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SI TIENES HAMBRE… ¡COME A JESÚS! 
17 de Abril
Por Juan José Calles

En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús: – «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: – «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: – «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: – «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed» (San Juan 6, 30-35).

COMENTARIO

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Esta es la referencia a la Eucaristía, el don más grande que sacia el alma y el cuerpo. Encontrar y acoger en nosotros a Jesús, “pan de vida”, da significado y esperanza al camino a menudo tortuoso de la vida. Pero este “pan de vida” nos has sido dado con un cometido, afirma el Papa Francisco, “para que podamos a su vez saciar el hambre espiritual y material de nuestra actitud fraterna y solidaria hacia el prójimo, hagamos presente a Cristo y su amor en medio de los hombres” (cf. Homilía del 2-8-2015).

“Pan” es el término en que coinciden los textos litúrgicos. Jesús, en el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, que da inicio a toda la catequesis eucarística del evangelista Juan, comienza afirmando: “Tomó los cinco panes…y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición”. Este gesto de Jesús, visto retrospectivamente, está prefigurado en el del Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, que ofrece a Abrahán pan y vino como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. Ese mismo gesto de Jesús anticipa la Última Cena con los suyos y la Eucaristía celebrada por los cristianos en memoria de Jesús: “Tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. La liturgia de hoy nos hace caer en la cuenta de algo importante: “El hombre, todo hombre, tiene necesidad de una dieta integral”. El hecho de ser hombres nos coloca en una situación pluridimensional, diversa de las demás criaturas. Por eso, nuestra alimentación no puede ser unidimensional, sino que ha de ser integral y completa.

El pan de los signos. Los milagros de Jesús, además de ser hechos extraordinarios más allá de las leyes naturales, son signos del Reino de los cielos, porque nos remiten a ese mundo nuevo regido y guiado por el poder de Dios, con exclusión de cualquier otro poder humano o diabólico. Por eso, Jesús, después de haber repartido a la multitud el pan de la Palabra, les regala con el pan de los signos. En el Evangelio de Lucas, antes de narrar la multiplicación de los panes y de los peces, se dice, primeramente, que “curaba a los que tenían necesidad de ser curados”, y luego nos narra el maravilloso signo de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesucristo, como amigo y hermano del hombre, como Señor de la vida y de la naturaleza, está interesado en curar las enfermedades, en saciar el hambre natural de los hombres. ¿Podría ser de otra manera? Pero su interés mayor está en que los hombres, mediante estos signos, sean capaces de elevarse hasta Dios Padre, que amorosamente cuida de sus hijos, y hasta el Reino de Dios en el que habrá pan para todos y para todos habrá un mismo y único pan.

El pan de la Palabra. Jesús, antes de multiplicar los panes para alimentar a la multitud, “les hablaba del Reino de Dios”, es decir, les proporcionó el pan de su Palabra, porque bienaventurados son los que tienen hambre de la Palabra, pues serán saciados. En la fracción del pan de los primeros cristianos, se comenzaba la acción litúrgica con una lectura y explicación de la Escritura, siguiendo en esto la tradición del culto en la sinagoga. Por tanto, los primeros cristianos alimentaban primeramente su alma con el pan de la Palabra de Dios, explicada a la luz del misterio de Cristo y actualizada por alguno de los apóstoles a las circunstancias concretas de la vida diaria. El hombre es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al pan de harina: necesita de la Palabra del Dios vivo. Jesús viene a nuestra vida para saciarla totalmente, integralmente, Él lo afirma claramente: “El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

En el marco de la Liturgia de la Solemnidad de la Natividad del Señor, en el que celebramos gozosamente el Misterio del nacimiento del Hijo de Dios, la liturgia de la Palabra nos ofrece como alimento el Prólogo con el que se abre el cuarto Evangelio. El Evangelista Juan orienta nuestra mirada hacia la pre-existencia del Misterio de la Persona de Jesucristo desde Dios. Él es el Logos, la Palabra que se hará carne en el seno virginal de María en el pequeño pueblo de Judá que se llama Beth-lejhem (=Belén) que etimológicamente, significa la Casa de Pan. El Niño-Dios ha venido a la tierra para ser el PAN DE VIDA que sacia el hambre de plenitud y de felicidad que tanto anhela el hombre en su corazón. Esta será la gran catequesis eucarística que desarrollará el evangelista Juan en el discurso del pan de vida pronunciado por Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm: “Es mi Padre el que os dio el pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 32). Este es el Misterio admirable que estamos contemplando, adorando y celebrando en las solemnidades y fiestas del tiempo litúrgico de la Navidad. A la confesión joánica “y la Palabra se hizo carne” (1, 14) le podemos añadir esta otra confesión: “y la Palabra se hizo Eucaristía”. Sí, Jesús es el verdadero pan de la vida, Él nos lo ha desvelado con sus palabras: “Yo soy el pan de vida. Este es el pan de vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (6, 48-51). Sí, la Palabra se hizo carne, pero a su vez esta carne se nos ofrece como pan para ser alimento auténtico de vida eterna para todos aquellos que nos nutramos de él: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (6, 52-55).

A la luz de esta catequesis joánica, descubrimos cómo el misterio eucarístico aparece alumbrado en Beth-lejhem (casa de pan): el pesebre es la mesa que contiene ya el Misterio Pascual encarnado en un Niño que se ofrece como el Pan de Vida para que todo aquel que lo coma y entre en comunión con Él participe de su misma vida divina: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre” (6, 56-58). El Papa emérito Benedicto XVI nos recordó que ya San Agustín había interpretado en clave eucarística el significado del pesebre: “El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir al pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres” (cf. La infancia de Jesús, p. 75).

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