Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, noviembre 12, 2019
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Rescatados de debajo de la ley 

“Mas cuando llegó la plenitud del tiempo,
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,
para rescatar a los que estaban bajo la ley,
para que recibiéramos la adopción filial”

(Ga 4,4-5)

Hubo que esperar a que el tiempo llegara a su plenitud para que se manifestara el secreto mejor guardado por Dios en su corazón desde siempre. Se manifestó ocultándolo en alguien que vino a este mundo como todos los nacidos de mujer. En esta forma tan peculiar de manifestar tapando o revelar ocultando, consiste, creo yo, la Sabiduría del hacer de Dios, la infinita grandeza del designio de Dios.

Lo misterioso del plan pensado por Dios no está en que para nosotros sea del todo incomprensible; al revés: está en que es de lo más sencillo de entender, es decir, de “tender a ello” de alargar nuestra mano para tocarlo, cogerlo y estrujarlo si preciso fuera.

Porque, ¿qué es lo que le resultaba imposible de entender a la mujer aquella que extendió su mano para tocar siquiera el manto de Jesús y así verse curada de su pérdida de sangre? La infinitud del misterio de Dios está en que se nos da en unas condiciones que consuenan perfectamente con las nuestras: es de carne y sangre y sometido a la ley de esas mismas carne y sangre. La grandeza inconmensurable del misterio es que está a nuestro alcance. De nosotros a Dios hay un Puente tendido, un Sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas, probado en todo igual que nosotros (Hb 4, 15). El “ésah” o designio de Dios se mueve con la lógica del Amor, que es la que mejor entendemos. 

vida eterna en Cristo

Si arrimamos Lc 8, 45; 13, 10-17 y Hb 2,14 a Ga 4,4, veremos emerger de estos textos algo que pertenece ya al patrimonio común de Dios y de los hombres: que compartimos la materia, la biodensidad de la que la humanidad del verbo y la nuestra están hechas. El Hijo de Dios nace de una mujer, y una mujer era la que llevaba doce años perdiendo sangre, como mujer era la que Satanás tenía doblada hacia el suelo, y también los descendientes de mujer tienen categoría de hermanos por la sangre y la carne. Leídos en la dirección inversa, dicen estos textos que Jesús de Nazaret recibe de una mujer lo que de una mujer hemos recibido todos los demás; pero con una singularidad propia y exclusiva suya: llevar el plan de salvación de Dios de tal modo que quede al alcance de nuestra mano.

La hemorroísa toca a Jesús con apenas un roce (“epsato”), como cuando la lluvia fina nos cala hasta los huesos sin que parezca tocar la carne. Jesús pone sus manos sobre la mujer encorvada, y su contacto le llega hasta los huesos. Los que lo oprimían y estrujaban no lo tocaban así, y Jesús a ellos tampoco. Es un don de Dios con-tactar de esta manera con Jesús, porque saca de él lo mejor: lo que lleva escondido como encargo del Padre, es decir, nuestra salud. Por esto Lucas dice que la mujer encadenada por Satanás, cuando es rota esta cadena, hace dos cosas: se endereza y da gloria a Dios. Está claro que no se puede reconocer la gloria (su bondad sin límites) mirando al suelo, porque en el suelo no está; está en el rostro de Cristo, brilla en Cristo, a quién hay que mirar como se miran los hermanos hijos de un mismo padre: de frente; solo los siervos están ante su amo mirando a tierra.

Así pues, para San Pablo, para San Lucas y para el autor de la Carta a los Hebreos, Dios pensó desde toda la eternidad esconder la plenitud de su Amor salvador y manifestarla “corporalmente”, es decir, del modo que nosotros podemos apropiárnosla y comprenderla; es tanto como decir: Cristo Jesús es el Sacramento visible de la salvación pensada por Dios. El mismo lenguaje empleado por los escritores inspirados “descubre” este pensamiento de Dios: contrastan términos (generalmente verbos y calificativos) a cuyo través la acción “liberadora”, “redentora” y “sanadora” de Dios, obra en “esclavos”, “retenidos”,  “sometidos bajo”, “atados o encadenados”, etcétera. El mensaje es patente: entre el Hijo de Dios hecho carne y “pecado” (Fl 2,7; 2 Cor 5,21) y nuestra carne dolorida, sufriente y sometida al poder del mal hay una —¿cómo diríamos?— sim-patía regeneradora. ¿Cómo no va a comprender a sus hermanos que como él, por su carne y sangre (en sentido paulino), necesitan “ser rescatados de debajo de la ley”? Dice Pablo: “Mas el pecado, para mostrarse pecado, por medio de una cosa buena me acarreó la muerte, a fin de que viniese a ser el pecado desmesuradamente pecador por medio del mandamiento. Porque sabemos que la ley es espiritual, mas yo soy carnal, vendido por esclavo al pecado” (Rom 7, 13-14).

la vida es un campo de batalla

Profunda reflexión de Pablo. “Yo soy carnal” tiene un alcance antropológico enorme, porque apunta al ser y al obrar humanos. Cierto que nuestra fe confiesa que en la resurrección el Señor dará a nuestro cuerpo una forma de gloria como ya tiene el suyo, pero mientras llega ese día muestra experiencia es la de vivir una paradoja imposible de salvar: nos vemos abocados a la derrota final en medio de una pelea a la que no estamos dispuestos a renunciar en modo alguno. La desazón que esto nos acarrea es de un calibre que solo intuimos trágicamente cuando nos sacude la muerte (sobre todo el suicidio, que podría ser el “miocidio”) o el sufrimiento insoportable.

El sufrimiento profundo y la angustia profunda son la cara de la desazón óntica y existencial de sentirse en medio de una realidad opaca y rígidamente tendida entre el placer y el dolor, las alegrías y las penas. Nuestra carne es esta carne nuestra afectada por el pecado y sometida a la ley. Tenemos la guerra en casa; viven en nosotros elementos que nos dan una vida que es más una muerte que otra cosa.

Es esta una experiencia universal, de la que también el pensamiento ateo pretende dar cuenta. El ateísmo tiene nuestro mismo problema, pero visto desde las antípodas de la fe cristiana: no está seguro, porque no puede estarlo, de que la muerte gota a gota cada día, o en un repentino “final y punto”, no sea más que el apagón definitivo de nuestra biomasa, el estancamiento para nunca más de una noche sin alborada, o el vivir en la casa negra. La vida al fin y al cabo, no es otra cosa que el tiempo que va desde que el reo oye su sentencia a la pena capital hasta su ejecución definitiva… ¡al amanecer! para más INRI. Gran crueldad es esta: morir al nacer de un día que lo es para los demás (que también esperan, por otra parte —es decir, por la suya—, la propia ejecución) pero no para él. La vida es un día imposible, una frustración en raíz a la que hay que sobreponerse asumiéndola con entereza y dignidad.

Nosotros también tenemos nuestras preguntas. Si un “bio” fuera la unidad de medida de nuestra materia orgánica en tanto que humanos, y un “pneuma” la medida de nuestro espíritu, ¿cuántos “bios” pesamos o medimos; cuántos “pneumas” empleamos en el recuerdo del amor, en un beso de despedida, etc.? ¿Cómo se alean lo material y lo espiritual? ¿Cuál es la razón última de que para nuestro cuerpo haya un rescate? (Rom 8,23).

el amor eficaz de Dios

La fe desemboca en la experiencia de la reducción de los contrarios, de los antagonismos, de que es posible un armisticio en la guerra de la que hablamos antes. San Pablo escribió que Cristo redujo los dos pueblos a uno, derribando el muro de separación, el odio; que clavó en la cruz el protocolo de nuestra condena con todas sus cláusulas. Clavó en su cuerpo el “quirógrafo”, lo escrito a mano, que nos encausaba para la pena total y definitiva.

El ateísmo de hoy es, en buena parte, ramplón y de bajo vuelo: su píldora analgésica es “acabar con todo Dios”; píldora que se ha elaborado a base de reducir lo humano a bioquímica; esta a manojos de electroimanes; estos a física pura; esta a materia. Y la materia se reduce a sí misma agotándose en su misma cápsula.

El cristianismo habla de sufrimiento; el ateísmo de solo dolor; un dolor que sobrevuela nuestra existencia y cae sobre ella con las garras fuera: unas veces se clava en la carne, otras llega a profundidades anímicas más profundas. El sufrimiento, para la increencia, es la mueca del hombre que ha sido ideologizado en su existencia, trasladando el dolor al cielo o región donde todo tiene arreglo, es decir, de donde se retorna como se fue o incluso peor.

Conviene meditar esto, a la luz de Rom 5-8, en particular de 7,14-8,19, porque son una magnífica síntesis del designio de Dios llegado a nuestra historia y a nuestra vida en el Misterio de Cristo por obra del Espíritu. Pablo lo extendió a la creación entera, que suspira por la liberación final. A pesar del mal, todo camina desde su punto Alfa a su Omega, Cristo, en quien el Padre lo recapitulará plenamente (Ef 1,9-10) para ser Él mismo todo en todos (1Cor 15,28). El plan de Dios tiene una dialéctica interna que guía el Amor, y que funda nuestra esperanza, que no es baldía ni defrauda, por haber sido acrisolada en la paciencia con que el cristiano encuentra el sentido trascendente de sus dolores, trasformándolos así en un sufrimiento que redime y salva; por eso los sufrimientos de ahora no pueden compararse con la gloria que nos está reservada. Ese día conoceremos y amaremos como somos conocidos y amados.

Una mujer (¡) de entre la multitud, levantó la voz y dijo: “¡ Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11,27). En el cuerpo de María santísima florece ya la rama del almendro (“šequed”), avanzada de nuestra primavera sin final; lo que ella es ahora lo seremos nosotros después. Maravilla pensar que todos estábamos en aquel seno y en aquellos pechos de celestial belleza y esplendor. Bendiciendo a Dios con el salmista, ensalzamos la maternidad de María radiante como están ya los primeros árboles de esta primavera. ¡Va por ti, Señora Nuestra!:

“Bendice alma mía al Señor,
y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura;

él sacia de bienes tus días,
y como un águila se renueva tu juventud”

(Salmo 103,2-5).

César Allende

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