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Retos: Obedecer sin rechistar 

Carta a mi Señor

Me suscitó esta reflexión ver a una persona que acababa de sentarse a cenar después de un durísimo día de trabajo, con el cansancio, bien disimulado, en todos los poros de su cuerpo. No en su espíritu, como comprobé. No había tomado más que una cucharada de sopa cuando alguien le dijo que debía ir a buscar a una persona desorientada. Como si lo hubiera impulsado un impetuoso resorte, desapareció por la puerta…

Se nos dice, por ejemplo, que está permitido comer de todos los árboles del jardín menos del árbol del conocimiento del bien y del mal.  Eso es una prohibición y algo se revuelve dentro con la pregunta al borde del grito: ¿Por qué se me prohíbe? ¿Quién tiene poder y dominio sobre mí para prohibirme algo? Y si no nos aflora la rebeldía, brota el regateo: ¿No comer nada de ese árbol? ¿Ni siquiera un poco, ni siquiera una sola vez? En realidad lo que importa es no acatar totalmente y sin vacilaciones lo que se nos ha dicho. Se trata de no obedecer.

Ese es el núcleo de nuestra historia, de toda la humanidad y de Dios con nosotros.  En la raíz de todo está la obediencia, tan difícil, tan costosa. ¿Por qué se obedece? No por miedo al castigo, no por debilidad ni pusilanimidad. En ese caso la obediencia sería un desafío para el intrépido y soberbio ser humano, dado a temerarias acciones. La esencia de la obediencia está en reconocer en el fondo del ser que hay alguien más grande que yo, infinitamente más poderoso, infinitamente abarcador de todas las sabidurías e infinitamente superior a mí en todos los sentidos. Superior en todo porque es superior en su esencia. Alguien que puede mandarme y que tiene derecho a prohibirme lo que quiera. Lo tiene por ser quien es El, por ser yo quien soy y lo que soy. Alguien a quien debo reverencia y absoluto acatamiento. Esto no es algo que me han inculcado, no hay en mi vida ningún recuerdo de ese adoctrinamiento.  Creo que es algo que todos los seres humanos tenemos desde siempre en el interior, como ley natural que nadie nos impuso, tan consustancial con nosotros como la existencia. De ahí se deriva la capacidad y la inclinación a obedecer. De ahí nace la prontitud y la facilidad en la obediencia; sin resistencia, sin conato de rebeldía, tan natural como respirar o parpadear… ¡Cómo podrá acallarse a veces esa voz innata que nos indica tan claramente quién es superior!

Obedecer sin rechistar es dejar de lado mi juicio y mi criterio. Es descansar en la obediencia con inalterable paz. Es confiar en ti sobre todas las cosas. Pero sobre todo, sobre todo, es reconocerte como Señor. Nadie como Tú. Y es reconocerme pequeña, arrodillada ante ti, sometida por amor, que no hay sumisión más dulce y feliz. Ahí se asienta mi confianza y mi estar en el mundo, en que sé quién soy y sé que por encima de absolutamente todo, estás Tú.

Y solo sobre ese cimiento puede estar cualquier otra obediencia, solo ahí puede estar enraizada. Como la de esa persona que se levantó con presteza y que al final me figuro que se comería la sopa fría…

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