Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 15, 2019
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Sexo y amor 

Una forma que tienen los poderosos para someter a la gente, de manera que acepte los postulados que tratan de imponer, consiste en facilitarles la satisfacción de los deseos suscitados por sus bajas pasiones, creando un clima social propicio para ello y legislando en consecuencia. Aquí también entran en juego las artes de la ingeniería social que manejan los conceptos para adaptarlos a sus intereses. Por eso se habla de «practicar el sexo» como si fuera un derecho, separando su dimensión placentera de su capacidad reproductiva, hasta que se vea como natural la búsqueda del placer a toda costa y la inhibición total de la posibilidad de dar origen a una nueva vida.

Naturalmente todo está previsto: en caso de ocurrir lo indeseado e imprevisto, el camino al aborto está expedito. Y, antes, la facilidad con que se suministran toda clase de fármacos constituye un irresponsable atentado contra la salud pública, pues algunos se dispensan alegremente, sin previa experimentación farmacológica, y, los abortivos, sin alertar de sus posibles consecuencias para la salud de sus consumidoras o, incluso, ocultando la realidad cuando se conocen algunos efectos nocivos.

Para hacer aún más asequible la práctica indiscriminada del sexo y eliminar cualquier connotación que no sea «políticamente correcta», se dulcifica la nomenclatura de lo que en román paladino se expresa con sonoros y, a veces, malsonantes vocablos, para sustituirlos por la cursi e inexacta expresión de «hacer el amor». Además, así se corrompe el sentido de la sublime palabra amor, confundiéndola con la búsqueda de un egoísmo feroz, que lo que menos tiene en cuenta es la donación total de sí mismo a la otra persona.

¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

La unión física de dos personas para realizar el acto sexual mediante la expresión «hacer el amor» es totalmente inexacta y aberrante. El amor es un bien espiritual que nada tiene que ver con la pasión sexual y mucho menos con la lascivia desbordada de unos cuerpos que se restriegan y se penetran ávidamente en busca de una sensación placentera tan intensa como efímera y, a veces, más efímera que intensa… En este caso, la soledad de dos egoísmos en contacto es la antítesis del amor.

Otra cosa es que, entre dos personas que se aman, el deseo de donarse mutuamente, de compenetrarse hasta el fondo, las lleve a protagonizar una bella sinfonía, en la que, tras poner en armonía sus espíritus, sus cuerpos busquen completar esa totalidad de entrega a la que se sienten impelidos. Naturalmente, en este caso es imprescindible la apertura a la vida. De otra manera se incurre en una falsedad que denuncia el egoísmo, que, agazapado en el fondo del alma, sustituye al amor, escamoteando la plena donación y privando a sus protagonistas de la plenitud de su gozo por ser falsa su mutua entrega.

El sexo, roto en su unidad placentera y procreadora, se corrompe y degenera al no ajustarse su práctica a los planes establecidos por Dios, es decir, al no estar dedicado a sublimar el amor de una pareja unida para siempre con proyecto de procreación. Al practicarse mal, no satisface plenamente, desemboca en hastío con la repetición de actos rutinarios y provoca una necesidad de exóticos contactos, que tampoco llenarán a los que tales cosas practiquen. Con ello, se seguirá cayendo en nuevas y más degradadas experiencias hasta límites alucinantes de perversión, con los que tampoco sus practicantes hallarán compañía, consuelo ni paz.

Nada de esto importa a los artífices de las ingenierías sociales, pues el proceso degenerativo de la sociedad dura muchos años y, mientras tanto, ellos van logrando sus objetivos: disminuye la procreación, los negocios relacionados con el sexo se multiplican y las ganancias se disparan. Por eso es indiferente que se bestialice la inteligencia de quienes se engolfan en sus egoísmos hedonistas, poco importa que pierdan el sentido crítico y no piensen más que en aumentar el propio placer.

Los que manejan esta estrategia consideran preferible para sus planes este embrutecimiento generalizado, pues les viene muy bien que cada persona, dedicada nada más que a buscar su propia satisfacción, se niegue a pensar y se abandone en manos de la opinión mayoritaria. De esta manera, se facilita la adhesión a lo que impone quien manda, y, poco a poco, cada votante se va convirtiendo en un fiel y adicto seguidor de quienes le han facilitado el camino de su destrucción.

amor oblativo: corazón y voluntad 

El amor es un sentimiento genuinamente humano que en última instancia proviene de Dios. Éste, por pura misericordia suya, ha hecho partícipes a las personas de tan noble y pura emoción. La importancia que tiene para el hombre es tal que en él está la clave de su felicidad. Nadie puede vivir sin amor y la gran tragedia humana estriba en que se busca la felicidad en la posesión del otro, en el ser alguien importante, en acaparar bienes —cuantos más mejor—, en lugar de ir a la fuente donde se encuentra realmente ese escurridizo y ansiado estado de ánimo: en la donación al otro por amor. Todos los hombres han sido creados con capacidad para amar y con un inmenso deseo de ser amados, pues así lo ha querido Dios al hacerlos a su imagen y semejanza. No ha de olvidarse que, fundamentalmente, Dios es amor.

Una cosa es el amor que tiene Dios, un amor absoluto, infinito, sin un ápice de egoísmo, incondicional, perfecto, y otra cosa es el amor humano. Éste, si es amor y no un sucedáneo más o menos adulterado, participa de la excelencia del amor de Dios y tiene diversos grados de intensidad y diferentes formas de expresión:

El amor que una madre profesa a su hijo, el amor conyugal, el amor entre amigos y el amor a Dios son formas muy distintas de plasmar un mismo sentimiento. Lo mismo ocurre con el amor a la patria, a la profesión, a los recuerdos, etc. Pero lo que es inadmisible es el empleo del término amor para tratar de enmascarar el verdadero sentido de otros conceptos a fin de corromper la moral de las gentes. Tales son los casos de llamar amor a las más burdas y desenfrenadas pasiones sexuales, pues una cosa es que el sexo esté presente en dosis considerables en el amor conyugal y otra que al egoísmo de un disfrute pasional, sin otro ingrediente que sexo desbocado, se pueda aplicar el apelativo de amor.

De forma general se puede hablar de amor a Dios, amor al prójimo y de amor a las cosas. En el acto de amar, además del corazón, entran la inteligencia y la voluntad, mediante las cuales se puede hacer crecer el sentimiento y fortalecerlo. Por eso carece de fundamento argumentar la necesidad de una separación matrimonial por el hecho de que «ya no estoy enamorado». Aquí, la voluntad ha ido en pos de otro objeto de deseo, abandonando al cónyuge sin oponer la menor resistencia al capricho que se ha cruzado entre los esposos.

tu felicidad es mi felicidad

En cada persona hay una doble tendencia: por una parte todo ser desea ser amado para compensar sus carencias y deficiencias; necesita de otro que le complemente, que lo haga sentirse alguien, que le muestre que cuenta para los demás. Por otro lado, necesita amar, darse a los otros, salir de sí mismo y realizarse en la donación.

Pero en la naturaleza humana, trastocada por el pecado, ha aparecido el egoísmo, acaparador sentimiento que todo lo quiere para sí, opuesto al amor, a la donación, indiferente al bien del otro. Este cáncer está siempre presente en cada individuo y se mezcla en mayor o menor proporción con el sentimiento del amor, creando tensiones y malestar en situaciones muy diversas, que suelen ocultársele a quien las padece. Así, cuando una persona se cree que ama muchísimo y, en su interior, al noble sentimiento de donación al otro se une un ansia posesiva que se resiste a toda separación, a toda ausencia del ser amado, lo que está haciendo es amarse a sí mismo, poner en juego su egoísmo y dificultar que el ser amado se mueva con total libertad en su angustiado corazón. Esta actitud provoca el rechazo del ser amado hacia su posesivo amante, es fuente de celos, de suspicacias y de dolorosas rupturas.

El amor humano no puede ser absolutamente puro, puesto que el hombre es imperfecto. Por eso, cuando alguien muestra un amor de una pureza que sobrepasa las fuerzas humanas, ahí se está dando la presencia de Dios, que, mediante la efusión de su Espíritu, capacita al hombre para amar a semejanza de su Creador y sin esfuerzo. Este es el amor que manifiesta en cada generación a Jesucristo y la salvación que trae para todos los hombres. Un verdadero amor debe tender a este modelo de perfección. Ahí es donde la inteligencia y la voluntad tienen una buena oportunidad para intervenir.

Como puede deducirse de lo que se lleva dicho, en esencia, el amor consiste en una donación incondicional del yo al ser amado: es una entrega de uno mismo a la persona amada; no se da solamente lo relativo a su tiempo y a sus bienes, sino que la entrega es de toda la persona, en bloque, aunque eso suponga en muchas ocasiones un gran sacrificio.

Se da sin parar mientes en ello, con el único objetivo de hacer bien al amado. No hay que esperar ni siquiera un mínimo de reconocimiento por parte de nadie, ni ser valorado o comprendido. En la medida en que esto no sea así, se va sustituyendo el amor por el egoísmo. Cuando una persona ama, encuentra su propia satisfacción en la alegría que Dios pone en su corazón y esto, produce una satisfacción tal que sobra cualquier otra valoración o aprobación.

«El amor, según San Pablo, es paciente, es servicial, no es envidioso, no se jacta, no se engríe, es decoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra con la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, soporta todo. El amor no acaba nunca» (1Co 13,4-8). Cuando se ama, no hay que vivir con un anhelo desmesurado de tener a la persona amada físicamente presente, pues eso es egoísmo. De la persona amada se sabe gozar con su presencia y, también, cuando está ausente. En este caso se disfruta rememorando la música que dejó en el espíritu del que ama, las veces que estuvieron juntos. Se recuerdan con alegría los momentos vividos en su compañía, se sabe que volverá libremente, sin coacción, en cuanto le sea posible, se prepara con ilusión la nueva acogida que ha de dispensársela… Todo eso y mucho más llena el corazón y hace plena la vida de quien verdaderamente ama.

Llegar a esta perfección en el amor sólo es posible si Dios, por pura gracia, concede este don. Lo normal consiste en que el amor, tal como puede otorgarlo el hombre, vaya mezclado con una dosis de egoísmo, producto de la naturaleza humana caída.

En muchas ocasiones se habla de amor cuando lo que debería decirse es sexo, egoísmo, amistad o, a lo sumo, enamoramiento. Todo esto son cosas distintas, que, excepto el egoísmo que combate al amor, pueden coexistir con el amor, aunque no siempre.

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