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Saúl y David 

Los libros de Samuel presentan la figura de los dos primeros reyes de Israel: Saúl y David. Ambos fueron elegidos por Dios y consagrados por el profeta Samuel y, sin embargo, la trayectoria de los dos fue muy diferente e incluso divergente, pues mientras el primero fue rechazado, depuesto de su cargo y liquidada su descendencia, el segundo es ensalzado, se le promete un trono duradero y asegurada su descendencia para siempre. ¿A qué se debe suerte tan dispar?

El relato de la ascensión al trono de ambos muestra sus cualidades y virtudes, pero no oculta tampoco sus defectos. Ambos salvaron a Israel en momentos difíciles de su historia y se reseñan las cualidades que les hicieron merecedores de tal honor, pero también se narran sus pecados. Los dos fallaron y pecaron. El pecado de Saúl, en apariencia, era de menos importancia que el de David, pues éste cometió los tres pecados más graves: adulterio con la mujer de Urías, asesinato de Urías para ocultar su crimen y apostasía, al ordenar el censo de la población usurpando, de este modo, la soberanía de Dios, ya que los reyes de Israel, como indica su nombre, eran enviados, lugartenientes de Dios que gobernaban en su Nombre, pero no en su lugar. Sin embargo, uno fue repudiado y del otro declaró Dios mismo, que tenía un corazón semejante al suyo.

Hay dos notables diferencias entre uno y otro, pues Saúl, al ser reconvenido por el profeta, excusó su culpa aduciendo justificantes que le exoneraban, mientras que David, denunciado por Natán, se humilló reconociendo su pecado. A pesar de que David es triplemente pecador y, en el lenguaje semítico, esto indica que ha consumado la plenitud del pecado, la humildad y el reconocimiento de sus pecados convierten a David en un verdadero pobre que, al no poder justificarse ante Dios, se abandona en sus manos y acepta cargar sobre sí las consecuencias de sus pecados.

El mal de Saúl no reside sólo en sus intentos de excusa y justificación, ya que sin reconocimiento de culpa no es posible el perdón, sino también en la naturaleza de su falta. El pecado de Saúl es sumamente peligroso sobre todo en una persona que ha sido puesta como guía del pueblo. Recordemos el motivo. Dios le ha ordenado llevar la guerra de exterminio a Amalec, un pueblo que desde los tiempos del desierto se ha opuesto reiteradamente a Israel. Según la costumbre de la época ha de destruir todo ser viviente de su enemigo. Esta práctica tenía como finalidad evitar el contagio de la cultura del pueblo vencido que, podía inducir a Israel a la idolatría. Saúl cumple en parte el mandato divino, pero se ha reservado al rey de Amalec, sin duda para presentarlo como trofeo de su victoria y a lo mejor del ganado. En lugar de ofrecerlo como sacrificio de holocausto ante Dios, reconociendo con este gesto que la victoria correspondía a su intervención, juzga más conveniente celebrar un sacrificio de comunión con lo que conseguía, según él, complacer a Yahveh y congraciarse el aprecio de su pueblo al brindarle carne gratis, una especie de recompensa tras el duro esfuerzo de la batalla. Ha buscado un compromiso entre Yahveh y el pueblo con lo que ha sido infiel a su misión quebrantando el mandato del Señor. Es desestimado no por haber cometido una falta grave, pues, en el fondo, ha actuado de buena fe, sino porque no sirve para el cargo al que ha sido promovido. Como mélej, enviado de Yahveh, debía ser fiel en todo a la voluntad divina, pero Saúl quiere pensar por su cuenta y no entra en lo que no entiende, antepone su razón a la obediencia, no se abandona a Dios por lo que no es instrumento válido en las manos divinas.

Esta es la grave amenaza que se cierne sobre todos los elegidos, pues, de ordinario, han de nadar contra corriente ya que los pensamientos de Dios no son los de los hombres y éstos encuentran desatinadas muchas de las acciones divinas, por lo que reconvienen a sus representantes tildándoles de estar fuera de la corriente de la historia. Si éstos, con el fin de evitar la persecución y congraciarse con el entorno social, intentan rebajar las exigencias divinas y “adaptar” la palabra de Dios a las modas del momento, traicionan a Dios y arruinan al hombre al que deben servir, apartándole de la palabra que les ha de dar la vida.

En esta tentación han caído muchas veces los representantes de Dios ante los hombres, cediendo a las presiones del ambiente, acaban por desvirtuar la Palabra presentando una versión desvaída de la misma que la torna irreconocible. Es el error en el que han caído algunas de las iglesias nacidas de la Reforma que, al ceder a la ideología de género dominante en nuestro entorno se han tornado irrelevantes e inservibles, como la sal que se desvirtúa, por lo que están siendo removidos sus candeleros (Ap 2,5). Es el error en el que pueden caer algunos de los pastores de la Iglesia que, creen mantener el mayor número de fieles, rebajando la verdad del Evangelio. Ya lo intentó Arrio queriendo hacer “comprensible” la doctrina de la Encarnación del Verbo y lo han procurado muchos de los herejes de la Iglesia; pero no se salva la Verdad, disimulándola, desvirtuándola y reduciéndola para hacerla digerible. No se retiene a la gente cediendo ante sus debilidades, sino mostrándoles toda la verdad y sublimidad del designio de Dios sobre el hombre, pues no hemos de olvidar que la salvación es obra de la gracia, no fruto del esfuerzo humano, ni se debe “adaptar” la legislación, como hiciera el Antiguo Testamento, a las “fuerzas” de la criatura, pues lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios.

                                                                                             Ramón Domínguez.

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