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Decir el corazón 
13 de Enero
Por José Manuel Mora Fandos

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes (San Marcos 1, 40-45).

COMENTARIO

Todos saben que el Maestro ve lo que nadie ve. Quizás solo los fariseos, cegados por su orgullo, desconocen lo que los demás saben bien. Por eso el Maestro no puede curarlos. Pero aquí surge un leproso que quizás había visto al Maestro de lejos, alguien a quien habían llegado las noticias… y en su corazón se determinó a conseguir comparecer ante quien podía curarlo. No dudó. Seguramente no fue fácil acercarse, demasiadas prevenciones por todas partes, nadie quiere tratos con un leproso. Pero él se ha determinado en el corazón y llega hasta el maestro. ¿Qué se le puede decir a alguien que ve los corazones?, pensó a su modo, quizás. Sobran muchas palabras, premeditaciones, planes… solo cabe presentar lo que el corazón quiere y necesita de verdad. Se puso entonces de rodillas. El gesto ya hablaba. Y luego, tan sencilla y sinceramente: “Si quieres, puedes limpiarme”.

La compasión del Maestro llegó instantánea. Y aquel corazón inquieto, sencillo y sincero, se desbordó en agradecimiento.

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