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Santos ángeles custodios, compañeros de viaje 

Cada 2 de octubre es una oportunidad para desconfinar a los ángeles custodios de la época de la infancia y tratarlos como lo que son: compañeros para toda la vida

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo 

Desde pequeños, nuestro custodio nos protege del peligro y nos ayuda a llegar al cielo, como representa Domenichino en su pintura sobre el santo ángel que se conserva en el Museo del Palacio de Wilanów, en Varsovia (Polonia).

Dicen que el ángel de la guarda es una devoción infantil, y de hecho es una de esas oraciones que se olvida cuando uno crece para pasar a otras devociones más maduras. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: el ángel custodio es un protector que nos acompaña cada día de nuestra vida.

«Una de las misiones de los ángeles es ayudar a los hombres a llegar a la salvación, a Dios. En su designio de amor, Dios ha querido asignar un ángel a cada persona para que lo cuide, lo proteja y lo guarde. La tradición de la Iglesia es unánime al afirmar esta verdad de fe», afirma el sacerdote Eduardo Toraño, profesor de Antropología Teológica en la Universidad San Dámaso.

San Basilio, por ejemplo, dice que «nadie puede negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida», añade Toraño. Por tanto, «el ángel de la guarda protege y ayuda a alcanzar la salvación y todo lo que conduce a la vida eterna».

La palabra ángel procede del griego angelos, que significa «mensajero», subrayando así la función de estos seres espirituales. La carta a los hebreos los define como «espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación». Por tanto, velan por nosotros y presentan a Dios nuestras necesidades y oraciones. Como explica Toraño, «cada fiel tiene un ángel custodio o de la guarda que lo acompaña en todo momento, especialmente en las situaciones más difíciles, cuando más cuesta confiar».

Defensor en el peligro

La figura del ángel está profundamente arraigada en la Escritura, desde el que custodia la puerta del Paraíso en el Génesis hasta los «miles y miles» que pueblan el cielo, según el Apocalipsis. Su labor de acompañamiento durante la vida se subraya en el libro de Tobías, a quien guía hasta contraer matrimonio. En el libro de Daniel, el ángel del Señor desciende hasta el horno encendido por Nabucodonosor para salvar la vida de Ananías, Azarías y Misael.

El Nuevo Testamento hace 179 alusiones a ellos. El mismo Jesús los menciona al explicar a sus discípulos que los ángeles de los pequeños «están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre». Un ángel fue enviado al huerto de los olivos a consolar al Señor en su agonía. Más tarde, el libro de los Hechos de los Apóstoles recoge varias apariciones de ángeles liberando a los apóstoles de los peligros y de la cárcel.

El esoterismo actual y la nueva era los presentan como ayudantes personales sin más, seres sin Dios, una especie de amuleto para la vida, cuando son mucho más que eso. Así, el Catecismo explica que «Cristo es el centro del mundo de los ángeles», y que estos «le pertenecen», porque «en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles».

Desde la Encarnación hasta la Ascensión, la vida de Jesús está atravesada por la presencia de los ángeles y de «su adoración y su servicio», dice el Catecismo, y Él los ha hecho para nosotros mensajeros para nuestra salvación, una ayuda «misteriosa y poderosa» al mismo tiempo, de la que todos nos podemos beneficiar en cualquier momento.

El ángel de Lucía

«Todos nosotros tenemos un ángel que nos protege. Es la voz de nuestro compañero de viaje. Él nos llevará hasta el final de nuestra vida con sus consejos», dijo el Papa Francisco sobre el ángel custodio.

Es la experiencia de Lucía Poveda, madre de familia, que cada 2 de octubre va a Misa «para para dar gracias a mi ángel por estar conmigo siempre. Me protege y cuando meto la pata me ayuda». Lucía cuenta que un día en el que el discernimiento sobre su vocación le estaba causando inquietud, «vi la figura de un ángel en un puesto de Navidad de la plaza Mayor, tal cual yo me lo había imaginado siempre». «Para mí fue una señal: “Tú estás conmigo y me vas a guiar”. Rompí a llorar, fue un momento muy especial».

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