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Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita 

A ver quién no le ha respondido así a algún amigo o compañero del cole o de juegos, en nuestros años de infancia (y ahora de mayores también), cuando alguien nos había dado algo y luego pretendía que se lo devolviésemos. En seguida la respuesta era y es: “¡Ah!, Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita”.

Este dicho popular, tan a flor de boca en nuestra cultura, ha alcanzado categoría de sentencia y valor irrevocable, de modo que el reclamante no puede ejercer ningún derecho sobre el reclamado y éste no tiene ninguna obligación con aquel. Pero, ¡claro!, el razonamiento tiene más fuerza si lo enunciamos al revés es decir, “lo que no se da, no se quita”, por la sencilla y evidente razón de que no se puede quitar lo que previamente no se ha dado. Parece una perogrullada, sí, pero la cosa viene a cuento por lo que está sucediendo en nuestro mundo de hoy en relación con el aborto. Por ejemplo, en España los abortos voluntarios se duplican en los últimos nueve años: 112.000 mujeres interrumpen su embarazo en 2007 (307 al día, que se dice pronto), un 10% más que en 2006 y más del doble que en 1998. Pero a lo que íbamos: lo que en ese proverbio parece tan clarividente, ya no lo es si la reclamante, en este caso, la sociedad, se mete donde no la llaman: si ella no ha dado la vida a un nuevo ser, no tiene ningún derecho para quitarla. Se dirá que la sociedad actúa en nombre de aquellas personas proabortistas, principalmente aquellas mujeres de talante progresista que confunden la cuna de su útero con el manantial de la vida. Ni una ni otras tienen poder sobre lo que no es suyo, sobre lo que no han dado, a no ser que se siga sosteniendo que “eso” que aparece en el seno materno es una protuberancia interna o excrecencia corporal, algo así como un forúnculo más o menos molesto que hay que extirpar. Es verdad que las dos partes acuden y se amparan en un intrincado aparato jurídico para decir (la sociedad) y decidir (la mujer embarazada), ambas unilateralmente. Cierto es que son ellas quienes legislan y optan por el destino del “nasciturus”, con poder omnímodo de tijeras en la mano para cortar el hilo de la vida según sus conveniencias. Y así, sin comerlo ni beberlo, sólo porque a algunos les molesta el prójimo —¿hay más prójimo de una madre que el hijo que lleva en su seno?; ¿por qué me huele a hitleriano el asunto?— o porque aumenta el número de quienes quieren repartirse la misma tarta y van a tocar a menos si hay más gente —¿por qué me da el tufo de una economía tirana que pone el dinero por encima de la persona, o por qué hiede a aliento podrido de un neomaltusianismo disimulado?—, se procede a dictaminar leyes, supuestamente democráticas, para justificar el infanticidio. Y digo supuestamente democráticas porque en el fondo no lo son, pues más bien son antidemocráticas en la medida en que van contra el pueblo no nacido o que no le dejan nacer. Personalmente me cuesta admitir aquello que ya decía el comediógrafo Plauto tres siglos antes de Cristo y que luego el filósofo inglés Thomas Hobbes hizo suyo en el siglo XVII: “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre): ¿cómo podemos dar cabida a tales instintos criminales? Es cierto que el hombre está inclinado hacia abajo por el pecado original, pero ¿hasta tal extremo de ir “contra naturam”, contra sí mismo? Y encima decorándolo todo ello con una capa de “buenismo”, de procedimientos legales, como si lo legal fuera sinónimo de justo. Sólo cabe una explicación: detrás de ello está el Príncipe del Mal, que azuza a la humanidad, la divide y enzarza en luchas intestinas contra sí misma. Pero, por supuesto, ni el Maligno, ni la humanidad, ni la propia madre son los dueños de la vida: sólo en Dios radica la fuente y el origen del ser —“en ti está la fuente de la vida” (Sal 36,10)—. De aquí que la Iglesia puede hacer suyo ese refrán popular, pero al revés: “Santa Rita, Rita, lo que no se da, no se quita”, es decir, lo que la sociedad no da, la vida, no la puede quitar, por muchas leyes que se saque de la manga o de la chistera, como un vulgar tahúr o un taimado prestidigitador. Así lo confesaba ya, antes de Cristo, la valerosa madre de los siete hermanos macabeos: “No fui yo quien os regaló el espíritu y la vida… El Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida” (2M 7,22-23).

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