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Santi y Ángeles. El desafío de ser familia misionera en Japón 

Santi y Ángeles son los progenitores de once hijos. Fueron enviados por San Juan Pablo II, junto con otras once familias, hace treinta años a Japón, como familias en misión. Participaron en la celebración con el Papa Francisco en la ciudad de Hiroshima, donde residen.

Manuel Cubías – Ciudad del Vaticano

Santi y Ángeles son originarios de Faraday, cerca de Barcelona. Son miembros de las comunidades neocatecumenales. Fueron enviados por san Juan Pablo II junto con otras once familias como familias en misión. Santi recuerda: “Hace 30 años que vivimos en Japón, principalmente en Hiroshima. Nuestra misión se podría resumir en tres aspectos: primero, vivir en medio de los japoneses, nuestros hijos van a las mismas escuelas, tenemos los mismos problemas que ellos, pero viviendo cristianamente nuestras debilidades.

Santi Ferrán: aprender el camino

Santi relata que son muchas las personas con las que tienen contacto, sea por las actividades que hacen o por la amistad con sus hijos. De esta manera, tienen un primer contacto con el cristianismo en su casa. “Después de muchos años y muchas equivocaciones, hemos aprendido que lo importante es estar a la disposición de estas personas que se acercan, el resto lo hace y lo hará el Señor”, afirmó.

“Segundo, nuestro camino en la fe con la comunidad de Iwakumi es fundamental, compartiendo con los hermanos japoneses la palabra de Dios, la eucaristía y sus experiencias, recibimos la fortaleza y el consuelo para vivir nuestra vida cristiana diaria”.

Santi constata en tercer lugar, que las parroquias cristianas se están vaciando y en ellas solo queda gente mayor. “Nuestra misión, hemos visto, es estar a su lado esperando en el Señor. Finalmente, dar gracias al Señor por nuestros hijos. Hace 30 años muchas personas pensaban que arriesgábamos mucho por nuestros hijos. No ha sido así. Desde el primer día, Dios ha sido fiel y ha cuidado de ellos”.

Ángeles: respuesta agradecida al Señor

Nosotros vinimos a la misión por gratitud al señor por lo que había hecho por nosotros. Había salvado nuestro matrimonio y estamos contentos y agradecidos. Los primeros 8 años fueron de aterrizaje. Lo que más nos ayudo fue venir sin saber el idioma ni la cultura japonesa. ¡No sabíamos nada!. Esto fue lo mejor, porque nos hizo estar en la misión como niños. Teníamos que pedirlo todo, recibirlo todo. Esto hizo salir todo el orgullo que teníamos dentro. Descender a nuestro interior y ver lo oscuro que estaba. Esto fue muy importante, porque con nuestra prepotencia habíamos creado muchos problemas. Durante los 8 primeros años descubrimos que no servíamos para misioneros.

En la segunda etapa, cambiamos de ciudad. Vivimos doce años en el norte, en Niigata, allí aprendimos a querer y a respetar y admirar a los japoneses y a experimentar la fidelidad de Dios cada día, su presencia en todas las cosas pequeñas como grandes. Él es y ha sido nuestro papá, tanto materialmente como espiritualmente. Descubrir que se vale de nuestros pecados, debilidades y fracasos para llegar a las personas que nos rodean y amarlas.

La tercera etapa, en estos últimos diez años, ya otra vez en Hiroshima ha sido el descubrimiento de no esperar nada de las personas que se acercan a nosotros, servirles, disfrutar de su compañía en nombre de Jesús. Entonces es cuando la misión se convierte en una aventura maravillosa.

Entrevista a Santi y Ángeles, familia misionera

Al encuentro del Papa en Hiroshima

En la parroquia y en la comunidad hemos estado esperando al Papa con alegría, haciendo oraciones y sacrificios desde hace mucho tiempo. Lo esperamos con ilusión, esperando que hable sobre la paz declaró Santi.

Su hijo Josep, participó con la familia en el Encuentro por la Paz en Hiroshima y comparte su experiencia: “Llegamos a las 4 y media de la tarde. El clima fue un poco benévolo. La ceremonia comenzó a las seis y media. Llegué con mi mujer y mis dos hijos. Lo que más me impresionó fue el silencio absoluto que cubría todo el parque. Claro, estábamos en un contexto de que ese era el lugar donde cayó la bomba atómica. El silencio se profundizó cuando llegó el Papa.

También me impresionó que el Papa le dedicó un saludo a cada uno de los sobrevivientes. Incluso algunos se emocionaron mucho. Su discurso fue muy claro sobre las armas nucleares. Lamento que algunos no cristianos quisieron participar, pero no recibieron a tiempo la invitación, pues había espacio para mucha gente”.

La palabra del Papa en Nagasaki

Ser misionero incluye un proceso de aprendizaje y escucha que permita abrirse a los demás, dejarlos entrar y descubrirnos como personas. El Papa Francisco había dicho unas cuantas horas antes en Nagasaki, que no debemos perder la memoria “de lo que significa cargar con el sufrimiento de tantos inocentes”; tampoco caer “en la atmósfera comodona del grito fácil e indiferente del ‘sálvate a ti mismo’”, pues – añade – “estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano”.

 

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