Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 18, 2019
  • Siguenos!

Servir la mesa de la Palabra 

Servir la mesa de la Palabra
por Rodrigo A. Ávila Ávila

AL HABLAR DE
EUCARISTÍA ACUDE A LA
MENTE EL MOMENTO DE
LA CONSAGRACIÓN O LA
COMUNIÓN, ES DECIR, EL
MOMENTO EXACTO DE
LA “ACCIÓN DE GRACIAS”
OLVIDANDO QUE LA
CELEBRACIÓN NO ES
SOLO EL ACTO DE
CONSAGRAR O RECIBIR
LAS SAGRADAS FORMAS,
SINO UNA FORMA
MUCHO MAS PROFUNDA
DE ACUDIR A
LA LLAMADA DEL SEÑOR

liturgia de la palabra
En toda liturgia el hecho que la convoca queda manifiesto
en la proclamación de la Palabra. La Eucaristía no
escapa a esto, más aún, la proclamación de esta Palabra
no es un hecho anexo a la celebración, sino que, junto
a la mesa del pan a la que el Señor nos invita, la Palabra
se encuentra unida inexorablemente. La Iglesia al respecto
nos ha dicho:“La liturgia de la palabra y la liturgia
eucarística, están tan estrechamente unidas entre si
que constituyen un único acto de culto”. 1
De esta manera la proclamación de la Palabra del Señor debe ser realizada con la
misma dignidad y cuidado que se tiene en la preparación de las ofrendas, con el
mismo respeto ante la consagración o la pulcritud para con los demás signos de la
celebración. Por su dignidad y para no empobrecer lo que se esta celebrando y que
nos convoca, debemos poner especial atención en esta parte de la Misa.
Debemos tener en cuenta, en primer lugar, que la Liturgia de la Palabra es el fundamento
del diálogo entre Dios y su pueblo: es Dios mismo quien nos interpela, la palabra
en sí es un modo de presencia de Cristo, pues Él es de hecho el centro de la proclamación,
desde Él se va al Antiguo Testamento y a Él se vuelve en el Nuevo.

figura del lector
En todo esto la figura del lector y las acciones que este realiza 2 tienen un especial valor,
pues es el encargado de hacer que resalte en la celebración la dignidad de la Palabra
proclamada; por eso creo necesario revisar aquí algunas de sus acciones que en forma
lamentable hoy se hacen con descuido e improvisación, empobreciendo la gran riqueza
que Dios a través de su Palabra nos entrega, olvidando que Dios “está presente en su
Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla.” 3
Llama la atención un fenómeno bastante extendido, como es el de haber olvidado
que por la labor que desempeña, ser lector no es un servicio que deba improvisarse;
y, si bien es cierto que con mucha frecuencia se permite que ante una necesidad
momentánea alguien desempeñe esta labor, lo cierto es que quien lo haga debe prepararse
antes, leyendo por su cuenta la lectura para evitar los silencios innecesarios o
los errores de dicción y ejercitarse en las dificultades de pronunciación y entonación.

Cuando no se presenta este problema es normal
que quienes desempeñan la labor de lector sean
los responsables de alguna acción pastoral o
movimiento de los presentes en la Misa, práctica
que busca que la asamblea se sienta representada
en la celebración para dejar de lado la imagen de
una Misa exclusivamente del clero,4 corriendo el
riesgo muchas veces de pasar por alto que por su
dignidad hay que privilegiar la Palabra antes que la
representatividad de la asamblea, pues no se participa
más por realizar más funciones. Proclamar las
lecturas de la Misa requiere técnica y práctica, y
su realización debe ser efectiva, de modo que, si
quienes las realizan no las poseen, solo empobrecen
la maravilla de la celebración, a la vez que no
realizan un servicio, antes bien lo dificultan.
En síntesis, todo se resume en atender a lo que la
Iglesia al respecto nos señala:“El fiel laico que es llamado
para prestar una ayuda en las celebraciones
litúrgicas debe estar debidamente preparado”.5
Cuando no existen personas idóneas para la realización
de esta función, se debe recordar que
ante todo el ministro de la Palabra es siempre el
sacerdote o en su defecto el diácono; no hay
razón para que obligadamente sea algún laico el
que desempeñe en estos casos la labor de lector.
Pensar que es función de los laicos leer siempre
en la celebración, es una visión errada de lo que
es la verdadera participación, pues no por el
hecho que alguien de la asamblea no lea o realice
tal o cual función es menos participativa. La
función de lector (o ministro de la Palabra) es prerrogativa
del sacerdote, quien puede delegar y
realizar a través de otros esta función.

el centro de atención
Por todo ello es de suma importancia ver y revisar
la calidad de los lectores, para lo cual hay que
tomar en cuenta que la celebración de la Palabra
no es un espectáculo, dando algún realce al individuo
para captar la atención de la asamblea con
gestos, tonos o posturas que convierten al agente
humano en el centro de atención; la Palabra es
lo más importante en esta parte de celebración,
es ella lo que se esta proclamando no las cualidades
del instrumento. Por eso habrá que evitar un
modo teatral de leer, con gestos demasiado afectados
o exagerados, o con tonos que pretendan
emular las situaciones que las lecturas nos presentan;
y, especialmente, el lector no debe jamás
intentar acomodar la lectura, es decir, no debe ni
puede cambiar palabras o frases ni mucho
menos acortarlas para hacerlas mas armónicas al oído. La Palabra del Señor se sostiene por sí misma,
es imperecedera, no necesita de un agente humano para intentar potenciarla artificialmente; el lector
es solo un instrumento, la Palabra de Dios que ha sido capaz de crear el mundo (Gn 1) es por sí misma
potente y eficaz.
La lectura frente a la asamblea es momento en el que el lector debe aminorar su figura, teniendo presente
que proclamar es anunciar. De la misma manera que Juan Bautista al anunciar al Señor dice que
“es necesario que el crezca y que yo disminuya”, el lector debe ejercer su oficio de tal manera que debe
dejar la palabra en tal posición que sea ella el centro de atención de los fieles.
Otro aspecto no menor y que parecen olvidar los lectores es que este oficio no debe ser hecho rápidamente
o con prisas; el lector no debe dar la impresión de estar huyendo al terminar su labor: ocurre
frecuentemente que el lector se dirija veloz y bruscamente a su asiento inmediatamente terminada
su función, cosa que le resta solemnidad a la liturgia, aparte de no estar en consonancia con lo que
se espera de el. La Liturgia de La Palabra debe llamar a la meditación, por lo que hay que cuidar también
los silencios, sin que olvidar que Dios también se encuentra en ellos, por lo que es loable que se
dejen entre una y otra lectura algún espacio para el recogimiento.“La liturgia de la Palabra debe ser
celebrada de tal manera que favorezca la meditación, por eso se debe evitar absolutamente todo
apresuramiento que impida el recogimiento. En ella son convenientes también unos breves espacios
de silencio”.
El encargo que la Iglesia hace a los laicos de ejercer el lectorado, debe por amor a ella y a la Palabra
que se lee ser hecha con humildad, recordando que no es un cargo: debe ser hecha con cuidado y
esmero; el lector no debe erigirse en figura principal y creer que es amo de lo que lee. Un verdadero
lector es un servidor de la Palabra.

1.- Juan Pablo II. Dies Domini, 39.
2.- Las funciones del lector durante la Misa están estipuladas en el Institutio general del Misal Romano, 194-198.
3.- Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 7.
4.- El leer las lecturas según la tradición, no es un oficio presidencial, sino ministerial. Por consiguiente las lecturas sin proclamadas
por un lector, el evangelio en cambio viene leído por el diacono o, si esta ausente, por otro sacerdote. Cuando falte el diacono u otro
sacerdote, el mismo sacerdote celebrante leerá el Evangelio; y en ausencia de lectores idóneos, el sacerdote celebrante proclamara también
las demás lecturas.
5.- Congregación para el Culto. Redemptionis sacramentum, 46.
6.- Insitutio General del Misal Romano, 56.

Añadir comentario