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“Sed como niños” 

«Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?”. Él llamó a un niño lo puso en medio y dijo: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños». (Mt 18,1-5; 10,12-14)

Horacio Vázquez

Jesús nos coloca frente a la evidencia de la inutilidad de las destrezas humanas para alcanzar al cielo. Ante la pregunta de sus discípulos sobre quién era el más importante en el reino de los cielos, Jesús no lo dudó. Y no escogió al más sabio de los que allí estaban, ni al más prudente, ni al rico, ni al maestro, ni al discípulo, ni al médico, ni al banquero, ni al escriba, ni al sacerdote, ni al anciano, ni al poderoso, ni al padre de muchos hijos, ni al militar, ni al terrateniente, ni al esclavo. Les puso delante a un niño. A uno cualquiera de los muchos que correteaban por la plaza. Lo llamó cuando jugaba con sus compañeros, y lo tomó cariñosamente por los hombros, le hizo un sitio en la asamblea de los mayores, que estaban llenos de suficiencia y que contemplaban asombrados esta escena esperando una respuesta. ¡Este es el más grande en el reino de los cielos!, les dijo, y para que no quedaran dudas sobre lo que decía, y cuando los presentes aún no se habían repuesto de la sorpresa de aquel gesto, añadió: “El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí”.

Jesús no eligió a aquel niño por sus especiales cualidades; no era un niño prodigio, no era el hijo de alguien importante. Solo tenía su inocencia, la misma que compartía con los otros niños que jugaban con él, y un corazón puro que no había sido triturado por el molino de la vida, sin llagas que curar, sin cuentas que saldar, sin ambiciones que cumplir. Un corazón que mantenía intactas las esencias que Dios pone en el alma de los hombres al nacer, un corazón nuevo, recién salido de sus manos misericordiosas. Son los mismos niños a los que después acogerá Jesús amorosamente, cuando sus padres se los presentan para que les imponga las manos, y sus discípulos los reprenden porque molestan al Maestro. “Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”, les dice entonces, y con idénticas palabras, los declarará sus predilectos para el reino de los cielos, mientras les impone las manos que santifican y sanan.

Es pues preciso que nos pongamos de modo urgente a la tarea de “hacernos pequeños como ese niño que Jesús tiene entre sus brazos”, debemos despertar al niño que todos llevamos dentro, y no impedirle con falsos miramientos que se acerque a Jesús, como entonces lo pretendieron sus discípulos. Nos tendremos que despojar de la falsa sabiduría de nuestra experiencia humana, de los prejuicios que hemos acumulado contra los demás, de la suficiencia que nos hace superiores a los otros.

Abandonaremos las regalías que nos hemos otorgado por lo bonita que es nuestra casa, lo cuidado que está nuestro jardín, los “masters” que hemos realizado, las preferencias con las que nos distinguen nuestros importantes amigos, la vanidad de los libros que hemos escrito, de las lecciones que hemos impartido desde la cátedra del mundo, de tantas y tantas cosas de las que nos sentimos orgullosos, y que, sutilmente, nos alejan del niño que tenemos dentro, y que ahora, en este mismo instante, cuando tratamos de alcanzar el sosiego de los afanes cotidianos que nos embargan, perturba nuestro descanso con sus juegos, reclama insistentemente nuestra atención, nos distrae con naderías y nimiedades, nos espera despierto en la cama para que recemos con él la última oración del día…

Y si estamos muy lejos de entender esto, si no comprendemos lo que nos pasa, si nos complace nuestra forma de ser y no tenemos nada que reprocharnos, en tal caso, aún nos queda la fórmula maravillosa que nos ofrece Jesús: ¡Acojamos al niño que tengamos cerca! ¡A uno cualquiera de los que no tienen nada de nosotros! A “un niño como este…”, como dice Jesús, que puedes ser tú mismo, o quizá a uno de tus hijos, que vive en tu misma casa, pero al que últimamente ves muy poco…, y estréchalo entre tus brazos, examínate del amor que le debes mientras sientes los latidos de su corazón contra tu pecho, y averigua si eres capaz de sentir como él, comprueba si te queda algo de la inocencia que en él rebosa, y si lo acoges, y si aún te queda alguna lágrima que derramar por tu ceguera, puede que entonces, sutilmente, como en la dulzura de un rezo, sientas al mismo Jesús según su promesa.

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