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Sígueme 
1 de Julio
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:

-«Sígueme.»

Él se levantó y lo siguió.

Y estando en la casa, sentado en la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:

-« ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús lo oyó y dijo:

-«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».(Mt 9,9-13)

Poco tienen que ver los pensamientos del Señor con los nuestros. Jesús pasa junto a un publicano, recaudador de impuestos al servicio de los ocupantes romanos, un personaje odiado y despreciado por sus conciudadanos, que estaba en ese momento, ejerciendo su oficio, delante del mostrador de la oficina recaudadora de impuestos; pero no le apostrofa ni recrimina su actitud sino que ante la sorpresa de todos y, sobre todo, del mismo recaudador le invita y le llama: “Sígueme”.

“Él se levantó y lo siguió”. La respuesta del publicano fue rápida y generosa. Seguramente no era la primera vez que veía y oía a Jesús, sorprendido de este rabí que no apostrofaba a los pecadores ni se apartaba de su lado, sino que llamaba a la verdad con misericordia. Mateo se sintió atraído por aquel maestro de Israel de modo que su mensaje fue penetrando poco a poco en su corazón endurecido por el amor al dinero. En contacto con la persona de Jesús, fue reconociéndose pecador, pero amado al mismo tiempo, por ello, no dudó ante la llamada de Jesús.

Pero ya desde el primer momento empieza su ministerio apostólico, pues, maravillado por lo que había conocido, corre a llevar la grata nueva a sus compañeros de profesión. El amor gratuito que ha conocido Mateo, es siempre comunicativo, por ello invita a comer en su casa a “muchos publicanos y pecadores, junto con Jesús y sus discípulos”, a fin de que otros puedan participar de la gracia que él ha recibido.

No opinaban de este modo los celadores de la ley, sino que escandalizados, critican la actitud de Jesús que “come con publicanos y pecadores”. No se atreven a enfrentarse con Jesús sino que se encaran con sus discípulos, pero Jesús les pone en la verdad recordándoles un pasaje de la Escritura: “misericordia quiero y no sacrificios”. El corazón de la Revelación es la misericordia de Dios que no busca la condena del pecador sino que se convierta y viva, por ello, toda la acción salvífica tiene por objeto la reconciliación del hombre pecador con su Dios.

Jesús viene a una humanidad herida y enferma, por ello va en busca de la oveja perdida y acude allí donde el pecador se encuentra. El problema de los fariseos consiste precisamente, en que ignoran su realidad, creyéndose justos rehúyen al Justo y se privan ellos mismos de la salvación, pues si se conocieran pecadores podrían acudir al médico que los sana, pero como se creen sanos, su mal no tiene remedio.

De este modo, mientras en la casa del pecador Mateo reina la alegría del corazón contrito y del perdón encontrado, los fariseos, en vez de alegrarse porque un pecador se convierte, se muestran tristes, contrariados y molestos por la actitud misericordiosa de Jesús, y se retiran ceñudos y enojosos por causa de su actitud intolerante.

No son el reproche, el rigor ni la intransigencia rasgos divinos, sino todo lo contrario, la flexibilidad, la condescendencia y el amor.

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