Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, junio 24, 2019
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Se entregó por mí 

San Juan de la Cruz y, al igual que él, tantas y tantas personas que han intentado expresar el Acontecimiento de Dios en su alma, se expresaron como buenamente pudieron. Digo esto porque es totalmente imposible reflejar de forma adecuada lo que el alma está viviendo en su contacto con el Espíritu de Dios. La realidad consiste en que ¿de qué palabras puede nadie echar mano a la hora de describir el hacerse de Dios en un alma? ¿Cómo puede nadie imaginar que se pueda expresar con propiedad esta entrega de Dios al hombre? ¿Quién está capacitado para revelar la relación existencial entre el Misterio de Dios y el misterio de uno mismo?

Por supuesto que algo hay que decir, ya que esto hace parte de la transmisión y el compartir de la fe. He dicho bien, “algo”. No es más que un pequeño soplo frente a lo eterno que está viviendo el alma. Está ella acurrucada contra Dios como en posición fetal. Y de toda la corriente de divinidad que Dios infunde hacia ella, nos da a conocer lo que buenamente alcance a balbucir. Es mejor así. Se ofrece como una simple pincelada de una imparable y grandiosa cúpula que se eleva hacia lo alto, y que nos revela que la obra de arte de Dios en el alma está ahí. Es bueno, muy bueno, más aún, necesario para alcanzar la plenitud de su creación, que toda alma se abra a esta experiencia.

De balbuceo, nada más que balbuceo, se pudo servir Pablo al querer hacernos partícipes de la obra del Hijo de Dios en su alma. Parece que, casi entrecortadamente, se limitó a decirnos: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).

Podría haberse servido de abundancia de palabras, unas más ricas que otras. Así lo hizo, por ejemplo, cuando nos quiso dar a conocer la excelencia del amor. El texto que nos dejó sobre esto en el capítulo trece de su primera carta a los Corintios es simplemente antológico. Sin embargo, a la hora de expresarse para contarnos  su experiencia de Jesucristo y su amor, no pudo decirnos más. Como que nos daba a entender que la profusión del lenguaje empañaba el Misterio que estaba viviendo. Nos parece verlo envuelto sobre sí mismo acariciando con sus manos su alma, antaño tan hambrienta de Dios y ahora tan colmada de su amor. En este trance divino, como que hace un esfuerzo para abrir su boca, y acierta a decirnos: se fijó en mí, me llamó, me escogió, me amó y se me entregó.

A estas alturas, adivinamos la pregunta que, entre curiosa y anhelante, aflora en cada uno de los que están leyendo estas páginas: ¿Cómo sé yo, o qué he de hacer para saber, tener conciencia, de que también mi alma es única para Dios? Ya hemos dicho que Dios mira al hombre desde la atalaya de su Evangelio, y que esta su mirada no solo es única, sino que además tiene tal riqueza que hace a tu alma también única y para Él. Lo importante es que esta mirada que ya está lanzada, se encuentra con tus ojos. Estamos diciendo —en términos de la espiritualidad de la Palabra— que lo esencial es que tú seas un buscador. Buscar hasta encontrar su mirada para poder abrazarte al Dios de tu alma.

La Escritura, con no poca frecuencia, nos da a conocer las características que identifican al auténtico buscador de Dios. Entre tantos pasajes, me inclino por uno de ellos que me parece especialmente válido por su claridad y contundencia: “Ten tus delicias en Dios, y él te dará lo que pida tu corazón” (Sal 37,4). La catequesis del salmista es más que evidente: aprende a disfrutar de Dios, sea Él tu delicia, y saciará el hambre de amor que tienes.

Sea Dios tu delicia. Suena bien y hasta te gustaría, pero no sabes muy bien cómo es eso de “gustar de Dios”. A veces le asociamos con leyes, normas, imposiciones…, y hasta con el ¡aburrimiento! ¿Cómo puede llegar a ser una delicia tal, algo tan grato a nuestro ser, que su yugo —leyes— llegue a ser suave y ligero como nos dice el Señor Jesús? (Mt 11,28-30).

Dios es delicia de todo corazón aunque no todo corazón lo sepa. Se deja encontrar por “los hijos de la Sabiduría”. Así  llama el Hijo de Dios a todos aquellos que acogen su Evangelio (Lc 7,35). Son hijos de la Sabiduría porque buscan el descanso, el amor de su alma y su corazón, con la misma intensidad, pasión y amor que todo hombre busca tesoros y riquezas. Lo pueden hacer así porque son lo suficientemente sabios como para entender que Dios es su Tesoro; es tan valioso que no tiene la menor competencia con cualquier otro.

El libro de los Proverbios invita a los hambrientos de Dios a buscar y, más aún, a rebuscar la Sabiduría que emana de Él. Sabiduría que Pablo identifica con Jesucristo (1Co 1,30). Pongamos nuestra atención en el pasaje de los Proverbios del que hemos hecho mención: “Bienaventurado el hombre que ha encontrado la sabiduría… Vale más su ganancia que la ganancia de la plata, su renta es mayor que la del oro. Es más preciosa que las perlas, nada de lo que amas se le iguala…” (Pr 3,13-15).

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