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Reflexiones debajo de una higuera 

«En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Natanael le replicó: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le contestó: “Ven y verás”. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Natanael le contesta: “¿De qué me conoces?”. Jesús le responde: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Natanael respondió: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. Jesús le contestó: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores”. Y le añadió: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. (Jn 1, 45-51)

Pablo Morata

En plena ola de calor, cuando los termómetros de más de media España superan los 40 grados de temperatura, en medio de unos días de, no sé si merecidas, pero sí necesarias vacaciones, nos hemos juntado para celebrar una fiesta familiar en un cortijo en las postrimerías de la Sierra de Cazorla. Hace un calor sofocante. Las lonas de las sombrillas y los toldos se han recalentado por el sol de todo el día y, por el efecto invernadero, ni a la sombra se pueden evitar el bochorno del sol de Andalucía cuando a este la por hacer alarde de su vigor.

Lindando con el huerto hay una higuera. Por entre sus hojas se cuelan algunos rayos de sol. Es casi el único sitio donde corre una ligera brisa, que no solo refresca la piel sino que extrae de las hojas del árbol un aroma azucarado, denso y cremoso. Me echo en una hamaca debajo del sicomoro y comienza la sinfonía de los sentidos: La esencia de la higuera cargada de frutos todavía verdes hace que las papilas gustativas entren en acción. El aire trae ráfagas dulces de hierbaluisa, ácidas de menta y hierbabuena suavizadas con el aroma del jazmín. El oído se deleita con el fluir del agua del río naciente unos cientos de metros arriba y que calmará la sed de varios pueblos de la comarca. ¿Qué decir de la vista? Cielo tornasolado del atardecer. En el horizonte las siluetas del Pico Cabañas y el Puerto de Tíscar, flanqueados de tupidos pinares y en el valle un mar de olivos perfectamente alineados como ejército en formación; que entre todo dibujan una obra pictórica a la que el más ilustre de los artistas no podría ni aproximarse.

¡Y la piel!, de la cual me hubiese desnudado minutos antes, porque me pesaba, porque era un surtidor de sudor imparable, ahora se relaja y agradecida hace que todo el cuerpo se serene y experimente una sensación de alivio que me sumerge en plena actitud contemplativa:

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos. La luna y las estrellas que has creado: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?…” Y se produce esa sensación de pequeñez y a la vez de grandeza ante lo bello y lo fascinante. Comunión entre Creación, creatura y Creador, experiencia de Tabor que hace exclamar: “¡Qué bien se está aquí!”. Y, ¡entran unas ganas de hacerse unas tiendas…!

¡Con cuánta razón presenta la Biblia repetidas veces el estar debajo de la higuera como signo de sosiego, de quietud, de seguridad, de “paz” en el más extenso sentido del vocablo hebreo “shalom”! (Cf. 1 Re. 5,5; 1 Mac 14, 12; Miq. 4, 4). Ese estado de ánimo interior y exterior del que nunca se querría salir. Estado en el que seguramente se encontraría Natanael (Bartolomé) cuando Jesús se fijó en él.

Y como Dios nunca desaprovecha la ocasión es en experiencias como esta en las que se cruza en el sendero del que “estaba tan a gustito” para provocar un encuentro que le va a cambiar radicalmente la vida. No “pasa de largo” junto a Abraham en el Encinar de Mambré. Consuela a Elías con la brisa fresca. Reprocha a Jonás su cerrazón. Abre la casa, el corazón y hasta el bolsillo de Zaqueo… Y en el caso de Natanael, hasta recordará el día y la hora de este encuentro.

Pero… “¿por haber tenido este “encuentro místico” crees? Has de ver cosas mayores” Y, hete aquí que Natanael, que en principio no esperaba gran cosa de alguien de procedencia tan poco afamada (hoy diríamos “¿de Lepe puede salir algo bueno?”; con todo el cariño y respeto a los leperos, pero sé que ellos son los primeros en tomarse con buen humor el sanbenito que les ha caído) ante la invitación: “ven y verás”, fue, vio y, además, se quedó. Es uno de los “Doce”.

No sabemos mucho sobre Bartolomé. Su padre debía de ser más conocido que él, pues su apodo significa “el hijo de Ptolomeo” (probablemente un gentil). También el nombre Natanael significa “regalo de Dios”, por lo que podemos intuir que fue un hijo no solo querido, sino también deseado, que dejó todo, padre y hacienda, por seguir a Jesús.

Tampoco sabemos mucho sobre su misión. La tradición cristiana lo representa con la piel en la mano, a modo de tela, porque, según esta misma tradición, fue desollado vivo antes de su martirio.

Independientemente del sufrimiento que de esta u otra manera padeciese Bartolomé por causa del Evangelio, a mí me sugiere esta reflexión: “Haz de ver cosas mayores”. ¿Y cuál fue esa “cosa mayor”? Pues, que se “dejó la piel”. En el más amplio sentido de la expresión. Sí, esa piel que sintió sosegada, descansada, fresca debajo de la higuera; que probablemente también le molestaría minutos antes, la pudo entregar por amor a Jesucristo y a la evangelización.

Nunca he entendido del todo la disyuntiva entre vida “contemplativa” y “vida activa”. ¿No son, acaso, dos caras de la misma moneda? ¿No se necesitan la una a la otra?.

La evangelización que no se cimenta en una fuerte espiritualidad contemplativa se queda reducida a activismo vacío, a mero humanismo que rápidamente se queda sin fuerzas y sucumbe.

Una evangelización meramente “espiritualista” no pasa de ser sensiblería religiosa alienante, escapismo, que no da respuesta a los problemas existenciales del hombre que suelen “reales” y muy “reales”.

Doy gracias a Dios por estos días de descanso. Doy gracias a Dios por el sosiego y la paz que siento en estos momentos “debajo de la higuera”. Pero, al mismo tiempo tiemblo, porque sé que si estoy “cargando las pilas” es porque también tengo que “dejarme la piel” en el curso que se avecina.

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