Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Sí, está contigo 

“Dijo Yahvé: Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores: pues ya conozco sus sufrimientos (Ex 3,7)

Ya antes del encuentro de Dios con Moisés en la zarza, el autor del Éxodo nos había dicho que Dios había oído los gritos de su pueblo, sometido a la servidumbre en Egipto, y que había decidido actuar.

Ahora vuelve sobre el mismo tema presentando a Yahvé en primera persona. Es así como le oímos decir a Moisés: Bien vista tengo la aflicción de Israel, conozco sus sufrimientos y le he escuchado. Al presentarnos así a Dios hablando de esta forma tan personal, el autor deja, por así decirlo, su papel de cronista de un relato histórico, apareciendo más bien como testigo de fe de la historia de salvación del pueblo santo.

Al señalar con énfasis el “he visto”, “he escuchado”, “conozco”, etc., el autor está apuntalando unos pilares, auténticos fundamentos en lo que respecta a la fe. De hecho, ésta flaquea y se pone en tela de juicio cuando nos da la impresión de que el Dios en quien creemos parece como si fuese ciego y sordo a nuestros problemas.

He ahí uno de los grandes dilemas del hombre para creer: la sensación de que Dios sea ajeno a nuestras contrariedades y desgracias. Este es el dilema, éste es también el problema de Israel a lo largo de su historia. Cuestión y dilema que, con más frecuencia de lo deseable, es fruto de una impaciencia infantil cuando no del capricho como, por ejemplo, cuando le tentaron a Dios en Meribá, acontecimiento que pasamos a analizar pormenorizadamente.

Como sabemos, Israel, contra todo pronóstico, contra toda lógica, sale de Egipto con su carta de libertad bajo el brazo. Digo contra todo pronóstico porque el Faraón se había cerrado en banda a las pretensiones de Moisés que, en realidad, eran las de Dios. Ante esta cerrazón. Dios empieza a hacer aguas en la soberbia del Faraón enviando a Egipto toda una serie de plagas, rompiendo así su resistencia.

El paso siguiente es el que Israel llamó la encerrona del mar Rojo. Arrepentido el Faraón de la marcha de Israel, le persigue con su enorme y preparadísimo ejército dándole alcance justo frente al mar. Ante este peligro, Israel pronto se olvida de que había salido bajo la protección de Dios; lo de las plagas ya es pasado, por lo que se encaran con Moisés: Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto9 (Ex 14.11).

Dios, que sí ve y que también oye, y que, por supuesto, conoce los apuros de su pueblo, acude presuroso en su auxilio: abre de par en par el mar que les impedía el paso. El pueblo da un vuelco en su corazón. Pasa de los gritos maldicientes a la alabanza más profunda. Todo el pueblo a una es un solo corazón, una sola alma y una sola voz. Un clamor agradecido a Dios por lo victoria acontecida sobre sus enemigos se eleva hacia

Él: “Entonces Moisés y los israelitas cantaron este cántico a Yahvé. Dijeron: Canto a Yahvé pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro. Mi fortaleza y mi canción es Yahvé. El es mi salvación. El, es mi Dios, yo le glorifico, el Dios de mi padre, a quien exalto…” (Ex 15,1-2).

Se supone que esta experiencia debería ser ya lo suficientemente fuerte como para confiar en Dios en todos los avatares y contratiempos que se pudieran presentar en adelante. Pues no fue así, casi diríamos que en sus protestas no dieron respiro a Dios. Salidos del mar y puestos nuevamente en camino, se revelan contra Moisés y vuelven sus ojos hacia Egipto añorando que allí, aun cuando eran esclavos, al menos comían:

“Toda la comunidad de los israelitas empezó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: ¡Ojala hubiéramos muerto a manos de Yahvé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos…!” (Ex 16,2-3).

Dios mira a este pueblo desde lo que san Francisco dio en llamar su mayor y más excelsa cualidad: su paciencia. Parece que no hay en toda la tierra un pueblo más desconfiado y caprichoso que éste. Dios, como quien mira para otro lado, les da lo que piden: maná y codornices para su sustento (Ex 16,9-18).

Hago un alto porque es sumamente importante aclarar una cosa. No se trata de que Israel sea un pueblo especialmente desconfiado y caprichoso. En realidad la Escritura nos está queriendo decir cómo es el corazón de todo hombre. Algo de esto nos dice el profeta Jeremías: “El corazón del hombre es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?” (Jr 17,9).

Una y otra vez Israel tienta a Yahvé, por lo que no es extraño otra más, la de Meribá: “El pueblo se querelló contra Moisés, diciendo: Danos agua para beber… ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” (Ex 17,2-3). Ha aquí el colmo de la desconfianza de un pueblo, siempre en la duda de que Dios le asista o no, de que le deje en la estacada. No obstante, Dios no deja de amarle. Esta es nuestra historia: Dios que ama incondicionalmente, y el hombre que tiene que aprender a amar y a confiar en Dios. Se llama Fe.

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