Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
  • Siguenos!

San Longinos 

20 Papas, constituye uno de los ejemplos arquitectónicos donde más se perciben los diferentes estilos artísticos.

Así, lo que comenzó siendo una edificación del Renacimiento acabó como una de las principales y más espectaculares muestras del Barroco, capaz de aunar todos los elementos que se habían construido

 con anterioridad.

Durante el papado de Urbano VIII (1623-1644), período en el que finalmente se consagra la basílica, se acometieron las renovaciones estéticas más destacadas de toda su construcción.  Gianlorenzo Bernini, un arquitecto, pintor y escultor napolitano es elegido por el nuevo Papa para la elaboración de un  programa artístico que realce la belleza de las estancias vaticanas. A él pertenecen el diseño de la gran plaza que precede a la Basílica y su famosa columnata, como también el majestuoso baldaquín que preside su interior. Son suyas también otras tantas obras arquitectónicas y escultóricas que imprimen en San Pedro ese carácter barroco tan destacado.

 Dentro del programa artístico ideado por Bernini se incluyó el embellecimiento de la zona del crucero. Uno de los elementos más emblemáticos del interior del templo es sin duda el Baldaquino. En el centro de la nave  y bajo la gran cúpula de Miguel Ángel construyó el artista este broncíneo baldaquín,  rodeándolo con cuatro grandes estatuas-relicario situadas entre los fuertes pilares que sostienen la cubierta. Las cuatro figuras marmóreas que allí proyectó son la de Santa Elena, Santa Verónica, San Andrés y San Longinos. Aunque fue ésta última la única imagen de las cuatro realizadas por el artista.

La estatua de Santa Elena está acompañada por un fragmento de la Vera Cruz;  la de Santa Verónica por la tela con la que ella misma enjugó la cara de Jesucristo camino del Calvario, dejando el divino rostro impreso en el paño; la de San Andrés con la cabeza del apóstol –reliquia restituida por Pablo VI a la Iglesia Ortodoxa-; y por último, la imagen de San Longinos.

 de verdugo a mártir

 Esta monumental figura de mármol de más de cuatro metros de altura hace referencia al personaje que protagonizó el episodio de la lanza, como recogen los Evangelios. Es decir, aquel soldado romano que al pie de la cruz atravesó con su lanza el costado de Cristo y cuya arma se conserva en San Pedro como reliquia. “Le atravesó uno de los soldados el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19, 34).

De igual modo San Longinos también ha sido identificado con aquel centurión que al morir Jesús exclamó:  “Verdaderamente era hijo de Dios” (Mt. 27, 54). Es por ello que podemos decir que este santo, al que la tradición  le ha llamado  Longinos por derivación  del término griego longké, que significa lanza, es la unión entre el soldado lancero y el centurión romano, ambos presentes en la crucifixión.

En los textos apócrifos podemos encontrar más datos acerca del personaje. En “La Leyenda Dorada” de Santiago de la Vorágine se narra que Longinos padecía una enfermedad ocular y al brotar del costado de Cristo sangre y agua, éstas salpicaron los ojos del soldado curando su visión. Tras el milagro se convirtió a la fe cristiana y fue enviado por los apóstoles a Cesarea de Capadocia, donde vivió monásticamente, dando testimonio de su fe hasta el martirio.

 la fe en el perdón de los pecados

 Si bien es cierto que es poco el rigor histórico que rodea a la figura de San Longinos,  son sus escuetas palabras al pie de la cruz las que lo canonizan. Este testimonio público constituye, junto con el de Juan el Bautista, las primeras muestras testimoniales de que Cristo es verdaderamente el hijo de Dios. La grandeza de este suceso reside en que precisamente   quien da prueba de su fe es su propio verdugo. El ejecutor material de su muerte, el soldado deicida que atraviesa con su lanza el cuerpo del Salvador es el primero en confirmar la divinidad del cuerpo sin vida de Jesús.

Por eso la Iglesia lo santifica, porque como manifestó San Pablo en su Epístola a los Romanos, “si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos serás salvo” (Rom. 10, 9).  Cristo con su muerte redime a sus asesinos y perdona su pecado, el más grave de todos los crímenes. El perdón que Longinos recibe es el que le impulsa a afirmar públicamente la divinidad del ajusticiado. De ahí que el culto que se le otorga es una prueba de la fe de la Iglesia en el perdón de los pecados.

 la lanza que mata y redime

 La escultura de Bernini ayuda a adentrarse en el interior del personaje. En primer lugar  representa al santo despojado de sus atributos militares, que quedan abandonados a sus pies. Únicamente conserva en la mano, sujetándola con fuerza, la lanza, el instrumento con que se obra a la vez el crimen y el milagro de la conversión. En cuanto a su mirada, ésta parece  perdida y dirigida a lo alto. El artista napolitano busca con ello enfatizar dos aspectos. Si bien por un lado se resalta el momento de la milagrosa curación que recoge Santiago de la Vorágine, por el otro se ofrece una lectura simbólica del milagro. Los ojos de Longinos, antes enfermos,  son los que le iluminan y le hacen mirar a Jesús a través de la luz de la fe y reconocerle como verdadero hijo de Dios.

La sangre y el agua que brotan del costado de Cristo y caen sobre su rostro tienen un significado sacramental. Sus ojos son curados también para abrirlos a la verdad y la doctrina cristiana. Teológicamente se ha dado a la figura de San Longinos un carácter simbólico, relacionándolo con los paganos que abren sus ojos a la nueva fe iluminada por Jesucristo. En contraposición se encuentra Stephaton, el personaje que empapó en vinagre la esponja para dar de beber a Jesucristo en la cruz, el cual representa a los judíos cegados por su error.

El culto a San Longinos ha sido muchas veces motivo de discordia. Los más críticos ponían en tela de juicio otorgar la condición de santo a aquel que atravesó el costado de Cristo. Sin embargo, desde la Edad Media la doctrina cristiana ha visto en la lanzada el camino hacia la redención. La muerte de Cristo era necesaria para el perdón de todos los pecados, incluidos los de aquellos quienes lo crucificaron.

 Ya en el siglo XIV había un himno en el que se invocaba  a la lanza como instrumento de salvación: “Salvación, hierro triunfal entrado en el pecho del Señor, tú nos abres las puertas del cielo”. De ahí que la Iglesia, no sólo canoniza al  soldado centurión Longinos , sino que más aún, le concede un lugar preferente dentro de la Basílica de San Pedro. Ni más ni menos que el centro mismo del templo.

Añadir comentario