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Sentarse en el último puesto 
31 de octubre
Por Juan Alonso

“En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. (Lc 14, 1. 7-11)


La comida en casa de un fariseo le da ocasión a Jesús para ofrecer muchas enseñanzas sobre el Reino de los cielos, según se refleja con claridad al final del discurso, cuando habla del banquete como imagen del banquete futuro en el reino de Dios. En el pasaje evangélico de hoy, Jesús recuerda a los presentes una norma de urbanidad que todos ya conocían por aparecer en un antiguo proverbio: «No te des importancia ante el rey, no te coloques entre los grandes; mejor que te digan: “Sube acá”, que verte humillado ante los nobles» (Prov 25,6).

Pero con este consejo, Jesús quiere enseñarles mucho más que una mera regla de cortesía o una pauta de educación. Desea instruirles acerca de una verdad relativa al reino de Dios que ha venido a establecer: quien quiera entrar en el reino de Dios ha de hacerse pequeño, sencillo, humilde, porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. La parábola del fariseo y del publicano que van a orar al templo termina con la misma sentencia (Lc 18,9-14).

Existe una cierta creencia de que la humildad es sinónimo de apocamiento, de timidez, de flaqueza. Pero nada de eso hay en las enseñanzas de Jesús sobre esa virtud. Somos humildes cuando vivimos según la verdad de Dios y de nosotros mismos. Y esa verdad nos habla de que somos pecadores y miserables, pero también hijos queridísimos de Dios. Cuando Jesús dice: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), nos está animando a olvidarnos de nosotros mismos para dejar actuar a Dios en nosotros. Aunque ciertamente somos “siervos inútiles”, llegamos a ser muy “útiles” a Dios cuando nos ponemos en sus manos como un instrumento dócil y le dejamos hacer. Por eso “humildad” y “servicio” van siempre de la mano. Es lo que enseña Jesús a sus discípulos en la Última Cena, cuando surge entre ellos una discusión sobre cuál de ellos había de ser tenido por mayor: que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve (Lc 22,26).

Cuenta el cardenal Comastri que en la víspera de su ordenación sacerdotal en 1967, le llegó la inesperada noticia de que un íntimo amigo suyo, joven como él, había dejado el sacerdocio. Le entró una gran tristeza y su inefable entusiasmo por ser ordenado sacerdote al día siguiente se tiñó de repente de un angustioso temor. Su madre —con ese sexto sentido que tienen todas las madres— percibió su estado interior y le preguntó qué le pasaba. Él le contó todo, también su temor de no ser fiel al Señor en el futuro, una vez ordenado sacerdote. Su madre le tomó las manos, le miró a los ojos y le dijo: «¡Escúchame, hijo mío! En el gran día de los Ramos, Jesús entró en Jerusalén cabalgando sobre un borriquillo. Mantente siempre como un humilde burrito… y Jesús nunca dejará de cabalgar sobre ti: estoy segura de ello». Las palabras de su madre le dieron una gran paz y, al día siguiente, durante la ordenación sacerdotal, se repitió para sus adentros: «Mantente como un humilde burrito… y Jesús nunca dejará de cabalgar sobre ti». (Dios es amor. Ejercicios espirituales).

Hoy le pedimos a Jesús que sepamos ser siempre ese burrito humilde que le hizo de trono en su entrada a Jerusalén. Nuestra Madre Santa María, la esclava del Señor, nos enseña a entender que servir a los demás es una de las principales formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús.

Juan Alonso

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