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“Roja directa” 
26 de Febrero
Por Pablo Morata

«En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”». (Mc 9, 38-40)


De los años de adolescencia en mi pueblo de Jaén recuerdo una anécdota sobre el equipo local de fútbol, de los peores clasificados en “enésima” regional, pero que contaba con un delantero centro buenísimo que era el “pichichi” de la categoría. “Veneno” era su apodo. El entrenador había dado la orden de equipo según la cual, si el tal “Veneno” se viese involucrado en alguna tangana donde hubiere de ser expulsado, si el lío en cuestión permitía que fuese otro jugador el que se llevase la “roja directa”, este se inculpase para que “Veneno” saliese de rositas. Y aun así, cuando era sancionado por la federación, por aquello de que no son conocidos y los árbitros ni se fijan en la foto, jugaba con otro nombre y con la ficha de otro. Árbitro y federación lo consideraban “expulsado”, pero “Veneno” seguía haciendo de las suyas en el terreno de juego.

Digo esto para no caer en el comentario fácil sobre el relato evangélico de hoy, que consistiría en lo políticamente correcto de ser condescendientes e incluso ver con buenos ojos un ecumenismo ingenuo, que nada tiene que ver con el enriquecedor movimiento de diálogo entre las diferentes iglesias y religiones, promovido por los últimos papas, sobre todo a raíz del Concilio Vaticano II. Lo importante es que los demonios estén fuera de la cancha, no tanto quién los echa. No hay que tener “celos de Dios”. Cuando quieren que Moisés prohíba hablar a Eldad y Medad, porque no estaban en la tienda junto con los “setenta ancianos”, la respuesta es contundente: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!” (Cf. Nm 11, 24-29).

Efectivamente, a los demonios “roja directa”, independientemente de quien sea el árbitro o si ha sido por indicación del linier. Pero, ¡ojo!, que el Demonio es tramposo por naturaleza y ahí donde algunos ven “expulsión” pudiera ser una “tangana diabólica” de distracción y “veneno” sigue haciendo de las suyas.

Me refiero concretamente a esos “exorcismo espectáculo”, muchos de ellos televisados en cadenas de concesión pública y de dudosa financiación. El morbo vende. No sé cómo se ha divulgado la noticia de que en mí Diócesis de Getafe el Sr. Obispo ha nombrado nuevos “exorcistas”; el caso es que a mi vecina de despacho, Paloma, encargada de “Medios de Comunicación Social”, sus compañeros de la prensa la traen frita, probablemente más para sacarle un titular morboso que por el interés público que pudiese tener la noticia.

En las charlas pre-bautismales, lo normal es encontrarse con unos padres distraídos, desinteresados, pendientes del niño (por cierto, madres, si queréis que vuestros maridos tomen la iniciativa de cambiar pañales sin que nadie se lo mande, llevarlos a este tipo de charlas. Se levantan solos, os lo aseguro). Pero en el momento en que se les dice que dentro del ritual se les va a practicar un “exorcismo” les cambia el “rictus” como diciendo: “¡a ver qué le van a hacer mi niño!”.

¡Que no! ¡Que no es eso! Que un exorcismo es otra cosa. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de comentar la película “El Exorcista” basada en la novela de W.P. Blatty, y mantengo que solamente hay una escena donde aparece realmente el Demonio. Y no es precisamente en lo esperpéntico. Si recordáis la película, comienza con una escena en la que el sacerdote protagonista va por el andén del metro. Un pobre le pide limosna y este, absorto en sus asuntos, pasa de largo y le ignora. Pues bien, esta es la clave de la película. Tras las patéticas y ridículas escenas de movimientos de cama, vueltas de cabeza, vómitos verdes, etc.; la “niña poseída” se serena y poniendo la voz del pobre del metro dice: “Dame una limosna, por favor”.

¡Ese! ¡Ese es el Demonio! Es muy importante tenerlo identificado y conocer sus trampas, porque si no te la pega. Juega con otra ficha y es tan sumamente malo, que, en lo suyo, es muy bueno y en seguida te engaña. ¡Ese es! ¡El que te echa en cara tu pecado!: “¿Con qué autoridad quieres expulsarme de esta niña si eres el levita hipócrita de la parábola del samaritano?”;  “¿Cómo puedes estar escribiendo este comentario, me dice a mí ahora, si eres un pecador y te tengo a mi merced en cuanto quiero?”.

Es cierto que le gusta montar el numerito, pero a lo grande, y mientras hace maniobras de distracción con “pasatiempos sanadores” pone en escena su auténtico espectáculo en Ucrania, en Siria, en las playas de Ceuta y Melilla, en las clínicas abortistas o en tu propia casa, en tu matrimonio, en las relaciones con tus hijos… Y te lleva a su campo, a su terreno de juego favorito, que está minado y cuando menos te lo esperas… ¡¡booom!!

Y el caso es que existe el “Manual de Exorcismos”, y es tan poco secreto que resulta ser el “gran desconocido”. A quien le interese lo puede encontrar en Mateo, cap. 5, 6 y 7. El sumario: “Las Bienaventuranzas”. El desarrollo: “El Sermón de la Montaña”. Ante este “reglamento” no caben trampas. Anteayer leíamos en el evangelio que hay especies de demonios que solo pueden salir con oración. (Mc 9, 29). La oración te lleva a postrarte ante Dios; a la humildad. Ayer se nos recordaba en la liturgia “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”; a ser “como niños”, a la humildad. (Mc. 9, 30-37). Y la humildad, ante los demonios, es “roja directa”.

Pablo Morata 

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