Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 28, 2020
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Salmo 16 – “Tú eres mi bien” 

A media voz. De David.

Guárdame, oh Dios, que en ti me refugio.
Digo a Yahvé: «Tú eres mi Señor,
mi bien, nada hay fuera de ti»;
Pero ellos dicen a los santos de la tierra:
«¡Magníficos, todo mi gozo en ellos!».

Sus ídolos abundan, tras ellos van corriendo.
Pero no les haré libaciones de sangre,
ni mis labios pronunciarán sus nombres.

Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
tú aseguras mi suerte:
me ha tocado un lote precioso,
me encanta mi heredad.

Bendigo a Yahvé que me aconseja;
aun de noche me instruye la conciencia;
tengo siempre presente a Yahvé;
con él a mi derecha no vacilo.
Por eso se me alegra el corazón,
sienten regocijo mis entrañas,
todo mi cuerpo descansa tranquilo;
pues no me abandonarás al Seol,
no dejarás a tu amigo ver la fosa.
Me enseñarás el caminó de la vida,
me hartarás de gozo en tu presencia
de dicha perpetua a tu derecha.

El Señor, con este salmo, nos invita a asociarnos a David para proclamar la razón de nuestra fe. La fe no es un sentimiento, no es algo abstracto que se explica con tratados filosóficos, no es la adhesión a una serie de ideas. La fe es la experiencia personal de cada uno de nosotros al recorrer ese camino que el Señor nos descubre cada día hacia la Vida.
El Mentiroso de los mentirosos ha ofrecido al hombre de esta generación, como en los tiempos de Adán y de Eva, la falsa independencia; le ha hecho ver la capacidad que tiene el dinero, el poder, el sexo, la fama, etc. para protegerle de la soledad de la muerte y justificarle su existencia, así como para acallar todas sus ansias. En definitiva, le ha ofrecido aquel plato de lentejas que Esaú vio apetitoso a sus ojos, en aquel momento de necesidad, a cambio de lo más valioso que tenía en su vida: la primogenitura.
Aquel que ha elegido este camino vive en la penumbra. No ve, experimenta en su carne una muerte diaria: depresión, tristeza, remordimiento, dependencia, etcétera. Por el contrario el salmista reconoce el poder del Señor y comienza solicitándole que sea su refugio, porque sabe que nunca le va a fallar, pues ha experimentado el poder de sus brazos en la caída. Esta petición es lo que le recomendaba Jesús a Nicodemo: “Tienes que nacer de nuevo” (Jn 3, 3). Es decir, hacernos como un niño que solo busca el refugio en su Padre.
es a ti a quien yo amo
Seguimos deleitándonos con David al proclamar: “Tú eres mi Señor”. ¡Qué escándalo! ¡Depender de alguien que te somete! Hoy que la sociedad ha conseguido la independencia para las mujeres, los adolescentes, los homosexuales… , que creen que vivir una hipotética independencia, que son libres y no sirven a nadie. ¡Qué necedad! ¡Como si no hubieran tenido que sacrificar familia, ideales, amigos, paz, entre otras muchas cosas por esta conquista de falsa libertad!
El hombre de hoy, que se cree totalmente adulto y libre, ha vuelto a recrear los dioses del pasado y hace sacrificios para conseguir el éxito. Pero yo sé que cuando Dios vive dentro de mí estoy bien; me gusta mi cuerpo, mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis vecinos… Todo está bien hecho. Por eso, como David, prefiero tener a este Señor que es mi bien. Pues nada hay fuera de Él; o mejor dicho, lo que hay fuera de Él es oscuridad, temor, insatisfacción, tristeza, depresión. Sin Dios no hay esperanza, y sin esperanza el hombre no es nada. Y como no es nada y necesita ser, se fabrica estos ídolos con pies de barro: artistas, políticos, escritores, creadores de ideas, de moda, de humo. Ellos indican la forma de vestir, de pensar, de hablar, en definitiva, de vivir. Y corren tras ellos con tal de recibir un aplauso, una palmadita, una limosna que necesita este pobre hombre sin esperanza ni identidad.
Espero que, como a David, el Señor me libre de caer en esa esclavitud. De allí vengo y no quiero volver. De allí me sacó el Señor al descender a mis infiernos y no quiero regresar.
Bien es verdad que para acceder a esta herencia he tenido que despreciar un buen puesto dentro de mi trabajo, comodidades que el mundo me ofrecía, placeres efímeros, la felicidad virtual. Pero al igual que David, confieso sin tapujos que tengo suficiente con el Señor, ¡que estoy feliz con mi heredad!. cuando el Señor vive dentro de mí experimento la vida plena como una fuente inagotable que salta hasta el infinito, que me sacia, que me llena, que satisface todas mis ansias.
Se acabaron aquellos sueños de grandeza, aquellas búsquedas de la suerte en juegos y adivinos, porque el Señor ha asegurado mi suerte. ¡Me ha tocado el premio gordo! Ha cancelado la cuenta con todas las deudas pendientes, generadas por mis pecados; ha roto las cadenas que me hacían vivir arrastrándome.
la alegría de ser verdadero
Bendigo al Señor que me aconseja, me sugiere, me propone… siempre respetando mi libertad. Qué mejor consejo que el que proviene de la Sabiduría que ha creado todo. Hasta de noche nos enseña, como a aquellos discípulos de Emaús, tristes ante los acontecimientos que no entendían, y que el Señor les acompaña e ilumina su noche con su palabra; les regala una sabiduría que muchos sabios y poderosos hubiesen querido poseer.
Experimentan la palabra de Pablo, cuando dice: “Pues el mismo Dios que dijo: “De las tinieblas brille la luz” ha hecho brillar la luz en nuestros corazones”, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Cor 4, 6). Porque el Señor ha hecho brillar la luz en medio de nuestra noche, de nuestra ceguera; ha luminado nuestra conciencia y el fondo de nuestro corazón para irradiar su sabiduría a toda la creación; para dar a conocer el secreto de su amor manifestado en el más bello de todos los hombres: Cristo.
Dice el salmista que tiene siempre presente al Señor. ¡Qué gran invitación para proclamar por la mañana su misericordia y de noche su fidelidad! Esto es lo que me ha enseñado la Iglesia en mi caminar. Esto es lo que significa ser cristiano. Esta es la sabiduría del pueblo de Israel:”Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6, 4-5). Porque sé que haciendo esto no vacilaré, no viviré en la mediocridad, ni mis obras serán fruto de la tibieza.

Bien es verdad que podemos sentir alegría por muchos motivos; pero solo la experiencia profunda de conocer el amor del Padre, hecho patente en ese Cristo de carne, condenado y ejecutado por mis pecados para mi rescate, es lo que me ha hecho experimentar una alegría diferente y que permanece dentro de mí hasta en los momentos más difíciles de mi vida. Por eso, cuando la Iglesia me anuncia a este Cristo, cuando lo levanta en el sacramento de la Eucaristía, cuando me lo presenta misericordioso en el sacramento de la Reconciliación siento, como Isabel en su encuentro con María, que ese hombre nuevo que intenta crecer dentro de mí se alegra, se regocija al escuchar la voz del amado, de aquel que me quiere tal y como soy.

Por eso, cuando permito que Dios sea el Señor de mi vida vivo tranquilo, no busco la seguridad en el dinero, en el trabajo, en los afectos… sino que pienso que nada puede separarme de este amor de Dios, como expresa San Pablo en la carta a los Romanos: “Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?” (Rm 8, 31-32).

vivir en clave de inmortalidad

Es absurdo entrar en el lenguaje del acusador cuando pretende convencer de que Dios no me quiere mostrándome la cruz. Si el Padre ha enviado a su Hijo a la muerte para que yo no perezca, ¿cómo va a abandonar mi alma en el sepulcro? Si Cristo ha resucitado, y así lo he experimentado, sé que no voy a conocer la corrupción. “Es doctrina segura: Si morimos con él, también viviremos con él” (2 Tm 2,11) , dice también San Pablo a sus discípulos de Roma. Porque el Señor a nosotros no nos llama siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a nosotros nos llama amigos, porque nos ha dado a conocer el amor del Padre a través de su persona; nos ha comunicado la sentencia que ha dictado el Todopoderoso sobre la condena que pesaba sobre nosotros; nos ha dicho, como a su amigo Lázaro: ¡Sal fuera!

El Señor nos ha dado gratuitamente a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. ¡Sigámosle! Él ha cumplido este Salmo 16. En Él y con Él caminaremos con seguridad hacia la meta deseada; será la luz que nos libre de las mentiras que el enemigo intente sembrar en nuestra historia; experimentaremos esa vida inagotable que, a pesar de ser entregada, sigue saltando hacia la vida eterna.

Qué difícil es enseñar a ese hombre viejo que habita en nosotros; todo lo sabe, nadie hay más listo que él… Que Dios me libre de la soberbia para poder entrar en este Salmo y poder reconocer cada día el camino hacia la casa de mi Padre. Que me conceda el espíritu de María, que guardó todo en su corazón y así recibió la instrucción del Todopoderoso, y así adquirió esa alegría perpetua que manifestó a su prima Isabel cuando dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).

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