Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, agosto 23, 2019
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Salmo 17 

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios: desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos. Entonces tembló y retembló la tierra, vacilaron los cimientos de los montes, sacudidos por su cólera; de su nariz se alzaba una humareda, de su boca un fuego voraz, y lanzaba carbones ardiendo. Inclinó el cielo y bajó con nubarrones debajo de sus pies; volaba a caballo de un querubín cerniéndose sobre las alas del viento, envuelto en un manto de oscuridad; como un toldo, lo rodeaban oscuro aguacero y nubes espesas; al fulgor de su presencia, las nubes se deshicieron en granizo y centellas; y el Señor tronaba desde el cielo, el Altísimo hacía oír su voz: disparando sus saetas, los dispersaba, y sus continuos relámpagos los enloquecían. El fondo del mar apareció, y se vieron los cimientos del orbe, cuando tú, Señor, lanzaste un bramido, con tu nariz resoplando de cólera. Desde el cielo alargó la mano y me agarró, me sacó de las aguas caudalosas, me libró de un enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo. Escritos varios siglos antes de Jesucristo, los salmos hablan de Él y de su obra, y por más que los profetas anunciaran una y otra vez al Mesías y predicaran la conversión, los ojos y los oídos de Israel permanecían cerrados; su religión se limitaba a la estricta observancia de preceptos y normas, que no servían para cambiar el corazón del hombre: “… os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne ..” (Ez 36, 26). Tuvo que ser Dios mismo el que “inclinó los cielos y bajó” para mostrar al hombre qué lejos estaba del cielo y qué equivocada era su religión: “…_Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente_. Este el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: _Amarás a tu prójimo como a ti mismo_. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40). También nos recuerda el apóstol: “Si alguno dice: _Amo a Dios_, y aborrece al hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20). No es, pues, extraño que la aparición de Jesucristo provocara fuertes controversias entre los cumplidores de la ley, a veces con palabras muy fuertes para ponerles en la verdad: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y olvidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! …. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!” (Mt 23, 23s). La anterior reflexión viene a cuento de que este salmo en concreto me ha servido muchas veces para revisar mi vida y hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí. Tengo 55 años y, como tantas personas de mi edad, recibí de mis padres una educación cristiana de la cual, llegado a la adolescencia, renegué porque no quería someterme a nadie; me parecía que aquello era limitar mi vida, mi personalidad, mis proyectos, y que, en definitiva, haría de mi una persona tarada e infeliz. Me veía capaz de llevar adelante un proyecto de vida basado en mis ideales, en mi honestidad y mis buenas intenciones y también, por supuesto, me veía capaz de solucionar todos los problemas que se fueran presentando; Dios no tenía cabida en mi vida. El paso del tiempo se encargó de demostrarme lo equivocado que estaba. Pasada la etapa universitaria, empecé a trabajar; poco después me casé y al año tuvimos nuestro primer hijo y, al poco tiempo Begoña, mi mujer, estaba embarazada del segundo. Toda mi vida estaba volcada en conseguir el éxito en el trabajo y en hacer feliz a mi familia pero, a pesar de que las cosas iban aparentemente bien, yo me encontraba vacío, sentía que la vida no podía ser aquello, tenía que haber otra cosa que saciara esa continua insatisfacción que me acompañaba. Nada funcionaba como yo había previsto; no sólo no era feliz yo, sino que, y eso era lo que más me atormentaba, hacía infeliz a mi mujer y a los que me rodeaban, me veía completamente incapaz de quererla cuando ella no era como yo esperaba; lo intentaba una y otra vez y acababa mordiendo el polvo y sumido en la impotencia; queriendo hacer el bien se me presentaba el mal todos los días (Rm 7, 21). Apenas dos años después de casarme, mi vida no tenía sentido, mi matrimonio estaba al borde de la ruptura y yo me encontraba envuelto en las redes del abismo, alcanzado por los lazos de la muerte y sin saber qué hacer. ¿Qué hizo Dios?: Él escuchó mi voz desde su templo, una voz que le clamaba aunque ni yo mismo me daba cuenta; los cimientos del orbe –éxito, dinero, fama, etc.– habían aparecido ante mí y no encontraba en ellos la paz ni la felicidad que estaba buscando; ni siquiera buscaba a Dios, fue Él quien me buscó a mí. Tratando de quemar el último cartucho, sin estar muy convencido, pensé que no perdía nada intentando volver a la Iglesia. Lo que allí sucedió desde el primer día fue algo vertiginoso: escuchando a un catequista hablar de la muerte y resurrección de Jesucristo como una obra de Dios para mí, lo primero que sucedió es que el fondo del mar apareció; efectivamente, ante mis ojos apareció toda mi vida, mis alegrías, mis tristezas, mis anhelos y, sobre todo, mis pecados, que tanta amargura habían engendrado y yo siempre me había negado a reconocer. Pero, por encima de las demás cosas, resonó en mí una palabra: el perdón; yo era incapaz de perdonar y jamás había pedido perdón a nadie y Dios quiso sellar esta palabra en mi corazón. No tengo palabras para expresar la paz que experimenté, me sentí como el hijo pródigo al que su padre salía a esperar todos los días (Lc 15, 20) y comprendí que Dios no llevaba cuenta de mis pecados (Sal 129, 3) y que toda mi vida me había estado esperando para librarme de una carga que me agobiaba. A partir de ahí, todo ha sido una sucesión de gracias de Dios; al poco tiempo de esto nació nuestro segundo hijo, y vino con problemas: era enano, tenía el cuerpo contrahecho y graves problemas respiratorios al principio que lo tuvieron al borde de la muerte en varias ocasiones. Recuerdo noches enteras en vela con mi hijo medio muerto en mis brazos y sintiendo profundamente el amor y el consuelo de Dios: llegó un momento en que ya no contemplaba a mi hijo enfermo, sino a Cristo crucificado mostrándome el amor del Padre; recuerdo también cómo la Iglesia nos sostuvo, una Iglesia viva en la que podía ver a Jesucristo encarnado en los hermanos y podía sentir realmente que Dios extendía su mano para sacarme de las aguas caudalosas, nunca podré agradecerle bastante el regalo que nos hizo con este hijo; lejos de arruinarnos la vida nos abrió una posibilidad nueva: vivir en la voluntad de Dios. Después de nuestro segundo hijo han venido otros cinco y en cada uno de ellos se ha podido reproducir el problema del segundo. Cada embarazo de mi mujer ha sido un parto de nueve meses, no sólo por la incertidumbre de lo que podría pasar, sino por el combate que hemos tenido que sostener con los médicos, la familia, amigos, etc.; aquí descubrimos a Jesucristo como el autor y el dueño de la vida que nos ha llevado de la mano, y apoyados en Él no hemos tropezado; verdaderamente me libró de un enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo. Empecé a comprender que valía la pena someterse a uno que me había amado hasta el punto de morir por mí y mi vida comenzó a cambiar. En medio de mi debilidad y mis miedos Él ha sido tantas veces mi refugio y mi fortaleza, Él me ha amado cuando yo sentía asco de mí mismo y ha traído paz a mi corazón; me da la capacidad de poder amar a los demás de la misma manera y, aunque yo lo rechazo tantas veces, no me lo echa en cara. En Jesucristo la vida tiene sentido, Él es la plenitud que había estado buscando. Hoy día sólo puedo unirme al salmista para decir: “Una cosa he pedido al Señor, una cosa estoy buscando: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 26, 4).

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