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Santa Teresa de Jesús 

“Vuestra soy, para vos nací”

Hay quien dice que después de la Virgen María ninguna otra mujer ha influido tanto en la Iglesia como Santa Teresa de Jesús. Quizás por eso y por la impronta que su figura ha dejado en nuestra cultura, la Iglesia española celebra desde el 15 de octubre de 2014, y por un año, el V Centenario del nacimiento de la primera Doctora de la Iglesia, acaecido el 28 de marzo de 1515, probablemente en Gotarrendura (Ávila). La conversión total y definitiva de Santa Teresa, como la de tantos santos y tantas personas, tampoco fue fácil ni sencilla.

Santa Teresa hubo de vivir y pasar un duro y largo “catecumenado”, con diferentes y diversos “pasos” hasta su entrega definitiva en edad ya adulta, con 39 años, cuando llevaba viviendo casi veinte de religiosa carmelita en el Monasterio de la Encarnación de Ávila. No fue, pues, una conversión fácil la suya. El trabajo que hubo de hacer el Señor en su vida fue largo y laborioso. En el “Libro de la vida”, ella misma escribe: «Cuánto me habéis sufrido, Señor…».

Ya de niña, Teresa manifiesta esa inquietud y delicadeza espiritual y humana que siempre tuvo; baste recordar dos de los acontecimientos más sobresalientes y conocidos: uno, la famosa huida con su hermano Rodrigo para morir mártires en tierra de moros, y otro, la petición que hace a la Virgen para que la acogiese como hija suya al morir su madre.

De jovencita, Teresa no dejó de ser una chica normal de su época: «Por aquel tiempo me aficioné a leer novelas. Aquellas lecturas enfriaron mi fervor y me hicieron caer en otras faltas. Comencé a pintarme y a buscar a parecer y a ser coqueta. Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, un mucho cuidado de manos y cabello y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa…». Pero la prematura muerte de su madre puso fin a estos primeras “vanidades” juveniles cuando su padre la ingresó en un convento de Ávila. Providencialmente, una persona piadosa puso en sus manos las “Cartas de San Jerónimo”, y allí supo, por boca de tan gran santo, cuán peligrosa es la vida del mundo y cuán provechoso es para la santidad el retirarse a la vida religiosa en un convento. Desde entonces se propuso que un día sería religiosa.

el primer peldaño

A los veinte años, y a pesar de la oposición primera de su padre, Teresa dejó la casa paterna e ingresó en el Monasterio de la Encarnación. A partir de aquí empieza para ella un largo y penoso camino de conversión. Tras entrar en el convento su estado de salud empeoró. Padeció desmayos, una cardiopatía no definida y otras molestias. Sus padecimientos físicos fueron horribles y duraron varios años, con episodios realmente dolorosos (en una ocasión estuvo cuatro días inconsciente, y se la dio por muerta.) Pero esta enfermedad le consiguió un gran bien porque tuvo la oportunidad de leer un libro que cambiaría su vida: “El alfabeto espiritual”, de Fray Francisco de Osuna, franciscano. Teresa de Jesús, en momentos difíciles de su camino, escribe: «holguéme mucho en él… teniendo aquel libro por maestro» (Libro de la vida 4,6); «un libro, que parece el Señor me lo puso en las manos» (23,15). Siguiendo las instrucciones de aquel librito empezó a practicar la oración mental y a meditar. Estas enseñanzas le van a ser de inmensa utilidad durante toda su vida y van a constituir el primer peldaño en su vida de fe y religión.

Poco a poco Teresa recupera la salud. Según ella fue debido a la intercesión de San José, y de ahí su devoción por él. Junto con la salud, Teresa recupera las aficiones mundanas fáciles de satisfacer, puesto que la clausura solo se impuso como obligatoria más adelante. En esa época, en el convento de la Encarnación la vida era bastante “holgada”: si bien muchas de las monjas eran mujeres sinceramente convencidas y con vocación religiosa, otras eran hijas segundonas de buenas familias, a quienes sus padres no habían conseguido un matrimonio “adecuado”. Estas, llamadas “doñas”, tenían amplias habitaciones con cocina, despensa, oratorio, recibidor y alcoba propia. Incluso muchas de las que venían de familias ricas se llevaban consigo vestidos, joyas, alimentos y hasta servidumbre privada al convento.

En estos momentos de dudas e incertidumbres —ella misma recuerda como si viviera una vida doble: «Como las muchas», dice— es cuando Teresa tiene el que podemos considerar primer encuentro con Jesús en su camino de conversión. Según su testimonio se le apareció Jesucristo en el locutorio con semblante airado, reprendiéndole su trato familiar con seglares. Pero a pesar de este encuentro y amonestación divina, Teresa todavía no cambia su estilo de vida y sigue resistiéndose a la llamada de Dios. Es curioso notar que en todos esos años de indecisión, Santa Teresa no deja la oración, aunque este tiempo se le iba «en desear que los minutos pasasen pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación, en vez de reflexionar en las cosas santas».

Camino de perfección

Sin embargo, es a partir de la Cuaresma de 1554 cuando Teresa va a vivir las experiencias más fuertes y decisivas de su vida y que propiciaron lo que se conoce como su “conversión” definitiva. Una de las más determinantes fue la visión del infierno, en el que Teresa experimenta los padecimientos del sitio que hubiera correspondido a sus pecados de no haberse convertido. Es también en estos momentos cuando irrumpe fortísimo el episodio central de su existencia: el encuentro inesperado con una imagen de Cristo.

Este encuentro, aparentemente desencadenado por la presencia de una imagen emotiva del “Ecce Homo”, fue vivido real y personalmente en lo más profundo de su ser. No fue un encuentro externo, a distancia, sino íntimo, intenso, entrañable. Ella misma lo revive así : «Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle» (Libro de la vida c. 9, 1). «Un día, al detenerse ante un crucifijo muy sangrante, le preguntó: “Señor, ¿quién te puso así?”, y le pareció que una voz le decía: “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada». Desde ese día ya no vuelve a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la santidad.

Solo Dios basta

Un día, precisamente mientras oraba, fue arrebatada en éxtasis y oyó en el interior de su alma estas palabras: «No quiero que converses con los hombres sino con los ángeles». A la vez, Dios le concederá enormes progresos en la oración y unas amistades formidables que le ayudarán a llegar a la santidad.

Teresa revive las conversiones de dos pecadores que, como ella, se encontraron con Cristo a mitad de la vida: primero, el episodio evangélico de María Magdalena —auténtica empatía de Teresa con la pecadora del Evangelio, que le permite revivir y ahondar el encuentro de las dos con el Señor—, y en segundo lugar, la conversión de San Agustín. Revive el episodio de Milán como si también ella oyera la voz del niño. Lo refiere así: «En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto… Como comencé a leerlas, paréceme me veía yo allí… Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entré en mí misma con gran aflicción y lágrimas… Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la divina Majestad, y que debía oír mis clamores y haber lástima de tantas lágrimas» (Libro de la vida c. 9, 7).

No sabemos en qué orden cronológico se sucedieron en el alma de Teresa esos encuentros experienciales con el Cristo “muy llagado”, con la Magdalena y San Agustín. Lo que sí resulta patente es que su vida da un vuelco. Su conversión, su “metanoia” es total. Entabla una auténtica relación personal y mística con Cristo y es ahora cuando Teresa entra en esa “séptima morada” de ese “castillo”, donde el Señor la espera para realizar el “Matrimonio espiritual”: «Mi Amado es para mi y yo soy para mi amado». Ahora Teresa vive en verdad su consagración religiosa; recupera la libertad y, “rotas las cadenas“, emprende un nuevo rumbo hacia horizontes nunca imaginados por ella ni por la Iglesia de aquellos tiempos de la Contrarreforma.

en Alba se pone el sol

Desde el momento de su total conversión Teresa de Jesús ya no vive para sí sino solo para su Señor. Vive y muere… Así como San Pablo afirma que «estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor» (Flp 1,23), ella solo desea estar junto al amado : «Venga ya la dulce muerte, vivir sin ti no puedo, porque muero porque no muero…». Pero también, como a San Pablo, el Señor le tenía primero reservado grandes trabajos y “hartas fatigas”.

En julio de 1582 la santa llega enferma Alba de Tormes. Sintiéndose morir le dijo a la Beata Ana de San Bartolomé: «Por fin, hija mía, ha llegado la hora de mi muerte». Cuando le dieron el viático, la santa consiguió erguirse en el lecho, y exclamó: «Al final muero como hija de la Iglesia (…) Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos…». Era la noche del 4 de octubre de 1582. En 1970 Pablo VI le reconoció el título de Doctora de la Iglesia, siendo la primera mujer en adquirirlo.

Valentín de Prado

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