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San Longinos 

San Longinos

por Carlos Ortega Fresneda
LA ACTUAL BASÍLICA DE SAN PEDRO
EN EL VATICANO ES UNO DE LOS
LUGARES MÁS VISITADOS EN EL
MUNDO. TENIENDO EN CUENTA QUE
SU CONSTRUCCIÓN SE PROLONGÓ
DURANTE 176 AÑOS (1450-1626),
EN CUYO TIEMPO SE SUCEDIERON
20 PAPAS, CONSTITUYE UNO DE LOS
EJEMPLOS ARQUITECTÓNICOS
DONDE MÁS SE PERCIBEN
LOS DIFERENTES ESTILOS ARTÍSTICOS.
ASÍ, LO QUE COMENZÓ SIENDO UNA
EDIFICACIÓN DEL RENACIMIENTO
ACABÓ COMO UNA DE LAS
PRINCIPALES Y MÁS ESPECTACULARES
MUESTRAS DEL BARROCO, CAPAZ DE
AUNAR TODOS LOS ELEMENTOS QUE
SE HABÍAN CONSTRUIDO
CON ANTERIORIDAD

EL VERDUGO DE JESÚS
QUE LLEGÓ A SER SANTO

Durante el papado de Urbano VIII (1623-1644), período en el que finalmente
se consagra la basílica, se acometieron las renovaciones estéticas más destacadas
de toda su construcción. Gianlorenzo Bernini, un arquitecto, pintor y
escultor napolitano es elegido por el nuevo Papa para la elaboración de un
programa artístico que realce la belleza de las estancias vaticanas. A él pertenecen
el diseño de la gran plaza que precede a la Basílica y su famosa columnata,
como también el majestuoso baldaquín que preside su interior. Son
suyas también otras tantas obras arquitectónicas y escultóricas que imprimen
en San Pedro ese carácter barroco tan destacado.
Dentro del programa artístico ideado por Bernini se incluyó el embellecimiento
de la zona del crucero. Uno de los elementos más emblemáticos del
interior del templo es sin duda el Baldaquino. En el centro de la nave y bajo la
gran cúpula de Miguel Ángel construyó el artista este broncíneo baldaquín,
rodeándolo con cuatro grandes estatuas-relicario situadas entre los fuertes
pilares que sostienen la cubierta. Las cuatro figuras marmóreas que allí proyectó
son la de Santa Elena, Santa Verónica, San Andrés y San Longinos.
Aunque fue ésta última la única imagen de las cuatro realizadas por el artista.
La estatua de Santa Elena está acompañada por un fragmento de la Vera
Cruz; la de Santa Verónica por la tela con la que ella misma enjugó la cara de
Jesucristo camino del Calvario, dejando el divino rostro impreso en el paño; la
de San Andrés con la cabeza del apóstol –reliquia restituida por Pablo VI a la
Iglesia Ortodoxa-; y por último, la imagen de San Longinos.
de verdugo a mártir
Esta monumental figura de mármol de más de cuatro metros de altura hace
referencia al personaje que protagonizó el episodio de la lanza, como recogen
los Evangelios. Es decir, aquel soldado romano que al pie de la cruz atravesó
con su lanza el costado de Cristo y cuya arma se conserva en San Pedro
como reliquia.“Le atravesó uno de los soldados el costado con una lanza y al instante
salió sangre y agua” (Jn. 19, 34).
De igual modo San Longinos también ha sido identificado con aquel centurión
que al morir Jesús exclamó: “Verdaderamente era hijo de Dios” (Mt. 27, 54). Es por
ello que podemos decir que este santo, al que la tradición le ha llamado
Longinos por derivación del término griego longké, que significa lanza, es la
unión entre el soldado lancero y el centurión romano, ambos presentes en la
crucifixión.

En los textos apócrifos podemos encontrar más
datos acerca del personaje. En “La Leyenda
Dorada” de Santiago de la Vorágine se narra que
Longinos padecía una enfermedad ocular y al
brotar del costado de Cristo sangre y agua, éstas
salpicaron los ojos del soldado curando su visión.
Tras el milagro se convirtió a la fe cristiana y fue
enviado por los apóstoles a Cesarea de
Capadocia, donde vivió monásticamente, dando
testimonio de su fe hasta el martirio.
la fe en el perdón de los pecados
Si bien es cierto que es poco el rigor histórico
que rodea a la figura de San Longinos, son sus
escuetas palabras al pie de la cruz las que lo
canonizan. Este testimonio público constituye,
junto con el de Juan el Bautista, las primeras
muestras testimoniales de que Cristo es verdaderamente
el hijo de Dios. La grandeza de este
suceso reside en que precisamente quien da
prueba de su fe es su propio verdugo. El ejecutor
material de su muerte, el soldado deicida que
atraviesa con su lanza el cuerpo del Salvador es el
primero en confirmar la divinidad del cuerpo sin
vida de Jesús.
Por eso la Iglesia lo santifica, porque como manifestó
San Pablo en su Epístola a los Romanos, “si
confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees
en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos
serás salvo” (Rom. 10, 9). Cristo con su muerte
redime a sus asesinos y perdona su pecado, el
más grave de todos los crímenes. El perdón que
Longinos recibe es el que le impulsa a afirmar
públicamente la divinidad del ajusticiado. De ahí
que el culto que se le otorga es una prueba de la
fe de la Iglesia en el perdón de los pecados.

La lanza que mata y redime
La escultura de Bernini ayuda a adentrarse en el interior del personaje.
En primer lugar representa al santo despojado de sus atributos
militares, que quedan abandonados a sus pies. Únicamente conserva
en la mano, sujetándola con fuerza, la lanza, el instrumento con que
se obra a la vez el crimen y el milagro de la conversión. En cuanto a su
mirada, ésta parece perdida y dirigida a lo alto. El artista napolitano
busca con ello enfatizar dos aspectos. Si bien por un lado se resalta el
momento de la milagrosa curación que recoge Santiago de la
Vorágine, por el otro se ofrece una lectura simbólica del milagro. Los
ojos de Longinos, antes enfermos, son los que le iluminan y le hacen
mirar a Jesús a través de la luz de la fe y reconocerle como verdadero
hijo de Dios.
La sangre y el agua que brotan del costado de Cristo y caen sobre su
rostro tienen un significado sacramental. Sus ojos son curados también
para abrirlos a la verdad y la doctrina cristiana. Teológicamente
se ha dado a la figura de San Longinos un carácter simbólico, relacionándolo
con los paganos que abren sus ojos a la nueva fe iluminada
por Jesucristo. En contraposición se encuentra Stephaton, el personaje
que empapó en vinagre la esponja para dar de beber a Jesucristo
en la cruz, el cual representa a los judíos cegados por su error.
El culto a San Longinos ha sido muchas veces motivo de discordia.
Los más críticos ponían en tela de juicio otorgar la condición de santo
a aquel que atravesó el costado de Cristo. Sin embargo, desde la Edad
Media la doctrina cristiana ha visto en la lanzada el camino hacia la
redención. La muerte de Cristo era necesaria para el perdón de todos
los pecados, incluidos los de aquellos quienes lo crucificaron.
Ya en el siglo XIV había un himno en el que se invocaba a la lanza
como instrumento de salvación: “Salvación, hierro triunfal entrado en el
pecho del Señor, tú nos abres las puertas del cielo”. De ahí que la Iglesia,
no sólo canoniza al soldado centurión Longinos , sino que más aún,
le concede un lugar preferente dentro de la Basílica de San Pedro. Ni
más ni menos que el centro mismo del templo.
“EL PERDÓN QUE LONGINOS RECIBE
ES EL QUE LE IMPULSA A AFIRMAR PÚBLICAMENTE
LA DIVINIDAD DEL AJUSTICIADO”

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