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Salmo 119,65-72 – Mi delicia es tu voluntad 

Mi delicia es tu voluntad

Has dado bienes a tu siervo,
Señor, con tus palabras;
enséñame a gustar y comprender,
porque me fío de tus mandatos;
antes de sufrir yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa.

Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus leyes;
los insolentes urden engaños contra mí,
pero yo custodio tus leyes;
tienen el corazón espeso como grasa,
Pero mi delicia es tu voluntad.

Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus mandamientos;
más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

Ciertamente el Señor ha dado bienes a su siervo, al humilde, al abatido, al que se acoge a Él, en definitiva al que le obedece. Y ha dado bienes con sus palabras, sus leyes, sus mandatos; pero fundamentalmente la Palabra verdadera con la que se ha revelado, con la que nos ha hablado en la plenitud de los tiempos, es la Palabra hecha carne, su Hijo Jesucristo.

“Enséñame Señor a gustar y comprender”. Pero ¿cómo puedo aprender? ¿Cómo puedo conocer lo que agrada al Señor, su ley, sus mandatos? Todo hombre tiene grabado en lo profundo de su ser, un anhelo, un deseo de felicidad. Toda la vida del hombre no es más que eso, un buscar lo auténtico, lo verdadero, lo que no perece; pero el hombre inexorablemente se encuentra con algo que lo limita, lo descoloca y le hace dudar de Dios y su existencia: el sufrimiento.

Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados

¿Por qué existe el sufrimiento? ¿Para qué? ¿Cómo Dios siendo bueno lo permite? ¿Por qué no puedo escapar de él? El sufrimiento, la humillación, la finitud… El hombre busca el verdadero sentido de la vida: ¿Quién soy? ¿Para qué vivo? ¿Qué sentido tiene mi vida? Y muchas veces no encuentra respuestas frente a esa realidad de la que no se puede separar.

Pero, gracias a Dios, existe una respuesta, y la respuesta es Jesucristo. Él da sentido a esta situación que atenaza al hombre, le da sentido y, ofreciéndose a sí mismo, salva al hombre de la muerte verdadera: el pecado.

“Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara a muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación” (Heb 2,10). Convenía, pues, que Cristo fuese perfeccionado, mediante la cruz, el desprecio, la persecución, para que la humanidad inmersa en las tinieblas del pecado, fuese liberada de la esclavitud y la frustración para llevarla a la salvación.

“Él, aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Y llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb 5,8). Cristo tuvo su aprendizaje, su escuela, su pedagogía en el sufrimiento. Sus sufrimientos lo llevaron a obedecer al Padre. Él da sentido a nuestros sufrimientos y angustias, pues ellos, como a Él y con Él, nos llevan en nuestra Cruz a obedecer al Padre.

El salmista ha aprendido también esto en su experiencia y, por ello, proclama: “Antes de sufrir yo andaba extraviado”, vivía perdido, buscando la vida donde no está, alienándome en el mundo, viviendo la vida absurda que esta sociedad nos ofrece. “Pero ahora me ajusto a tu promesa”. Ahora obedezco, soy tu siervo, mi corazón ya no busca grandes cosas, mi vida está en tus manos, porque me salvaste del abismo profundo. A ti grité, Señor, y tú me sanaste.

donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

La enfermedad, la humillación, las tribulaciones, las persecuciones, la vejez, en definitiva la muerte, son situaciones que nos ayudan a acercarnos a Dios Padre, a no descarriarnos, a no vivir en la mentira, tomando en peso la realidad del hombre, la finitud de la vida del hombre en la tierra.

Por eso, “me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos”. ¿Cómo aprender lo que a Dios le agrada, sus mandatos, si no tengo una profunda experiencia del Amor paternal de Dios? El sufrimiento, la Cruz, vivida en Cristo garantiza que la muerte ha sido vencida, que hemos resucitado con Cristo a una vida nueva, la vida eterna.

“Tú eres bueno y haces el bien”. En la adversidad no estamos solos, Cristo camina con nosotros. Él ya ha recorrido ese camino, hay esperanza. No importa que los insolentes nos persigan: si la vida eterna está incoada en nuestro interior, la vida no se agota. Los arrogantes caerán porque el Amor de Dios desbarata los planes de los malvados.

Todo cobra sentido en Cristo y, en Él, el hombre alcanza su plenitud, la felicidad que anhela. El sufrimiento, unido a Él, cumple una misión redentora, purificadora. Ya no es una losa que aplasta y destruye al hombre hasta aniquilarlo, porque en Cristo la vida no se apaga, el hombre ya no muere porque en su interior hay un manantial de vida que nos transporta a la eternidad.

Por ello, un hombre puede entregar su vida, donarla en medio de un cáncer, una enfermedad terminal, una situación límite, porque es el mismo Cristo quien lo hace, quien se encarna en el pobre, en el siervo, para salvarlo entregando sus sufrimientos como una oblación que salva, ofreciéndose como el mismo Cristo se ofreció por los hombres.

sea mi corazón fiel a tus normas

Si esta experiencia está grabada en nuestro ser, podemos decir que “mi delicia es tu voluntad”. Nada hay más dulce de gustar que el amor de Dios encarnado en Cristo, que —como dirá San Pablo— “me amó hasta entregarse por mí”. Despojado de su rango, viviendo como uno de tantos, siendo Hijo se hizo así mismo siervo para que nosotros podamos tener la dignidad de hijos. ¡Cuántos bienes has dado, Señor, a tus siervos!

“La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 18,8-9) Los preceptos del Señor son mi alegría; no son imposiciones, sino el camino que nos lleva a la verdadera libertad, al camino de la Vida. Por eso el salmista proclama: “Los estimo más que miles de monedas de oro y plata”, porque la esencia de la Palabra del Señor y sus preceptos es el Amor que todo perdona, de tal manera que “dar por este Amor todos los bienes de mi casa sería despreciarlo”.

Nuestra vida unida con Cristo en Dios, obtiene su razón de ser, aquello para lo que ha sido creada, y por ello os invito a unirnos al salmista y proclamar: “Tú eres bueno, Señor, y haces el bien, instrúyeme en tus leyes”.

Luis Martínez Mora

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