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Elegidos para evangelizar también en nuestra tierra 
31 de Enero
Por Juan Sánchez

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»
Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando. (Marcos 6, 1-6)

Un evangelio que es sin duda una caricia del Señor a todos los cristianos que diariamente evangelizan en su ciudad, en su entorno, en su patria…Jesús era conocido en su tierra, Nazaret, desde que era un niño. Y había crecido entre sus vecinos, muchos de los cuales habían coincidido con él en la sinagoga. Pero ahora llegaba la fama de Jesús, por los milagros que hacía en otras ciudades, en las que aceptaban de buen grado y con esperanza sus enseñanzas. Pero en Nazaret era distinto: ¿qué les iba a enseñar este carpintero, este hijo del carpintero José y de María? ¿Quién le ha dado la sabiduría? ¿Y cómo va a realizar milagros?  Se escandalizaban y no podían aceptar una palabra que era bien recibida en otras localidades.

¿No refleja esta actitud lo que nos pasa a menudo cuando evangelizamos? Nosotros sabemos que llevamos un tesoro en vasijas de barro; conocemos mejor que nadie nuestras limitaciones y pecados; predicamos en nombre del Señor, enviados por la Iglesia…pero a veces los receptores del mensaje nos conocen bien. Nos han visto en el centro educativo, en el supermercado, en la iglesia, en actos culturales o incluso en lugares de diversión o de deporte…Saben que somos gente corriente, no santos. ¿Y quiénes somos nosotros para predicar el Amor de Dios a esta generación? ¿Cómo podemos ser testigos invitando a una conversión que lleve a Jesús?

Nadie es profeta en su propia tierra, cerca de sus vecinos y parientes, en su ambiente cotidiano. Y ésta es una enseñanza que tenemos que guardar en nuestro corazón, como María. Pensar que estamos haciendo una misión pero que no somos mejores que quienes nos escuchan, que no tenemos méritos especiales y que, por tanto, no tenemos derecho a juzgar a nadie ni a mirar al hermano por encima del hombro. Recuerdo una conversación con el cardenal de Toledo D. Marcelo González Martín, del que estamos celebrando el  centenario de su nacimiento: le contaba que estábamos haciendo misión por las casas de la parroquia y la mayoría rechazaban nuestra predicación. Y me decía él: “Y muchos serán personas de Iglesia, ¿verdad?” Y así era. Porque todo el mundo pensamos que no necesitamos del otro, que ya tenemos nuestras ideas, estamos saciados… Evangelizar, hace dos mil años y ahora, lleva consigo el descrédito, el rechazo, la asignación de una etiqueta…el desprecio y la persecución, incluso. Y los discípulos no podemos ser más que nuestro maestro, que fue rechazado y muerto en la Cruz. A eso estamos llamados; para eso nos ha elegido el Señor. Para dar una palabra de ánimo a los cansados, comunicar el amor de Dios a personas de toda condición y edad,  invitar a vivir en un pueblo que camina fiado de Cristo, conocer la misericordia de Dios, poder sobrellevar el sufrimiento y la cruz…

Termina san Marcos diciendo que “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.” Y con una frase que debe ayudarnos en nuestra vida diaria, en nuestra misión evangelizadora de cada día: “…se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.”. ¡Claro que Jesús percibía la falta de fe de sus vecinos de Nazaret! Pero a pesar de ello siguió caminando, recorriendo pueblos y ciudades, enseñando, evangelizando, proclamando la Buena Noticia del Amor de Dios y su presencia.

Concluyo recordando que nosotros no somos mejores que quienes rechazaron y rechazan en nuestro tiempo su palabra. Tenemos que recordar cuántas veces hemos gritado a Dios por darnos una historia que no nos gusta, o cuántas veces le hemos negado, como hizo Pedro, para no pasar la vergüenza de que nos considerasen seguidores de Cristo, es decir: cristianos. El Señor nos llamó un día, y sabe de nuestras infidelidades y de las veces que abandonamos a Cristo o cerramos nuestros oídos a su llamada. A pesar de todo, nos invita a evangelizar en su nombre, en nuestra patria o en tierras lejanas.

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