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Segundo misterio. Las bodas de Caná 

Y después de la luz del Bautismo, el Señor nos hace presente la alegría de vivir, y lo hace en un contexto de bodas. No hay nada más festivo en este mundo que una boda, siempre me sorprende el silencio sepulcral que se hace en el momento en que los novios realizan en público la declaración que dará origen a una nueva familia. Es como un nuevo comienzo. Si el amor es posible, la vida puede merecer la pena. Por muy de vuelta que estemos de todo, el momento del sí es una nueva posibilidad de que se produzca lo único que realmente nos interesa, el amor. ¿Será posible? Sería tan hermoso… Y después comienzan los abrazos, los buenos deseos, el rito del arroz, la comida, la bebida, la música, la danza… y corre el vino, imagen por sí solo de la fiesta. Porque sin vino no hay fiesta, le es consustancial, es su icono.

En las bodas de Caná ocurre algo que conocemos ya, se acaba el vino y sin él la fiesta se pone en riesgo, y por tanto la misma boda. Resulta curioso que sea María quien se dé cuenta, se ve que está pendiente de los detalles; y, hablando con su Hijo, desencadena lo que terminará en un prodigio extraordinario, la conversión del agua en vino; en un excelente vino que despierta la admiración de todos —incluso de los entendidos, como el maestresala. Lo que crea más extrañeza es el hecho de que el mejor vino aparezca al final, cuando la celebración está ya muy avanzada, cuando debiera comenzar a decaer.

Me gusta mirar así la vida, como si de unas bodas se tratara. Así lo entiende el libro del Cantar de los Cantares, el contexto general de toda la Escritura, y en particular muchos pasajes evangélicos y parábolas de Jesucristo. Unas bodas en las que ocupamos el lugar de la esposa, en las que Él, el esposo, nos busca, nos ronda. Busca a su esposa, desea seducirla sin avasallarla, atraerla en su total libertad, permitiendo ser esquivado una y otra vez.

“¡Llega el esposo!, ¡salid a recibirlo!”…; pero la esposa duerme, no tiene puesto en Él el corazón, le distraen otras cosas, que, aunque le resultan atractivas, en el fondo le llenan de tedio, no le colman… duerme. Y así va pasando la vida, sin alegría, sin fiesta, sin vino… Quizás un sucedáneo que otro contribuye a aumentar el desasosiego…  pero la esposa duerme, le falta el amor de su auténtico esposo.

Lo curioso es que Él sigue rondando en cada encrucijada de la vida, y digo bien, encrucijada —que viene de cruz— porque en el atardecer de la vida todo va tomando un tono tristón al asomar al fondo el ocaso. La vida se nos escapa absurdamente y solo tenemos cosas; se nos va sin poder retenerla, como sucede con el agua entre los dedos. Pero mientras hay vida, Él sigue rondando con el ímpetu del primer impulso, acrecentado incluso por el deseo y la insistencia: “Ábreme amada mía, ábreme paloma, que mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos del relente de la noche”.

Entonces sucede el milagro cuando ella, la madre, hace un gesto imperceptible: “Sí, Hijo mío, sí es ya la hora”; y Él, obediente, realiza el gran milagro, surge el vino bueno que provoca la fiesta, imagen del que nos dará al final, el vino del esposo totalmente entregado: Cristo mismo dándonos a beber su propia sangre. Con Él nos queda por vivir lo mejor de la vida, ya estemos viejos o enfermos o no tengamos nada.

Aún en el final, en el ocaso de la vida, vivir con Cristo es con mucho lo mejor. Con Él, la vida aguada se transforma en vino nuevo, en un prodigio que hace exclamar a la esposa: “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos, porque estar en el umbral de tu casa es siempre mejor que habitar en los palacios”, y también: “Encontré el amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás”.

Enrique Solana

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