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El ser humano, la soledad y la compañía 
08 de Febrero
Por Francisco Lerdo de Tejada

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas (San Marcos 6, 30-34).

COMENTARIO

Descanso, calma, compasión son tres realidades que acompañan a los que se adhieren a Jesús y le siguen. Es propio de Dios lo positivo aunque haya que pasar por la puerta del dolor para alcanzarlo.

El Señor siempre está pendiente de nosotros y de nuestras necesidades. Nada se le pasa por alto. Él sabe que trabajar por su Reino es duro pero el premio es siempre mayor que la exigencia, incluso ya en esta vida.

Los discípulos vienen emocionados y cansados. El apostolado había sido duro y no habían podido ni comer. Jesús no desconoce esta realidad humana y quiere atenderla. Primero hay que buscar el Reino, pelear por él pero luego viene el descanso, el consuelo.

El ser humano es una realidad compleja tejida de necesidad de compañía y de soledad. Necesitamos de los demás para poder amar, para entregarnos, para salir de nosotros mismos y de nuestro mundo pequeño. Pero también necesitamos tiempos de desierto, de irnos a solas con Jesús y estar con Él  porque nuestra alma anhela a Dios y desea la soledad y la intimidad sin criaturas que entorpezcan este diálogo de amor entre el Esposo divino y el alma esposa.

En esos encuentros sin testigos Dios derrama dones inefables en las almas. Se descorre por un tiempo el velo de la eternidad y se gustan ya en la tierra los bienes preparados para el cielo.

Esta ambivalencia apostolado- soledad con Dios es el secreto que ha mantenido viva y ardiente la llama de todos los apóstoles que después de los Doce han seguido a Cristo a lo largo de los siglos.

Es este descanso en el Corazón del Señor sabiéndonos discípulos amados el secreto de la fuerza para la entrega. El contacto con su Corazón dilata el nuestro y nos abre a una compasión más grande. La compasión infinita de Dios por todos los seres que Él ha creado se derrama en las almas que descansan en Él y las llena de una fuerza amorosa que no es de este mundo.

¡Cuánta calma y descanso respira el alma que duerme en el seno del Señor y se deja regalar por Él! Parece  que este sueño divino la duerme a todas las preocupaciones y desvelos de este mundo y la instala en una paz imperturbable. Aprende a ocuparse de las cosas sin preocuparse porque la fe de vivirse en los brazos del Padre la libera de todas las turbaciones de esta vida.

Como la mirada del Bautista escrutaba  el horizonte en su anhelo de contemplar la venida del Mesías el alma que ha hecho su nido en Dios proyecta su mirada hacia la eternidad. Comprende así que todo es pasajero, trasciende la historia y su propia historia y se ancla con firmeza en lo que durará siempre. Vive más para lo que no ve que para lo que ve y tiene siempre dibujada una sonrisa divina que le lleva a que todo le parezca bien pues todo esta ordenado por el Padre del cielo y a Él no se le escapa nada.

La compasión de Dios es una manifestación de su misericordia infinita. El misterio de su Encarnación y su paso por esta vida como un hombre cualquiera causo escalofríos a los mismos ángeles. ¿Cómo Dios se iba a degradar tanto? Algunos dicen que esta fue la causa de la rebelión del orgullo herido de Lucifer.

Dios que se abaja, Dios que se entrega, Dios que se cansa, Dios que se compadece, Dios que se da a sí mismo, Dios que enseña con calma…, este es el camino.

El Señor tiene mucho que enseñarnos pero tenemos que tener ese deseo en nuestro interior y buscarlo con el mismo ahínco con que lo hacían las multitudes en su tiempo. Estos hombres que aparecen en este pasaje  no lo buscaban para comer ni para que les hiciera milagros, como ocurre en otros lugares del Evangelio. Le buscaban porque querían satisfacer una sed interna mucho más importante que la sed corporal.

Es bueno reconocer que lo espiritual es más importante que lo material y que nuestras almas valen más que nuestros cuerpos. No se trata ni mucho menos de despreciar lo corporal ni de decir que el cuerpo es malo. Se trata más bien de priorizar, de tener una escala de valores y respetarla. Primero Dios, primero lo eterno, primero lo que ha de durar siempre, primero lo que me lleva a unirme más con Dios, primero la salvación de las almas…después lo pasajero, lo que se termina, lo caduco.

La vida con Jesús es una maravillosa aventura que  une lo humano y lo divino, el cielo y la tierra, lo espiritual y lo material. Nada les falta a los elegidos de Dios y hasta el mejor vino corre en las bodas de Caná para alegrar a todos los que  se regocijan en la presencia del Dios amor que vino a salvarnos.

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