Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
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Rubén Darío 

y como creador de un universo estético que, no sin razón,

se asocia casi siempre a un sistema de referencias grecorromano:

los dioses paganos,

así como otras criaturas mitológicas como centauros, ninfas, sátiros… son para el maestro nicaragüense seres entrañables que simbolizan toda una gama de sensaciones

y actitudes ante la vida.

 

Sin embargo, se insiste mucho menos en la presencia de elementos procedentes de la tradición cristiana que, aunque tienen menor presencia cuantitativa, van cobrando una importancia creciente a partir de Cantos de vida y esperanza (1905), momento en que, pasada ya la primera juventud, el poeta y hombre empieza a interrogarse sobre el sentido de la existencia.

 De hecho, el uso de un lenguaje de referencias cristianas es casi inexistente en Azul (1888) y muy escaso en Prosas profanas (1892) y, cuando aparece, suele tener un valor meramente estético. Así lo vemos en el poema “Blasón”, donde “El olímpico cisne de nieve / con el ágata rosa del pico / lustra el ala eucarística y breve / que abre al sol como un casto abanico”. La referencia a la Eucaristía es un simple elemento sensorial que sugiere blancura, pureza… pero no tiene por qué ir asociada a un verdadero aliento religioso.

 En otros casos, estamos ante poemas que resultan ininteligibles al margen de referencias culturales cristianas. Así sucede, también dentro de Prosas profanas, en
“El poeta pregunta por Stella”:

 

Lirio divino, lirio de las Anunciaciones;

lirio, florido príncipe,

hermano perfumado de las estrellas castas,

joya de los abriles.

(…)

Lirio real y lírico

que naces con la albura de las hostias

sublimes de las cándidas perlas

y del lino sin mácula de las sobrepellices,

¿has visto acaso el vuelo del alma

de mi Stella, la hermana de Ligeia,

por quien mi canto a veces es tan triste?

 

Prosas profanas

  Al impacto sensorial del lirio se unen valores de pureza y castidad, tomados del Cristianismo. El refinado y culto lector debe recurrir a un referente artístico -la iconografía de la Anunciación, en la que suele aparecer un lirio como símbolo de la pureza virginal de María- para desentrañar el significado del poema. Pero al referente pictórico se une otro literario, que nos remite al Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz.

 En el poeta que pregunta a las flores por el alma de su amada -Stella es el nombre poético de su esposa Rafaela Contreras, fallecida en 1893- encontramos el eco de otra “amada” que también ha salido en busca de su “Amado” y pregunta por Él a las criaturas que encuentra en su camino: “¡Oh bosques y espesuras/ plantadas por la mano del amado!/ ¡Oh prado de verduras,/ de flores esmaltado/ decid si por vosotros ha pasado!”

 La religiosidad va ganando terreno, ahora sí como tema literario principal, en el bellísimo soneto “La espiga”, dedicado a la Eucaristía en un sentido abstracto o, ya en Cantos de vida y esperanza, en “Los tres reyes magos”, dedicado a la Adoración; o en “Charitas”, en el que imagina la entrada en el cielo de San Vicente de Paúl, recreándose en la pintura de Dominaciones, Tronos, Arcángeles… Renunciamos a comentar esos poemas, en los que la fe tiene otros protagonistas, para zambullirnos en aquellos en los que la cuestión religiosa atañe a Darío en primera persona. Y vemos que le atañe en algo tan directo como su propia labor poética. Citamos el poema que abre el libro:

 

Como la esponja que la sal satura

en el jugo del mar, fue el dulce y tierno

corazón mío, henchido de amargura

por el mundo, la carne y el infierno.

 

Mas por gracia de Dios, en mi conciencia,

el Bien supo elegir la mejor parte;

y si hubo áspera hiel en mi conciencia

melificó toda acritud el Arte.

 

Mi intelecto libré de pensar bajo,

bañó el agua castalia el alma mía

peregrinó mi corazón y trajo

de la sagrada selva la armonía.

 

Cantos de vida y esperanza

 El arte se presenta como fruto de una “gracia de Dios”, que ilumina al poeta para elegir “la mejor parte”. Esta misma actividad artística le procura, al mismo tiempo, una salvación personal, al liberarle de la “amargura” que le ocasionan “el mundo, la carne y el infierno”, precisamente los tres enemigos del alma en la doctrina cristiana. Esta liberación, previa al arte, le aparta de “pensar bajo” y le abre el camino a la “armonía”.

 Esta curiosa alianza entre Dios y la poesía encuentra su más hermosa expresión en el poema cuyo comienzo nos sirve de título:

 

¡Torres de Dios!¡Poetas!

¡Pararrayos celestes,

que resistís las duras tempestades,

como crestas escuetas,

como picos agrestes,

rompeolas de las eternidades.

(…)

 

Cantos de vida y esperanza

 Ahora el artista tiene una doble proyección. Por una parte, hacia arriba, como “pararrayos” o “torres”, elementos que implican verticalidad, y que definen a los poetas como seres que gozan de una conexión especial con lo divino. Por otra, esas “crestas”, “picos”, “rompeolas”…sufren el continuo ataque del mal, manifestado en las “tempestades” y, más abajo, en la “pérfida sirena” que encontrará la muerte en la “roca de armonía, o en el horrible caníbal de afilados dientes. El “bestial elemento”, identificable con los peores instintos del hombre, se opone y encuentra freno en la “sacra poesía”.

De esta forma, lo que antes se reducía a una salvación personal, se extiende ahora a una presencia en el mundo. El poeta es una “torre de Dios”; pero su base está en la tierra, donde debe resistir los embates del mal.

 Con “Torres de Dios” se introduce un tema  que cobra gran importancia en este libro: la misión del poeta en la realidad que lo envuelve, y con la que se siente comprometido a ser un referente de pura belleza pero también de esperanza. Este es precisamente el tema de “Salutación del optimista”:

 Los “dones pretéritos” que constituyeron “antaño” el triunfo de España parecen identificarse con los dones del Espíritu Santo. En otras palabras: para salir del marasmo, la Hispanidad debe regresar a su identidad cristiana. La misma idea queda reforzada en la “Oda a Roosevelt”, que forma junto a la “Salutación” un díptico inseparable:

Eres los Estados Unidos,

eres el futuro invasor

de la América ingenua que aún tiene

sangre indígena,

que aún reza a Jesucristo

y aún habla en español.

 

Cantos de vida y esperanza

 De esta forma, el Cristianismo sobrepasa de nuevo la vivencia personal del poeta y se convierte en un rasgo que define a la comunidad, y que constituye su identidad colectiva. Es también su esperanza de futuro, el motor que puede sacar a Hispanoamérica -y a la propia España- de la postración que sufre

 Llegamos así, finalmente, a aquellos poemas en los que lo religioso va unido a la cuestión existencial, al terrible miedo a morir que tan a menudo atenaza a Rubén Darío. El más conocido es sin duda “Lo fatal”, ejemplo de aquellos momentos en los que el poeta no encuentra respuesta y queda solo ante el vacío. Pero existe otro grupo de poemas, tal vez menos conocido, en los que ese terror viene paliado por una esperanza cristiana, aunque sea frágil y vacilante. Es el caso de “Spes”:

Jesús, incomparable perdonador de injurias,

óyeme; Sembrador de trigo,
dame el tierno pan de tus hostias;
dame contra el sañudo infierno

una gracia lustral1 de iras y lujurias.

 Dime que este espantoso horror de la agonía que me obsede,
es no más de mi culpa nefanda

y que al morir hallaré la luz de un nuevo día y que entonces oiré mi

“¡Levántate y anda!”

 

Cantos de vida y esperanza

 En definitiva, hemos ejemplificado cómo la presencia de lo cristiano en esta poética, lejos de ser marginal o anecdótica, ocupa un lugar importante. Convive con  toda una tradición grecolatina y paganizante, en la que el poeta encuentra una fuente inagotable de valores estéticos y sensoriales con los que construir su lenguaje literario. También la tradición cristiana cumple este papel, aunque en menor medida. A cambio, aparece como esencia de la labor poética (“¡Torres de Dios!”), de la identidad colectiva hispanoamericana (“Oda a Roosevelt”) y, por supuesto, de la esperanza ante la muerte (“Spes”). La perfecta simbiosis entre la herencia grecolatina y el Cristianismo -los dos pilares de nuestra cultura- se plasma bellamente en el vuelo de esa mariposa -el alma del poeta- que reparte su vuelo entre las dos tradiciones en “Divina Psiquis”:

 

Entre la cátedra

y las paganas ruinas

repartes tus dos alas de cristal

tus dos alas divinas.

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