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SHEMÁ, ISRAEL 
07 de Junio
Por Tomás Cremades

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. Respondió Jesús:” El primero es: “Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos”. El escriba replicó:” Muy bien ,Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo, y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas (San Marcos 12,28 b-34).

COMENTARIO

Este acontecimiento se produce después de la controversia de Jesús con los saduceos, secta que no aceptaba la resurrección de los muertos; en ese conflicto, los saduceos le tienden una trama dialéctica sobre el tema de la resurrección. Pues, inmediatamente después, un escriba que había escuchado la predicación de Jesús, le interpela con otra pregunta: ¿Cuál es, a su juicio, el primero de los Mandamientos, el más importante? El Evangelio no nos dice si es para “pillar” a Jesús, o, más bien, para conocer realmente su opinión. Podemos deducir que es la segunda posibilidad, a raíz de la contestación que el Señor le da: “No estás lejos del Reino de Dios”.

 Jesús le contesta con el Shemá, según el libro del Deuteronomio (Dt 6,4). Es algo que los judíos conocían muy bien. Y no podía ser de otra manera; Jesús no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento mayor. Después del “Discurso Evangélico de las Bienaventuranzas” (Mt 5 17-19) Jesús nos dirá: “No penséis que he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i, ni una tilde de la Ley, sin que todo se cumpla”

Y hay una palabra que no puede pasar desapercibida: “todo”. Amar con todo el corazón, con toda el alma…No con una parte. Nosotros probablemente, estemos dispuestos, sí, a amar a Dios. Pero con TODO…ya es más difícil. Ahí entran nuestros afectos, el uso que damos al dinero, la posibilidad de otorgar el perdón de quien nos ha ofendido… ¡amar con todo el corazón! No es tan fácil.

El escriba, doctor de la Ley, lo entiende a la primera. Recuerda lo que dice el Salmo 51: “Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias…”

Es más, el Salmo (40,7) dice:”…No has querido sacrificio ni oblación, en cambio me has abierto el oído…” Y, entonces reconoce que en Jesús se cumple el Salmo: Jesucristo, cumpliendo el Salmo, pues todos los Salmos se cumplen en Él,  le abre el oído, le penetra con su Palabra.

Hay dato curioso sobre este mismo tema, y es en la Carta a los Hebreos (Hb10, 4-8): “…Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo- pues así está escrito en el rollo del Libro -, a hacer, oh Dios, tu Voluntad!

Como sabemos, la Carta a los Hebreos no se atribuye a Pablo, directamente. Su estilo elegante, sin saludo inicial ni final, como era su costumbre, inducen a pensar en una persona de cultura helénica, próxima a Pablo, como pudiera ser Silas, Priscila, Apolo, Bernabé…de una época posterior a Jesús, como del año 70.

Y Jesús le responde con algo muy agradable: “No estás lejos del Reino de Dios”.  El Reino de Dios, que no es otra cosa que el mismo Jesucristo; no estás lejos de Mí, le quiere decir.

Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas. Es tan claro, tan sencillo, tan evidente el lenguaje de Jesús, en aquel tiempo y ahora también, que el que no quiera entender será por eso: por falta de voluntad; pero nunca porque Él no lo explique con tanta sencillez como para que cualquier persona no versada ni tan siquiera en la Ley pueda recibir completamente su Mensaje. Por eso dirá Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga…” (Mt 13, 9). Sabias palabras en la Parábola del Sembrador.

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