Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 28, 2021
  • Siguenos!

“SEÑOR, NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA” 
13 de Septiembre
Por Mª Nieves Díez Taboada

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaum. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado, a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado.
Ellos presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»
Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “ve”, y va; al otro: “ven”, y viene; y a mi criado: “haz esto”, y lo hace.»
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.»
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano
(San Lucas 7, 1-10).

COMENTARIO

El centurión era un hombre bueno, aunque sea poco lo que sabemos de su vida, se nos presenta respetuoso con la creencia religiosa de un pueblo sometido, hasta el punto de entregar tiempo, trabajo o dinero para ayudar a la construcción de la sinagoga, e interesado por la curación de su siervo “al que estimaba mucho” en una sociedad como la romana, donde un criado no tenía legalmente derechos, lo que indica su postura abierta a la caridad.

Este precioso momento de la vida de Jesús ha sido muy comentado y explicado y ha quedado en la liturgia de la Eucaristía, como oración de humildad y reconocimiento a Dios en la sagrada hostia, antes de recibir la comunión. El hombre que se declara pecador, e indigno como el publicano en su oración en el templo, es escuchado porque el que se humilla será ensalzado.

Esta exigencia de humillación que muestra Dios y repite en sus enseñanzas Jesús, no es por la soberbia prepotente del jefe humano, que gusta de abajar a los que le rodean para saborear su categoría superior, no. Simplemente después del primer pecado de Adán y Eva, es necesario a todo ser humano este reconocimiento de la culpa, lo que le hace humillarse ante su creador, para recuperar el puesto de hijo. Solo conscientes de nuestra pequeñez y despojándonos de toda vanidad y pretensión, estamos a la altura precisa para relacionarnos con Dios. La soberbia nos aleja y hace imposible el dialogo con él. La humildad ante Dios y la caridad con el hermano son las dos virtudes esenciales desde la fe, para construir la vida coherente de un seguidor de Cristo.  El centurión es un extraño cristiano pagano.

El centurión reconoce la divinidad de Jesús, su poder sobre las leyes de la naturaleza porque las impuso como creador de todo y de todos. Lo mismo que a él, por su autoridad como oficial militar, le obedecen sus subordinados, la enfermedad obedecerá a Jesús   como un siervo obedece a su Señor. El creador ejerce su poder sobre la enfermedad e incluso la muerte.  La fe del centurión va acompañada de la humildad de hacer pública su menor categoría y reconocerse indigno ante este personaje, que él ya considera divino. Este reconocimiento de la divinidad de Jesús deja admirado al Señor: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.” ¿Cómo este hombre pagano descubre con sencillez la condición del Mesías, y escribas y fariseos tan conocedores de las escrituras, no reconocen, ante los signos que realiza, al esperado hijo de Dios, que profetizaron sus padres?

La cerrazón de la increencia prohíbe todo razonamiento; contra los que piensan que la razón es enemiga de la fe podemos presentarla aquí como fruto del raciocinio del centurión: solo Dios dueño de la vida puede curar, resucitar, perdonar, ergo, éste que cura con la palabra, a distancia y se atreve a decir “tus pecados quedan perdonados” tiene que ser de origen divino. El Espíritu Santo que actúa en los corazones dúctiles y los modela suavemente, sin duda, había conducido e impulsado las palabras y los actos de este buen centurión romano.

Añadir comentario