Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 27, 2020
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¡Resucitó! ¡Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza! 

Tu Espíritu Santo sigue sosteniendo mi vida y por ello puedo ver cómo tu misericordia se derrama día tras día en todos los acontecimientos que me regalas.
Hoy se cumplen seis meses de la muerte de mi marido, Javier. Él descansó en ti, confiando en esa vida nueva que le habías prometido. Ya no está sujeto a las leyes del espacio ni del tiempo, solamente el amor invadirá todo su ser. Por ello, estoy segura que intercede por sus hijos y por mí ante el Padre, para que guíe nuestros pasos por el camino de la paz.
¡Cuántas cosas han pasado desde aquel día! Recuerdo cuando seguíamos al coche fúnebre… un cúmulo de sensaciones me llenaban… ¿Cómo es posible que yo fuese siguiendo a un ataúd en el que se encontraba mi marido?
Javier entró en la iglesia para celebrar su última eucaristía en este mundo, mecido por el amor de muchas manos que lo condujeron hasta el altar, donde de nuevo Tú ibas a morir por él y por nosotros. Parece de locos, pero yo me sentía feliz. Tenía a mi derecha al féretro con aquella palma de martirio que tú, Señor, le habías entregado junto con su enfermedad, y enfrente, brillabas en la cruz que, hace mucho tiempo, me enseñaste que era gloriosa. No paraba de darte gracias por tu infinita ayuda, por cómo nos habías cuidado a toda la familia.
Cuando introdujeron a Javier en el nicho me consolaste con el canto del Credo y luego, mi hija Raquel escribió sobre el cemento aún fresco esta palabra que lo decía todo: ¡Resucitó!
Todavía quisiste, Señor, hacerme un regalo para que mi fe no vacilase: cuando regresamos a casa puse su recordatorio en el salón, me gustaba ver su cara sonriente. Al cabo de varios días pensé que estaría mucho mejor guardado en mi biblia, y allí lo introduje. Unos minutos después “algo” me dijo que buscase en qué página había caído. Cuando lo encontré, miré al cielo y apunté con mi dedo en un párrafo. Leí textualmente: “Subiendo a la barca pasó a la otra orilla y vino a su ciudad” (Mt 9, 1).
¡Cómo me consolaste, Señor! Tu amoroso cuidado es desbordante.
La vida continuó. Comenzó un nuevo curso y viví muchas “primeras veces” sin él. Pero tú seguías ayudándome y fortaleciéndome a través de la oración de tantos hermanos.
El 26 de octubre llamaste a tu presencia también a mi madre. Mientras mi hermana y yo rezábamos junto a ella, Tú te la llevaste dulcemente a tu lado. Su respiración se apagó de modo tan suave que dudábamos si aquello era ya el final. Y realmente no fue el final, sino el principio de una vida en la que Tú la harás plenamente feliz.
Dos seres queridos se han ido, pero has querido mandarnos otros dos. Mis hijas Raquel y Nuria están embarazadas. La primera de una niña que, si Dios quiere, se llamará Lucía, y Nuria…¡va a tener el primer varón! Después de ocho nietas por fin quizá el Señor nos conceda, como dice su padre, un futuro presbítero: Lucas.
La celebración de las navidades trajeron momentos muy emotivos, sobre todo cuando llegó la bendición de los hijos. Fueron pasando uno a uno. Todos teníamos lágrimas que se mezclaban con la certeza de que Javier también estaba allí con nosotros. El día de Reyes se presentaba muy diferente a otros años. Nuria se había casado; Sara estaba con su hermano a miles de kilómetros de distancia…Solo quedábamos en casa: mi cuñada Yoli, mi hijo pequeño Pablo y yo.
Yoli tiene síndrome de Down y por ello vive el día con la ilusión de la inocencia. Para que ella me viese abrir también algún regalo, me había comprado dos pinzas para el pelo. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando vi junto al paquetito uno más grande en el que estaba escrito el cartel de “Mamá”.
Miré a Pablo y, con gran emoción, abrí mi regalo. Una preciosa cajita de madera apareció ante mis ojos. Por una pequeña ventana de cristal asomaban unas letras: “Mercelillas” (así es como me llama con cariño mi hijo mayor).
“Me encanta, Pablo” le dije emocionada a mi hijo. “Pero ábrela, que hay algo dentro”, me comentó él. Debajo de mis gominolas favoritas vi dos notas. En la primera de ellas ponía: Q.D.T.B. (Que Dios te bendiga); en la segunda: “Vale por un abrazo de tu hijo… ¡pero, en condiciones!”
En aquel abrazo sentí el amor de todos aquellos que no podía ver. ¡Gracias, Señor!

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