Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, octubre 14, 2019
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Ruanda, una palabra de Dios 

En el pasado mes de mayo me sorprendieron mis superiores pidiéndome que fuera a Ruanda, el país de “las mil colinas y mil problemas”. No era un destino definitivo; era sólo por algo más de tres meses para un servicio de apoyo y ayuda a nuestras hermanas de allá. Para mis sueños misioneros era como unas migajitas de pan lo que Dios ponía en mis manos. Pero algo es algo, me dije. Vamos allá a hacer cuanto podamos, en el nombre del Señor, puesto que es Él quien me envía de esta forma.

Cuando el 5 de junio volaba sobre África, al contemplarla surgió en lo profundo de mí una pregunta: ¿Qué podría hacer yo como misionera en Ruanda, sin dominar el francés, sin saber su lengua nativa, el kynarwanda, y sin poder trabajar en el campo de mi especialización…? ¿Por qué Dios querría traerme a este lugar, tantas veces soñado, ahora, a mis 76 años, y por un corto espacio de tiempo? ¿Era una misión apostólica para la cual contaba conmigo, un reto a mi vida, o simplemente un regalo de Él? ¿Qué quería realmente Dios de mí? No hallé respuesta…; así que me puse en sus manos sin más disquisiciones ni preguntas.

Pues bien: ¿qué fue mi estancia misionera en Ruanda? Si abrimos bien los ojos del espíritu, todo en nuestra vida es un regalo de Dios. Y eso es lo primero que ha sido para mí. ¿Por qué? Allí he sentido, con más claridad que nunca en mi vida, la presencia desbordante de Dios… Se reflejaba silenciosamente en la belleza de la naturaleza, en el silencio de sus amaneceres, en  el cielo de sus noches, en el verdor de sus valles y colinas (era el período de lluvias), en el encanto de sus lagos naturales, de su rica flora y sus bellos pájaros. ¡Qué riqueza dada por el Creador con tanta generosidad y a todos por igual…! ¡Cómo se recreaba, en todo el sentido de esta palabra, mi espíritu en esa maravilla natural! ¡Cuánto perdemos en nuestro “primer mundo”, en esas macrociudades dominadas por las grandezas babélicas, por ese afán de dominio, de tener, de transformarlo todo según nuestras miras materiales!

Descubrí también el reflejo de Dios en la sonrisa abierta de los niños, en la entrega de las madres, en su bondad natural y su generosidad; en el rostro del sencillo y humilde pueblo ruandés de las colinas, un pueblo que camina dolorosamente por duro desierto buscando una y otra vez la liberación de una tierra prometida, de una paz y justicia, siempre lejana…, sufriendo condiciones de vida infrahumanas, pobreza extrema, enfermedades, dolor de un genocidio, cárceles, odios interraciales…

Vi actuando el Espíritu de Dios en lo más profundo de estos hombres y mujeres; en la fortaleza con que asumen y superan tanta adversidad y luchan por abrirse camino, una y otra vez; en la sencilla y profunda fe en que apoyan su esperanza… Escuchaba el eco de los anawin, los pobres de Yahvéh, en sus expresiones serenas, sus miradas y lágrimas contenidas, en sus cantos, en sus celebraciones. ¡Qué bien reflejan el espíritu y los salmos del Pueblo de Israel… con aquel grito prolongado y profundo a Yahvéh que emerge del corazón humano de todos los tiempos!

nos une el amor, nos separa el egoísmo

Y vino a mí la triste realidad del bien y del mal, enraizado en nuestro mundo desde la primera página de su historia: del bien grabado en las entrañas del hombre, creado desde el amor y para amar, y del mal sembrado en esas mismas entrañas. El afán inmisericorde del poder, del egoísmo, la soberbia, la venganza y la destrucción a la que lleva.

Ruanda ha sido para mí una Palabra de Dios encarnada en la realidad de nuestro mundo de hoy que me grita por dentro… No, no puedo silenciarla, sino que debe resonar en nuestro mundo ante la realidad dolorosa de toda África, porque no es sólo Ruanda donde están presentes estas realidades.

Y aprendí, desde la experiencia cotidiana, algo muy sencillo y muy grande: los seres humanos, todos, somos realmente una sola familia, hermanos, y hay en nosotros un poder de comunión, de comunicación, muy por encima de toda lengua, raza y nación. Yo me sentía una con ellos. Es la comunicación, el espíritu transmitido por la mirada, el tacto, y algo más que nos transciende, que no sé explicar con mis pobres palabras.

…los mismos sentimientos de Jesús

Aprendí que para entregar esperanza, bien y amor entre los hombres, para anunciar a Jesucristo, para extender la Buena Nueva, muy poco hace falta: no son imprescindibles ni la lengua ni los medios. A mí me bastaba con una sonrisa desde el corazón, con un apretón de manos y unas pocas palabras. Eso sí, transparentando empatía con el que se cruzaba conmigo o estaba a mi lado, en las visitas a las familias, en las reuniones o celebraciones, fuera el que fuera; y manifestar con mi actitud que me consideraba una de ellos;  pero siempre creyente en Jesucristo, apoyada en Él, con humildad, amor y respeto a todos, con paz y alegría interior. Y comprendí la fuerza cristianizadora de los primeros misioneros que fueron llegando por primera vez a tantas tierras de nuestro planeta.

Fuera del trabajo y misión que llevaba de ayuda directa a mis hermanas de Congregación, ése fue el único apostolado que pude hacer, mientras caminaba por sus sendas y polvorosos caminos, o me encontraba con ellos, por unos u otros motivos. Éste y mi constante oración por el pueblo ruandés.

Creo que es un apostolado no pequeño… y está al alcance de todos, en cualquier lugar o situación. ¿Queremos hacer cambiar nuestro mundo? Pienso: he ahí unos primeros pasos… En el Reino de Dios lo poco o mucho no importa; lo único importante es que cada uno aproveche los que Dios le concede y pone en sus manos, sembrando su Palabra, transparentada y traducida en nuestra vida.

un regalo inolvidable

No pude quedarme en Ruanda, como hubieran sido mis deseos, pues África te engancha… Pero a mi regreso a España me sentía feliz. Daba gracias a Dios porque había recibido un gran regalo suyo, y también por lo poquito que pude hacer. Sí, era una sierva inútil y cargada de años, lo reconozco. Mas, confiando en el Señor, intenté hacer cuanto pude. Y esto es lo que Él, mi Señor, me pide. Lo demás depende ya de Él.

Ya sé que es un insignificante testimonio el mío, ante tantos grandes héroes misioneros como tenemos. Lo poco que tengo os lo ofrezco con cariño. Desde estas páginas mis saludos y un abrazo fraternal, en Jesús, a todos los lectores.

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