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SIGNOS APOCALÍPTICOS 
25 de Noviembre
Por Juanjo Guerrero

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que entonces está cerca su destrucción.

Entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en medio de Jerusalén, que se alejen; los que estén en los campos, que no entren en ella; porque estos son “días de venganza” para que se cumpla todo lo que está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días!

Porque habrá una gran calamidad en esta tierra y un castigo para este pueblo.

“Caerán a filo de espada”, los llevarán cautivos “a todas las naciones”, y “Jerusalén será pisoteada por los gentiles”, hasta que alcancen su plenitud los tiempos de los gentiles.

Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación» (San Lucas 21, 20-28).

COMENTARIO

Jesucristo anuncia las señales que precederán a su segunda venida. No son nada placenteras, más bien todo lo contrario. El motivo de que así sea ha de buscarse, seguramente, en la necesidad que tienen muchas personas de cambiar de vida para no condenarse; y la única manera posible de hacerlas reaccionar no es otra que la de ponerse en manos de Dios en esas situaciones en las que cada uno, personalmente, llega a palpar su propia impotencia para dominar el acontecimiento adverso.

Por otra parte, alguno de estos signos, en mayor o menor medida, se producen en todas las generaciones, que también pueden tener necesidad de conversión, para lo cual, no queda más remedio que hacerlas pasar por situaciones que pongan de manifiesto a los hombres la imposibilidad de vencer por sí mismos las dificultades que les abruman, por lo que han de volverse a Dios con la mayor humildad posible. Prueba de ello fue la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 de nuestra era.

En este sentido, todos hemos sido testigos de lo que nos ha superado la pandemia del Covid-19 cuyos devastadores efectos todavía persisten. Una vez reconocida nuestra impotencia, solo queda ponerse en manos de Dios. Es de suponer que a más de una  persona le haya valido esta situación para enderezar su vida de cara a su eterna salvación, que, como indicaba más arriba, es lo único que realmente importa.

 

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