Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, abril 23, 2021
  • Siguenos!

Sed hombres nuevos y aprender de Dios 
27 de Febrero
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿Qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿Qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto»
(San Mateo 5, 43-48).

COMENTARIO

En el Sermón de la Montaña, Jesús hace una halakak, una reinterpretación de la ley, dándole su verdadero significado. El mandamiento de la ley rezaba: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Los judíos la aplicaban de forma literal, amando a los prójimos, los vecinos, los connacionales, pero rechazando, despreciando a los extraños. Jesús corrige este razonamiento, porque no es esta la intención de Dios, y nos remite a la naturaleza de Dios, de quien dimanan los mandamientos. Dios no hace distinción de personas, distribuye sus dones a todos, malos y buenos, justos e injustos, porque todos son dignos de su amor.

Pero Jesús va más allá del precepto, puesto que resulta relativamente fácil amar a los que nos aman, a su vez, hacer el bien a los que nos lo hacen, porque se trata de una simple devolución de favores. Ya resulta más complicado el amar a los extraños y desconocidos, recibir a los viajeros ocasionales, compadecerse del sufrimiento de las personas anónimas de las que oímos hablar en las noticias, ya que no afectan a nuestra vida cotidiana. Pero lo que resulta imposible es amar a aquellos que te odian, los que te hacen mal, los enemigos que tienes a tu lado. Ello supera nuestras fuerzas.

Jesús es consciente de ello: el hombre puede amar a los suyos, pero no a sus enemigos. El hecho es que todos los pueden hacer; los gentiles que no han recibido la palabra aman a los que los aman, al igual que los pecadores e injustos, que son justos con sus amigos. Sin embargo, ¿quién puede amar al que le está haciendo daño?

¿Por qué, entonces, Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos? ¿qué ha cambiado en el corazón del hombre? Hay una novedad: en Cristo hemos conocido el amor, y el amor es Dios, y Dios es entrega de sí mismo por todos, tanto de los que le obedecen como de los que lo rechazan. De este modo, todos aquellos que han recibido el Espíritu de Dios, pueden realizar las obras de Dios, las mismas de Cristo, y aún mayores. Por eso, el cristiano que, por el bautismo, ha recibido el espíritu Santo, tiene el poder de amar a los enemigos y orar por sus perseguidores, como Cristo en la cruz, como Esteban cuando está siendo apedreado. Este poder lo tiene el cristiano y sólo el cristiano. Y esta capacidad para amar al enemigo es lo que nos hace perfectos, como nuestro Padre celestial, porque la perfección de Dios, como traducirá san Lucas, es la misericordia. Dios conoce nuestras debilidades y no nos destruye por ello, sino que se compadece; del mismo modo, el cristiano, ante el ataque de sus enemigos, no reacciona con furia, sino que, como Cristo en la cruz, pide su perdón, “porque no saben lo que hacen” y son todos dignos de misericordia, no de condenación.

Añadir comentario