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Rompiendo el paréntesis 
Por Antonio Pavía

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán”. Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?”. El contestó: “Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo”». (Lc 17, 26-37)


Los profetas nos hablan con frecuencia de lo que llaman “el día de Yahvé”, día que los exegetas traducen por “el día de Jesucristo”. De eso trata el evangelio de hoy: el día de Jesucristo en nuestra vida. Día glorioso que rompe el paréntesis opresor en el que el hombre hace transcurrir su existencia con todos sus proyectos, sin poder quitarse de encima la espada de Damocles que supone la precariedad de la existencia. Precariedad que se erige en guardiana de nuestro paréntesis.

Con el evangelio de hoy Jesús invita al hombre a mirar más allá de todo límite o encuadramiento; le empuja a proyectarse hacia lo alto, allí donde lo eterno se nos hace familiar y cercano. Allí donde tenemos preparado —Jesús mismo se ha tomado la molestia de hacerlo— un lugar, mejor dicho, nuestro lugar en Él y con Él: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2-3).

Para que alcancemos la sabiduría de la vida, Jesús pone ante nuestros ojos la figura catequética de Noé. Parece que en la sociedad de su tiempo todo estaba sometido a la misma rutina: “comían, bebían, tomaban mujer o marido…” hasta que entró Noé en el arca y llegó el diluvio…

No ha cambiado mucho el ritmo, la “creatividad” de la sociedad de entonces comparada con la nuestra. Por supuesto que al comer, beber, tomar mujer o marido, hemos de añadir unos cuantos términos más: viajar, tener trabajos especializados, amplitud de profesiones que entonces no existían, espacios de ocio, deportes… Sin embargo, parece que el sometimiento a la rutina no ha variado excesivamente.

Nos preguntamos, ¿qué tiene de diferente la vida de Noé y sus familiares con las demás familias de su tiempo? Aparentemente no gran cosa. Tanto unos como otros comen, beben, viven conyugalmente, trabajan la tierra… Hay, sin embargo, algo que le distingue cualitativamente con respecto a los demás; y aquí es donde Jesús quiere mostrar la fuerza de su catequesis. Lo que distingue a Noé y a los suyos sobre el resto de su sociedad es que están construyendo un arca capaz de sobreponerse a la furia de las aguas. La catequesis es de una fuerza sobrecogedora; bien sabemos que las aguas tempestuosas simbolizan en la Escritura el poder destructor de la muerte.

Noé representa en la espiritualidad bíblica al hombre sabio, también al inconformista. Inconformista porque no se resigna a que todo por lo que ha luchado, vivido y amado quede aprisionado hasta su aniquilamiento por un paréntesis, tan cruel como ridículo, en el que todo el mundo asume resignadamente que está encorsetada su vida. Todos sus contemporáneos veían el arca que estaba construyendo y le mirarían como a un iluso. Representan a aquellos  —“contentos con su suerte”­— nombrados por el salmista. Contentos o resignados, qué más da, el caso es que no alcanzan a proyectarse más allá del paréntesis al que les somete la muerte: “Así andan ellos, seguros de sí mismos, y llegan al final, contentos de su suerte. Como ovejas son llevados al abismo, los pastorea la Muerte” (Sal 49,14-15).

¡Aquel día! —proclaman una y otra vez los profetas—, aquel día ya ha llegado, y tiene un nombre: Jesús el Señor. Él es nuestra arca con  que desafiamos las aguas de la muerte. Construir el arca como Noé supone dejarnos llevar por el Hijo de Dios al Padre: el suyo y el nuestro. De esto nos habla Jesús hoy.

Antonio Pavía

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