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Necesitamos ser hijos pródigos 
27 de febrero
Por Juan Sánchez

 

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: – «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: – «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. ”

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”». Lucas 15, 1-3. 11-32

El capítulo 15 del evangelio de san Lucas se inicia afirmando que los publicanos y pecadores se acercaban para escuchar a Jesús, mientras que los fariseos y los escribas murmuraban: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,1-3). Y a continuación presenta tres parábolas unidas por el mismo tema: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10) y el hijo perdido (Lc 15,11-32). Esta última parábola, conocida como el hijo pródigo, es el evangelio de hoy, un texto muy conocido del que enunciaré algunas claves:

El Padre es imagen de Dios. Misericordia, bondad, libertad, paciencia…No duda en repartir su hacienda entre los dos hijos cuando el menor le pide su parte para marcharse fuera del hogar. Frente al desgarro de la ruptura y el desencuentro, deja que su hijo marche libremente, que pruebe su libertad. Y este Padre experimentará el dolor del hijo perdido, de palpar su casa semivacía, de echar de menos a su hijo pequeño…Es la experiencia de la familia, en la que cada miembro es importante. No por ser una familia numerosa deja de ser dolorosa la falta de alguno de los hijos. Cada hijo es insustituible. Por ello la alegría infinita del Padre cuando ve desde la lejanía el retorno del hijo. El abrazo entre el Padre y el hijo pródigo, el encuentro entrañable, la fiesta por la vuelta del hijo que estaba perdido, “que estaba muerto y ha revivido”.

Los dos hermanos. ¡Qué fácil enjuiciar! Probablemente somos como los fariseos, e inmediatamente juzgamos a ese hijo que dilapida los bienes, que se vuelve un vividor y abandona sus responsabilidades en la casa paterna…Y sin embargo Jesús pone en este evangelio a dos hermanos porque son dos prototipos, dos modelos de hombres que en realidad se parecen a cada uno de nosotros. El hijo arrepentido que es capaz de volverse al Padre, de convertirse, de pedir perdón, de volver a empezar, de gozar del Amor del Padre, de vivir la alegría y los frutos de la reconciliación…Y el hijo mayor, siempre cumplidor, justiciero, que no ha sabido saborear los bienes de la familia, que no ha disfrutado del gozo de vivir en el seno del hogar…y que se siente ofendido porque el Padre organiza un banquete y una fiesta en honor del hijo que supo reconocer sus errores y volver…Dos formas de pensar y de obrar que nos invitan a mirar nuestro interior. Cada vez que miramos al prójimo con prepotencia, creyéndonos superiores, viendo al otro como pecador…estamos actuando como el hijo mayor de este evangelio.

Esta parábola nos invita también a reconocernos pecadores y a tener una actitud permanente de conversión, a ser verdaderos hijos pródigos que nos creamos realmente pecadores y tengamos la necesidad de ser hijos pródigos. El perdón no puede ser una rutina: la vuelta al Padre tiene que estar bañada de humildad. Hay veces que volvemos a nuestra casa pero no abrimos nuestro corazón, no intentamos integrarnos en la familia, no colaboramos en la construcción de esa familia con todas nuestras fuerzas…Somos como inquilinos, que utilizamos los bienes del hogar como si los hubiésemos alquilado, como si nos los mereciéramos, con exigencia…Y este proceso es de todos los días. El hijo pródigo o los hijos pródigos un día descubren su error y vuelven confiados en la misericordia del Padre. Tomaron una decisión, dilapidaron las riquezas y carismas que el Padre les había otorgado por pura bondad, y cuando se vieron en la pobreza de todo tipo (económica, afectiva, de valores…) decidieron volver al Padre. A su modo fueron valientes, tomaron una decisión, aunque fuese equivocada; pero supieron corregir su camino. Pero hay hijos, muchos de nosotros, que permanecemos en la casa del Padre pero vivimos como extraños; no nos marchamos del hogar pero estamos ausentes y nos cuesta hasta colaborar en las más pequeñas tareas que construyen un hogar y una familia. También en estos casos necesitamos sentirnos hijos pródigos e iniciar un camino de conversión, de encuentro con el Padre, de vivencia profunda con el otro, con los demás miembros de la familia.

Todos los cristianos necesitamos ser hijos pródigos, querer volver al Padre y experimentar su abrazo misericordioso. En esta cuaresma espero que tengamos verdaderos deseos de sentirnos pequeños, pecadores y que demos gracias en todo momento por tantos bienes que el Señor nos regala cada día y que no valoramos. En el fondo pensamos que todo nos lo merecemos: somos fieles cumplidores, como el hijo mayor, así que estamos legitimados a sentirnos hijos de primera. Pidamos a la Virgen María que nos ayude a ser sencillos y humildes como ella y que tengamos deseos profundos de sentirnos hijos pródigos: hijos que miran al Padre e inician cada día el regreso a su Hogar.

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