Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 25, 2019
  • Siguenos!

Se dejaron amar por Dios 

Se dejaron amar por Dios podría ser el título de la biografía de cada uno de los testigos de la fe que encontramos a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento y, por supuesto, también a lo largo de todos los tiempos. No está de más decir que el título le corresponde por derecho propio a Jesús de Nazaret. Él, más que nadie, acogió y asumió, desde su comunión con el Padre y la humanidad, la soledad, fecunda en amores, como su compañera inseparable. En esta su soledad, la Palabra recibida del Padre (Jn 14,24) desplegó en toda su amplitud su prodigioso caudal salvífico. Desde la figura señera del Hijo de Dios nos adentramos en algunos de los personajes, testigos cualificados de la fe, de los que hemos hecho mención. Todos ellos tienen en común haber sido moldeados y enseñados por aquel que es la Palabra.

Antes de continuar, es conveniente aclarar de qué soledad estamos hablando. Nos referimos a la soledad de los hombres y mujeres de Dios, la que nace de su fidelidad a la Palabra. Es una soledad que no tiene nada que ver con una especie de complejos o huída del mundo dejando al hombre a su suerte. Es una soledad que podemos llamar, en sentido amplio, evangélica ya que engendra comunión. Supone un abrir caminos, a veces en la oscuridad, sin más guía y luz que la de Aquel que se fijó en él teniendo en perspectiva el bien de muchos. Al ser llamados estos hombres y mujeres, se dejaron y se dejan amar como sólo Dios sabe hacerlo. En ellos, Dios bendice al mundo entero.

Nos centramos en las experiencias, a veces terribles incluso hasta desestabilizadoras, de quienes han seguido, y también hoy siguen de cerca, los pasos de Jesús el Señor. Es un seguimiento tan fuera de lo común, tan dispar de lo que podríamos llamar lo “religiosamente correcto” que casi roza con la locura. Es tal la desubicación que provoca el cara a cara con la Verdad, que no resulta fácil, al menos durante cierto tiempo, mantener el equilibrio psicológico. Muchos, demasiados, son los vaivenes a que se ven sometidos. La experiencia de Dios que estas personas desarrollan les vuelve a veces extrañas incluso a sus propios hermanos y seres más queridos: “Por ti sufro el insulto, y la vergüenza cubre mi semblante; para mis hermanos soy un extraño, un desconocido para los hijos de mi madre” (Sl 69, 8-9).

No se le escapa en absoluto a Dios los estragos que puede ocasionar una situación así en la mente, espíritu y aun en el cuerpo de sus amigos. Él, que les ha llamado, está celosamente atento a cada puntada que, con su habilísima mano, va tejiendo su fe. Por ello no permite que éstos, que son sus más íntimos, estén demasiado tiempo a merced del mal en sus más variadas manifestaciones. Siempre estarán bajo su atento y solícito cuidado. Cuando estas personas descubren su Mirada, conocen el cara a cara con Él. Es fundamental este paso gradual de la fe para poder en adelante reconocerle en todas las encrucijadas y vericuetos que se van a encontrar ante una misión tan especial y conflictiva como es la de abrir caminos.

Entendámonos bien. No se trata de abrir caminos nuevos sino de hacer visible el único, el del Evangelio, que siempre, de generación en generación, está expuesto al olvido y relegación a causa de nuestras ambiciones. Estos hombres y mujeres son la voz de quien no tiene voz: la del mismo Dios, cuya voz -su Palabra- es desvirtuada y acallada por nuestras prudencias e intereses.

A causa de esta su misión, todo discípulo está igualmente expuesto, y lo acepta, al olvido y arrinconamiento a causa del Evangelio que se le ha dado en función del mundo. En esta su misión, el discípulo hace –sin medias verdades que en realidad son mentiras enteras- su bellísima, única y transformadora experiencia de Dios. Por eso acepta el olvido pues sabe que Dios se acuerda constantemente de él… ¡y bien que se lo demuestra!

Dios, en su insondable y original amor, habita sus soledades. Se da entonces una relación entre Él y su testigo tan impulsada por la atracción que nadie piensa que haya vuelta atrás. No la hay porque nadie que haya tocado el Misterio puede en adelante poner sus manos en lo que no es. Camina entonces el discípulo en la obediencia, no siempre entendible. En su caminar lleva al mundo entero en su alma. Enseñado por su Maestro, aprende a no proyectarse ni siquiera en su misión. Es que ésta no es suya y, al no ser suya, ni siquiera lo son las obras que nacen de ella, al igual que Jesús (Jn 14,10). Para llevar a cabo la misión confiada, necesitan inexorablemente “ver y oír a Dios en la Palabra”. Expresión ésta bellísima, acuñada por la Iglesia primitiva en su prodigioso periplo de evangelización.

Estos testigos –oculares y audibles- del Dios vivo, son a su vez rehenes de los misterios de la fe que ven y oyen por obra y gracia del Espíritu Santo. Hasta tal punto fueron, por ejemplo, rehenes Pedro y Juan de las riquezas divinas que guardaban que, cuando fueron forzados por el sanedrín a dejar de anunciar al Resucitado, perdiendo todos sus miedos, respondieron: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

                           Antonio Pavía.

Añadir comentario