así nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos, piedra miliar de la civilización, que garantizaba y protegía lo mínimo que a toda persona se le debe reconocer, frente a la prepotencia de eventuales totalitarismos que se hagan con el poder. Se había alcanzado un consenso generalizado, que permitiría defender la dignidad humana frente al autoritarismo y la prepotencia de los poderosos.

Indudablemente, aquel paso dado en 1948 supuso un gran salto adelante en la civilización humana. Sin embargo, no podemos “dormirnos en los laureles”, pues las conquistas del pasado, conseguidas a precio de tanta sangre inocente, deben protegerse, consolidarse, de alguna forma reconquistarse cada nueva generación. Siempre existe el peligro latente de que se conviertan en papel mojado, o peor aún, que la letra del texto sea reinterpretada, tergiversada, burlada o simplemente traicionada por las ideologías en boga. Esto parece estar sucediendo precisamente ahora.

No es el primer intento de reinterpretar los derechos humanos. El camino que se ha elegido para conseguirlo, ha sido el de ampliarlos. Ahora existen “nuevos” derechos, pero estos no son un escalón más, que se apoya en los anteriores, sino literalmente “nuevos” derechos que desplazan en la práctica –no así en la teoría- los “antiguos” (en realidad los únicos legítimos), convirtiéndolos de esta forma en “papel mojado”.

Algunos ejemplos. Hay una fuerte pugna en el seno de las Naciones Unidas por reconocer los “derechos sexuales y reproductivos”. En la práctica se vuelve un expediente que busca, entre otras cosas, reconocer el aborto como un derecho universal. Han explorado diversos caminos: derecho a la salud, derechos de la mujer, etcétera. Pero si esto se admitiera, el Artículo 3º de la declaración se vuelve “papel mojado”: “Todo individuo tiene derecho a la vida…”. ¿Cómo conculco este derecho? Fácil, diciendo, con Hillary Clinton, que el embrión no tiene ningún derecho, no es individuo, no tiene derecho a la vida.

¿Qué otros derechos amenazan en convertirse en papel mojado, o ya lo están siendo, de forma subrepticia y sin que exista el consenso generalizado que dio origen a la declaración? Aquí un breve elenco. El Artículo 16º reconoce que los hombres y las mujeres tienen derecho a casarse y fundar una familia. Además en su párrafo 3º dice que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección del estado”. Ahora la ONU busca “normalizar” la homosexualidad y el transgénero, de forma que se “reinterpreta” este derecho, ah, y si no estás de acuerdo por motivos morales o religiosos, serás perseguido por violento. Con la excusa de “frenar la discriminación” tus convicciones morales y religiosas serán calificadas de odio.

Para evitar este problema de raíz, van a reeducar a tus hijos (como ya sucede en Madrid, por ejemplo), conculcándo no uno, sino dos derechos reconocidos en la declaración que pasarán a ser papel mojado:  El Artículo 18º que reconoce el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión (ahora solo gozan de ese derecho los que están de acuerdo con la ideología de género, lo demás no) y el artículo 26º & 3 que reza: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger la educación que se dará a sus hijos”. A partir de ahora, “como los padres no saben hacerlo”, en la práctica –no en la letra- se pondrá una excepción: en lo que se refiere a la educación sexual, el Estado se encarga y prohíbe –como ya sucede en Madrid- que el padre se inmiscuya. Así los nuevos ilegítimos derechos suprimen los auténticos y antiguos, y la que nos protegía de los totalitarismos se ha vuelto totalitaria. Y esto es sólo el principio, a no ser que la sociedad tome cartas en el asunto y deje de ser presa de una minoría ideológica.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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