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Palabra de “Escritura”, Palabra de Jesús 
09 de Noviembre
Por César Allende

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús (San Juan 2, 13-22).

COMENTARIO

La Verdad es, probablemente, la esencia misma de la Palabra revelada por Dios en las dos formas supremas en las que nos ha hablado: desde antiguo, desde nuestros padres y por los profetas en la Escritura; y ahora en los tiempos presentes por su Verbo, Palabra hecha carne, un hombre como nosotros (Hbr 1, 1-2). Dios no hace las cosas a medias, nosotros sí, nos enteramos o percibimos su designio de salvación a medias. Y no sólo en un sentido estrictamente gnoseológico (que ya sería bastante defecto), sino sobre todo, en cuanto que esa Palabra nos la quedamos a medias: para nosotros mismos y para nuestros intereses; y a medias la aceptamos buscando el interés de Dios.

Pero la palabra no está dividida; no es sí, unas veces, y no, otras veces. Escritura y Verbo encarnado es una y sola Palabra del Padre: sí, a nuestra santificación; sí a cuanto conviene a nuestra salud eterna. Este sí es la Verdad suprema, la que Jesús puso ante los ojos de Pilatos aquel, que todos somos.

Convertir la existencia en un mercadeo con las cosas del mundo (negocios, dinero, fama, poder, etc.) ofusca el alma para comprender esta Verdad, única y unitaria que es Cristo Jesús Resucitado.

También la Iglesia necesita una permanente purificación para mostrar al mundo que es la portadora de la Verdad, de esta Verdad. Y la mostrará en la vida de sus hijos ante los señuelos del mundo. El mensaje de Juan hoy es contra los ídolos del mundo.

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