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Siervos y humildes 
06 de Octubre
Por Alfredo Esteban

Los apóstoles le dijeron al Señor. “Auméntanos la fe”. El Señor dijo: Si tuvierais fe, como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.

¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando y pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles”, hemos hecho lo que teníamos que hacer. (San Lucas 17, 5-10).

COMENTARIO

Esta Palabra que hoy nos toca comentar como buena noticia, no está bien vista en los días por donde transcurre nuestro día a día, pero no por ello deja de ser una buena noticia y es tan buena que si pudiéramos escucharla y aceptarla nos encontraríamos con el tesoro por el que merece la pena vender todo lo que se tiene.

La relación del amo/esclavo es dura, por el abuso que se ha hecho de textos como estos para legitimar la esclavitud y deshumanizar a la creación de Dios. Sin embargo, esta parábola tiene que entenderse en el contexto de un Dios que como amo y dueño de la casa no puede explotar, marginar o tratar injustamente a la persona que ha puesto la fe en práctica. Es más, Dios mismo se convertirá en “siervo” y servirá a los miembros de su casa que estén atentos, vigilando y esperando el retorno del amo. “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá y hará que se sienten a la mesa y vendrá a servirles” (Lc 12:37).

Los seres humanos somos únicos e irrepetibles capaces de lo bueno, lo mejor, lo peor y lo malo. Conscientemente siempre queremos hacer el bien, pero curiosamente el bien tantas veces se nos escapa y tantas veces se convierte en mal San Pablo lo explica de esta forma: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, más no en realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero” (Rom 7).

Auméntanos la fe le pedimos al Señor y Jesús nos llama la atención sobre la grandeza escondida en lo pequeño que es capaz de hacer lo más grande.

Tener fe es encontrarse con Jesús de Nazaret, el siervo y humilde, al que los creyentes confesamos como hijo de Dios Padre y encontrarse con Jesús cambia la vida, nos permite caer en la cuenta que no estamos solos, es decir, descubrir que las personas que nos rodean son nuestros hermanos o nuestro prójimo dicho en lenguaje de las Escrituras; en lenguaje moderno nacidos todos en el mismo Planeta. Es en este punto donde comienza nuestra relación con los demás, ¿cómo nos tratamos y cómo nos relacionamos?, ¿como hermanos?, ¿como enemigos? Ponerse en el lugar del siervo es imitar al Maestro “no he venido al mundo para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mt. 20,28). Es por esto por lo que la fe como don que es, nos invita y nos ayuda a ponernos al servicio de la comunidad (Lc. 17-7-10).

“Actuar con conciencia de siervo” es considerar a los otros como superiores y no tener una relación de rivalidad, sino de humildad. La humildad es la lucidez propia del amor, es lo que hace que un bien sea un bien. Esto que no es posible para nosotros, si tuviéramos fe como un grano de mostaza, podríamos hacer las cosas más grandes como es: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34-35), “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y rezad por los que os persiguen y calumnian” (Mt. 5, 43-48).

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