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SER LUZ ENTRE LOS HOMBRES 
30 de Octubre
Por Manuel Requena

Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» Pero ellos se callaron. Entonces le abrazó, le curó, y le despidió en seguida. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?» Y no pudieron replicar a esto (San Lucas 14,1-6).

COMENTARIO

Deformes en amor, maleducados, aquellos fariseos invitan a Jesús a comer solo para observarle, sin quitarle ojo de encima, —quien pudiera—, pero con intención de cazarlo en algún detalle, como si se lavaba o no las manos hasta el codo, para justificar la condena que ya tenían ellos en su corazón. Los prejuicios no nos dejan ver a las personas como son, sino como queremos que sean para la construcción de una realidad en la que nosotros decidimos lo que es y debe ser cada uno. ¡Si hubiesen mirado a Jesús lleno de gracia! Habría cambiado la historia. Por eso tampoco veían al hidrópico, el enfermo, ni mucho menos se veían a ellos mismos. Sus ojos eran espadas clavadas solo en Jesús.

Jesús, que se había definido como el agua viva, miró al enfermo. No era de su agua aquella “hidro-pesía”, sino un síntoma grave. En toda la Biblia, solo aquí sale este diagnóstico sobre una obesidad mórbida y lo usa el médico Lucas. Él sabe que debajo de aquella inflamación serosa, hay una enfermedad severa. Aunque seguramente era más mortal la de aquellos fariseos con el corazón obstruido por sus prejuicios. Pero ellos no se dejaron curar.

El núcleo de todo Lc.7 es el trabajar o no en sábado, sagrado para los fariseos. Mateo, Marcos y el mismo Lucas (Lc.6 ) tienen esa polémica, referida al hombre de la mano seca y en alguna sinagoga, pero el hombre hidrópico es exclusivo de Lucas. Seguramente lo conoció personalmente después, para contarlo con tanta precisión.

¿Qué hacía un hidrópico en un banquete ofrecido por un jefe de fariseos?. Pero allí estaba, delante de Jesús, invitado especial a una comida. Seguramente era alguien importante para el fariseo. Por eso cuando Jesús les preguntó si podía curarlo en sábado, todos callaron. Otras curaciones en sábado fueron protestadas sobre la marcha, pero esta no. ¿Sería el hidrópico el hijo de alguno de ellos? Parece suponerlo el argumento de Jesús: «Si se te cae un hijo o un buey al pozo de agua no lo sacas enseguida?»  Un hijo como un buey por la hidropesía, lo sacarías incluso antes. Pero condenar y dejar mal a Jesús era más importante para ellos aquel día que incluso un hijo. Al menos en teoría, porque ante la verdad de la salud todos callaron.

Hay una frase graciosa de Lucas que sabía de ‘aquello’. Dice que Jesús lo abrazó, lo curó y lo despidió enseguida, porque evacuar, al menos parte de aquella agua por las vías normales, debía ser urgente.

Jesús está con las personas, incluso con los ricos, con los de doble vida, con los falsos que condenan a los demás. Y allí estaba comiendo y bebiendo, como había hecho otras veces, con sus verdugos. (ver Lucas 11, 37-38) «Mientras hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer».

Esta vez solo le clavaron sus ojos y juicio torticero, pero nadie dijo nada. Incluso cuando Jesús les preguntó directamente sobre curar en sábado, callaron. En cambio cuando Jesús comió en casa de Mateo con otros pecadores, montaron su espectáculo de protesta. En los dos casos acabaron bañados por el agua de sabiduría y amor al hombre concreto, sufriente, pecador, al que ellos nunca tenían en cuenta.

Frente a una práctica de su tradición, Jesús se fija siempre en el hombre próximo, que sufre o que goza a su lado. Por eso es el Señor del Sábado. Todo está hecho para el hombre en relación con otro hombre, que es Él. La santidad ontológica solo es de Dios. No se puede confundir con reglas higiénicas o religiosas, ni siquiera en tiempos de pandemias. Acercarse al que sufre, es signo de ser cristiano. Él, que tocaba a los leprosos antes de curarlos, lo que estaba totalmente prohibido ¿qué haría hoy con esta situación de enfermedad mundial? No es la primera pandemia de la humanidad, y los cristianos siempre han estado al servicio del hombre. Recuerdo como uno de los relatos que más me impresionaron en la niñez, no el de algún superhéroe de revista, sino el del P. Damián que se fue a cuidar leprosos y murió leproso, con ellos, en Molokai.

El prójimo al que amar es el que está delante de nosotros. No vale decir “amo a todos los habitantes del mundo, a miles de millones. Solo me faltan unos siete u ocho. Tres que viven en mi casa, cuatro en mi edificio, y otros en mi comunidad. A todos los demás los amo”. Parece un chiste, pero es lo que de otra forma denuncia la última Encíclica del Papa Francisco. Solo se es cristiano siendo como Cristo, luz entre los hombres, y sal para este soso mundo.

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