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San Juan de Ávila 

El 4 de abril de 1894, el papa León XIII beatificó a Juan de Ávila; el 2 de julio de 1946 Pío XII lo declaró Patrono del clero secular español y Pablo VI lo canonizó en 1970.

San Juan de Ávila nace el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana. Sus padres, Alfonso de Ávila (de ascendencia israelita) y Catalina Jijón, poseían unas minas de plata en Sierra Morena.

 

En una fiesta de toros y cañas, cuando contaba dieciocho años de edad y se encontraba estudiando leyes en Salamanca, siente una llamada especial de Dios a dejarlo todo y entregarse a Él. Regresa con sus padres y se retira en su propia casa dedicándose a la oración y la penitencia.

Dos años después, animado por un fraile franciscano, llega a la reciente Universidad de Alcalá de Henares con la intención de prepararse a trabajar por las almas. Allí estuvo en contacto con las grandes corrientes de reforma del momento. Conoció el erasmismo, las diversas escuelas teológicas y filosóficas y la preocupación por el conocimiento de las Sagradas Escrituras y los Padres de la Iglesia. Estudia Artes (filosofía) y Teología desde 1520 a 1526, año en que interrumpe sus estudios sin graduarse, pues siente que Dios le lleva por otro camino: ordenarse sacerdote para irse a evangelizar a las Indias.

Viaja a su pueblo para celebrar su primera Misa con el deseo de venerar la memoria de sus padres ya muertos, da una comida a doce pobres, reparte su hacienda entre los necesitados del pueblo y parte hacia Sevilla con el ánimo de embarcarse hacia América. Pero el arzobispo de Sevilla le manda quedarse y predicar, catequizar a los niños, ayudar a sacerdotes desorientados… Predica por muchas poblaciones andaluzas, sobre todo en Écija. Es un gran predicador, de gran humildad y sencillez y le siguen muchos fieles, lo que le granjea envidias y enemistades que le llevan a ser denunciado ante la Inquisición Sevillana.

Desde 1531 hasta 1533 Juan de Ávila estuvo procesado por la Inquisición. Fue encarcelado desde el otoño de 1532 hasta julio de 1533, siendo por fin absuelto, pero obligado a explicar el sentido de “algunas proposiciones que no parecieron bien sonantes” allá donde las hubo predicado. Esto fue una tremenda humillación para él, pero estos años de dura prueba hicieron madurar su alma y constituirán el fundamento de su espiritualidad y de su vida: una iluminación sobre el misterio de Jesucristo.

 

Marcha de Sevilla para Córdoba, donde se incardinó como sacerdote, pero continúa desplazándose de acá para allá, organizando predicaciones por Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha. Siempre quiso estar disponible a lo que pareciese voluntad de Dios. Se le unen muchos sacerdotes y discípulos  contagiados por el entusiasmo de su labor apostólica. Su predicación iba siempre seguida de largas horas de confesionario y de largas explicaciones del catecismo a los niños, y precedida de una intensa oración, ya que “su principal librería” eran el crucifijo y el Santísimo Sacramento. Cuando le preguntaban qué había que hacer para predicar bien, respondía: “amar mucho a Dios”.

 

Contribuye a la reforma eclesial de manera efectiva, fundando colegios clericales para futuros sacerdotes y colegios para jóvenes. Su obra máxima fue el Colegio y Universidad de Baeza (Jaén), universidad original con cátedra de Artes y Teología, que se convirtió en foco de espiritualidad para toda Andalucía.

Juan de Ávila, gastado en un ministerio duro, sintió fuertes molestias que le obligaron a residir definitivamente en Montilla desde 1554 hasta su muerte. Su vida iba transcurriendo en la oración, la penitencia, la predicación, las charlas a sacerdotes o novicios jesuitas, la confesión y la dirección espiritual… El retiro en Montilla le dio la posibilidad de escribir con calma y se puede decir que Juan de Ávila inicia con sus escritos la mística española del Siglo de Oro.

 

A Juan de Ávila se le puede llamar maestro de la santidad sacerdotal. Insiste en la dignidad del estado eclesiástico entendida como un servicio a la Iglesia y a todos los hombres. Todos sus discípulos tienen un denominador común: predicar el misterio de Cristo, enderezar las costumbres, renovar la vida sacerdotal según los decretos conciliares, no buscar dignidades ni puestos elevados, vida intensa de oración y penitencia, paciencia en las contradicciones y persecuciones, sentido de Iglesia, enseñar la doctrina cristiana, dirección espiritual, etc.

 

En sus discípulos dejó impresa la ilusión por la vocación sacerdotal, el amor al sacerdocio con los matices de la vida eucarística, litúrgica y de oración personal profunda, devoción al Espíritu Santo, a la Pasión del Señor, a la Virgen María, la entrega total al servicio desinteresado de la Iglesia en la expansión del Reino y la predicación de la Palabra de Dios. Pero lo que consideraba esencial en todo aquel que quería ser buen sacerdote era la vida de oración y en la caridad. Tenía un amor entrañable a la humanidad de Cristo: “el Verbo encarnado fue el libro y juntamente maestro”. Su amor al prójimo fue la expresión del ministerio sacerdotal. Toda la obra de Juan de Ávila mira hacia la caridad cristiana. De ahí la preocupación por la educación cristiana y humana integral, por los problemas sociales, por la reforma del estado seglar (como él decía), por la reforma del clero..

 

Tuvo una relación frecuente con seis santos de su época: San Ignacio de Loyola, San Juan de Ribera, San Juan de Dios, San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara y Fray Luis de Granada.

 

Fray Luis de Granada fue discípulo y amigo del Maestro Juan de Ávila desde 1535. Pronto quedó prendado de su espiritualidad; de su amabilidad y modestia en el trato personal; de su don de palabra y de su fortaleza. Su personalidad ejercía un poder de atracción extraordinario. Escribió su primera biografía en 1588.

 

A Granada acudió Juan de Ávila, llamado por el arzobispo D. Gaspar de Ávalos, el año 1536. Un día, mientras pronunciaba un gran sermón en la ermita de San Sebastián, de pronto se oyó en el templo un grito fortísimo. Era Juan Ciudad, que había sido antes militar y comerciante y que ahora se convertía en San Juan de Dios y empezaba una vida de santidad admirable. En adelante San Juan de Dios tendrá siempre como consejero al Padre Juan de Ávila, a quien atribuirá su conversión.

 

El 10 de mayo de 1569 Juan de Ávila muere en Montilla (Córdoba) sin haber hecho testamento, pues “no tenía nada que testar”. Santa Teresa, al enterarse de su muerte se puso a llorar y, preguntándole la causa, dijo: “Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna”.

 

El “Audi, Filia” (Escucha, hija)

El libro “Audi, Filia” es la obra principal del Maestro Ávila y uno de los libros más importantes de la historia de la espiritualidad cristiana. Iniciado en la cárcel de Sevilla para Doña Sancha Carrillo, fue en realidad el libro de toda su vida. La estructura que sigue el texto es la de los versículos 11 y 12 del Salmo 44: “Oye hija y ve, e inclina tu oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y codiciará el Rey tu hermosura”.

 

El capítulo 24 de este libro abre el corazón a la misericordia infinita del Padre, insistiendo en la necesidad de caminar confortados con la esperanza y alegres en el servicio de Dios:

 

“…Y cuando caigas en alguna culpa, que no te desanimes con la desconfianza, sino que procures el remedio y esperes el perdón. Y si cayeses muchas veces, procures muchas levantarte. Porque ninguna razón sufre que tú te canses de recibir el perdón, pues Dios no se cansa de dártelo. Que quien mandó que perdonásemos a nuestro prójimo no sólo siete veces al día, sino setenta veces siete (cf Mt 12,22), que quiere decir, que perdonemos sin tasa, mucho mejor dará el Señor su perdón cuantas veces se le pida; pues su bondad es mayor, y está puesta como ejemplo, para que la sigamos nosotros…Y si la integridad de vida y el remedio que deseas no llega tan pronto como querrías, no pienses por eso que nunca te llegará…”

 

Juan de Ávila no se cansa de anunciar el amor de Dios a los hombres, siendo pecadores, manifestado en Cristo Jesús. El capítulo 69 mueve a contemplar la Pasión de Cristo como la mayor prueba de amor de Dios a cada uno de nosotros.

 

“Cristo es hombre nuevo, porque está sin pecado, y porque es Dios y hombre. Y se desposa con nosotros, feos, pobres y llenos de males; no para dejarnos en ellos, sino para matar nuestros males, y darnos sus bienes. Por esto convenía, según la disposición divina, que pagase Él por nosotros, tomando nuestro lugar y semejanza, para que con aquella semejanza de deudor, sin serlo, y con aquel duro castigo, sin haber hecho por qué, quitase nuestra fealdad, y nos diese su hermosura y sus riquezas”…”Este es el espejo en el que te has de mirar, y muchas veces al día, para hermosear lo que veas feo en tu alma. Y esta es la señal puesta en alto, para que, de cualquier víbora que seas mordida mires aquí (cf Num 21, 8) y recibas la salvación en sus llagas. Y en cualquier bien que te venga, mires aquí y te sea conservado, dando gracias a este Señor, por cuyos trabajos nos vienen todos los bienes”.

 

 

 

 

Relativismo

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