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Señor, solo hay uno 
05 de Junio
Por Ramon Domingez

En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?» Jesús, viendo su hipocresía, les replicó: «¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.» Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta cara y esta inscripción?» Le contestaron: «Del César.» Les replicó: «Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.» Se quedaron admirados (San Marcos 12,13-17).

COMENTARIO

Esta sección del evangelio según S. Marcos agrupa las diversas controversias con las que los enemigos de Cristo pretenden sorprenderle buscando un motivo de condena. En esta ocasión son los fariseos confabulados con los herodianos, con los que no tenían tratos por considerarlos colaboracionistas de los ocupantes romanos, los que se unen contra el que consideraban una amenaza para sus intereses. Le proponen una cuestión espinosa que tocaba muy profundamente los sentimientos del pueblo: si había que pagar la cuota impuesta por los invasores, signo del sometimiento de la nación a la potencia ocupante. Fuera cual fuese la respuesta de Jesús, le comprometía necesariamente; si respondía que sí, quedaba mal ante la gente pudiéndole acusar como enemigo del pueblo; si contestaba que no,  podía ser acusado ante las autoridades romanas de fomentar la sedición.

La respuesta de Jesús: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios”, marca un hito en la historia de la humanidad y abre el camino hacia la auténtica democracia y el respeto a la dignidad de la persona. Desde que tenemos conocimiento de la historia de la humanidad, el poder político ha estado siempre asociado al poder religioso; los reyes eran considerados como descendientes de los dioses, ocupando su lugar como sus representantes en la tierra; de este modo, la política se aseguraba la fidelidad de los súbditos, manteniéndolos sujetos y sumisos a los intereses del estado. Así funcionaron los grandes imperios y las pequeñas naciones de la antigüedad, y así estaba también asegurado el dominio de Roma imponiendo el culto al Emperador. Siempre ha intentado el poder político adueñarse o aliarse con la religión; un ejemplo palpable en la actualidad lo constituye el Islam, que no distingue entre religión y política, por lo que no deja espacio para la libertad individual, ni respeta la libertad de conciencia ni la de pensamiento ni la de libre expresión; ejerciendo un control opresivo sobre todas las personas. Con ello se convierte en un estado opresor y dictatorial.

De hecho, así es como operan los gobiernos despóticos de la actualidad, como lo han sido tanto el nazismo o los regímenes comunistas; y como amenazan serlo cuantos empiezan a regirse por las modernas ideologías del momento. El esquema es el mismo, pues se han limitado a sustituir la religión por la ideología, pero el resultado sigue siendo la opresión de las conciencias y el desprecio a las libertades y a los derechos humanos.

Cristo, en cambio, separa el campo de la política del de la religión. Como defendieron los primeros cristianos ante el estado romano: una cosa era la política, y ellos, como buenos ciudadanos acataban las leyes del imperio, mientras no se opusieran a Dios, y otra cosa era el ámbito de la propia fe. El César era el César, pero Señor de la verdad y de la vida sólo lo era Cristo. Esta perspectiva deja el espacio abierto a la libertad individual y a la cooperación en las tareas de la ciudad secular. Es el principio que permite la democracia y el respeto a la persona y el que ha hecho posible la civilización occidental y la vida en libertad. Su olvido, como está sucediendo en estos momentos con la imposición arbitraria de la absurda ideología de género, puede devolvernos a los tiempos oscuros de las sociedades tiránicas y de los gobiernos absolutistas.

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